La Casa

Belén, acurrucada en el asiento trasero del coche, apoyó la cabeza sobre su campera.  Su hermano, Tomás, manejaba.  Nancy, su hermana, embarazada de casi ocho meses, estaba sentada a su lado.  El cielo tapado estaba negro, como el paisaje que los rodeaba y que se precipitaba hacia ellos en el túnel de luz creado por los faros del coche y desaparecía abruptamente en la oscuridad al pasar.

“Tenemos que doblar por aquí en algún lugar,” dijo Tomás, disminuyendo la velocidad.

“Sigo con que es una hora imposible para llegar a lo de los Cullen,” dijo Nancy por tercera vez en veinte minutos.  Tomás reventó.

“¡Qué carajo! Estoy harto de escucharte gemir así…’Sigo con que es una hora imposible para llegar…’  Imitó la voz de Nancy en un falsete agudo.  “No pude salir más temprano.  Llegaremos a la una de la mañana… y… ¿Qué? Son nuestros amigos, saben que trabajo, ¿nos pueden esperar, no? ¡Por Dios, hace dos años que estuvimos por última vez!”

“No grites.”

“No estoy gritando.  Estoy harto y eso es todo.”

“Si hubieras encontrado por lo menos el número del celular…”

“Se ve que lo cambiaron.  Parece que lo único que sabés hacer es protestar.  Sólo accedí a esta idea de venir debido a la pelea que tuviste  con Bernardo…”

“Acá es, hay que doblar acá,” Nancy interrumpió, y agregó       amargamente. “Tendremos un fin de semana fabuloso si reaccionas  así cada vez que abro la boca…”

“¡De nuevo, no!” pensó Belén. “Por favor, por favor que no peleen.  Que no pierdan el control.  Por favor haz que el fin de semana sea aguantable.”  Oró en silencio, incoherentemente, desolada.  Desde sus primeros recuerdos, en su familia había habido peleas y conflictos.  El sarcasmo, los insultos y las verdades brutalmente mutiladas se lanzaban con infalible acierto.  Personas inteligentes, amargas, duras – cuando no se despedazaban entre ellos criticaban a todos y a todo a su alrededor.

Sus padres se habían separado cuando Belén tenía diez años, su madre tomaba demasiado y vivía en un febril remolino social que le dejaba poco tiempo para atender a sus hijos.  Tomás, casado con dos hijitos, tenía un puesto muy bueno, pero hacía poco que había vuelto a la casa materna porque su mujer, Celia, lo había dejado.  Había partido repentinamente llevándose los chicos con ella, y declarando que era imposible seguir viviendo con él.

Ya hacía un año que Nancy se había casado con Bernardo.  Era un muchacho agradable, pero los dos eran muy jóvenes y como no podían pagar un alquiler también vivían en la casa de la madre  junto con Belén  y Tomás.  Como Nancy era un tanto emocional, el matrimonio oscilaba entre conflictos y reconciliaciones apasionadas.  En la opinión de Belén eso no era, y nunca podría ser, una relación muy satisfactoria.  Se preguntaba hasta cuando Bernardo la aguantaría.

Belén tenía diecisiete años y era alta, de piernas largas y cuerpo esbelto.  Flacucha le decía Nancy.  Su cara ovalada rodeada por un pelo rubio y lacio, lucía grandes ojos oscuros y una expresión  grave y un tanto ansiosa.  Añoraba la armonía y la paz, palabras suaves y amables, la consideración y la bondad pero como esa actitud sólo producía la burla y exclamaciones sarcásticas de toda la familia, por lo general se mantenía callada.  A pesar de eso dijo angustiada “Nancy, Tomás, no empiecen… es tan tarde….”

“La pequeña Belén ahora presenta su actuación titulada ‘Seamos-todos-amigos’  Silencio por favor o desconcertaremos a nuestra  hermanita.  Es siempre tan sensible ¿no es cierto?”  Nancy dijo lloriqueando con un tono mordaz.

Herida, Belén se refugió una vez más en su armazón de silencio y oró para que el fin de semana pasara en paz.  El resto de la familia eran todos ateos, Tomás lo era vehementemente, Nancy y su madre se burlaban de la religión con sarcástica ironía; su padre, la única vez en que Belén le había hablado del asunto, fue totalmente indiferente.  La irrisión que provocó la decisión de Belén de recibir el bautismo casi la había  forzado a abandonar la idea, pero de alguna manera había logrado permanecer firme en su propósito y al final fue bautizada.

“¡Crápula!” Tomás había  gruñido, encogiéndose los hombros. “¡Todo un disparate!  Con sólo una mirada al mundo y todo el desbarajuste que hay, basta para desaprobar la existencia de un Dios que ama.  ¡Un Dios de ama!  Cristo Jesús, ya la mera idea da ganas de vomitar.”

“Está bien.  Pero si a Belén le parece importante ser como todas las otras chicas de su clase ¿Qué te importa?”  Declaró su madre en un  raro acto de defensa por su hija menor. “Somos todos libres al fin y al cabo ¿no?”

“No quiero a una hermana mía convertida en un huevo religioso pasado-por-agua entonando… ‘es la voluntad de Dios… hay que aceptarlo…’ cada vez que muere un niño u ocurre un tsunami.”  Tomás había respondido.

Sólo su padre, su abuela y Bernardo habían ido a la iglesia para presenciar su bautismo.  Que Bernardo se hubiese molestado en acompañarlos le sorprendió mucho a Belén y lo había apreciado profundamente, pero el resto de la familia nunca se enteró.

Ahora, sentada en el coche Belén observaba la oscuridad más allá de las ventanas y anhelaba el momento de llegar.

Los Cullen vivían cerca de un pueblo en donde un intendente entusiasta había hecho instalar un gran número de semáforos. Para evitarlos los Cullen siempre sugerían que se tomara un camino de circunvalación, aunque era de tierra, poco frecuentado y lleno de baches.

Tomás, cansado y molesto, manejó descuidadamente y el coche saltaba y tambaleaba de un pozo al siguiente. “Por qué  diablos me metí en esta  mierda,” pensó.  “En realidad debería haber dicho que tenía un partido de futbol mañana, o que había arreglado salir con los muchachos.  Malena y Ramón Cullen son divertidos pero Nancy me está volviendo loco.”

En ese momento el motor comenzó a toser, dio un gran suspiro y dejó de funcionar.  El coche se detuvo con un brinco abrupto y el silencio de la noche los envolvió en un manto negro aterciopelado.

“Qué lo parió,” exclamó Tomás

“¿Qué pasó?” preguntó Nancy, ansiosa.

“¿Cómo diablos lo sabré yo?  Hay una linterna en la guantera, pasámela.”  Tomás sintió que una ola de pánico mezclado con furia  atravesaba su corazón.  No sabía nada de motores y sus entrañas, y menos que menos los de estos coches modernos con todas sus funciones  automáticas y electrónicas.

Tomó la linterna de la mano de Nancy y bajó del coche con un suspiro de alivio porque la puerta no se había trabado.  Levantó la cubierta del motor y, con la luz tenue de la linterna, estudió con angustia  el motor de su auto sin una noción de qué debería estar buscando.

“¿Te puedo ayudar?” Belén había bajado del coche y estaba parada a su lado.

“No, no,” Tomás gruñó sin levantar la vista y extendiendo su mano a empujar un cable para dar la impresión de que sabía lo que estaba haciendo.

“Bueno,” Belén se dio vuelta y se fue caminando por el camino iluminado por los faros del coche.

Nancy la miró desde el coche. “¿Adónde se cree que va?” se preguntó.   Un dolor agudo  se apoderó de repente de su barriga. Con un jadeo envolvió su panza con los brazos, y sintió como un relámpago helado corría por sus venas.  El bebé. ¡Estaba por nacer!  ¡Ahora, en el coche, a las doce de la noche, a kilómetros del pueblo y de los Cullen! ¡De una casa habitada!  ¡Y el coche no andaba, y los Cullen no atendían su celular!  El dolor se calmó, pero el corazón  de Nancy seguía su frenético tambaleo. “¿Qué hacer… que hacer?… mi bebé…. Bernardo… Fue culpa de Tomás, andar tan rápido cuando había tantos pozos.  Bernardo. Lo llamaré a Bernardo que venga. ¿Dónde se fue Belén?  La necesito y justo se fue a caminar… pero es muy tarde y él no conoce  a los Cullen. Por Dios ¿qué debo hacer… qué debo hacer?  Ni Tomás ni Belén tienen idea….”

Como el dolor no volvía Nancy se calmó un poco.  “No diré nada. Tomás está re-enojado. Espero que sepa cómo arreglar el motor. ¿Por qué no vuelve Belén?  Tengo tanto miedo… tengo tanto miedo.”  Lágrimas corrieron por sus mejillas y dio un pequeño sollozo.  Desde la oscuridad vio la figura de Belén caminando de vuelta lentamente.  Se apresuró en secar sus mejillas con las manos.

Belén se dio cuenta en seguida que Tomás estaba muy nervioso y que era obvio que no sabía nada acerca del motor del coche.  Decidió alejarse por el camino iluminado por la luz de los faros.  Lo que había parecido un silencio total y envolvente cuando el motor se detuvo, se había transformado en una callada sinfonía continua de zumbidos, algunos muy tenues, otros más estridentes, con pausas, crescendos y decrescendos, llenando la oscuridad con una vida pulsante.

Altos árboles bordeaban ambos lados del camino, sus copas apenas distinguibles contra la oscuridad del cielo. “Esto es maravilloso,” pensó inspirando profundamente. “No hace nada de frío, y los olores que ni llegan a ser olores ni perfumes pero están, más con el zumbido  tan calladito que rodea todo, te llena con tanta paz, por lo menos a mí.  Quizá algún día podré vivir en el campo y disfrutar de esto todos los días y todas las noches.”

En eso, a través de los pastos altos y las ramas y hojas de los árboles, divisó una luz no muy lejos. “¿Será una casa?” se preguntó  “Si hay luz quizá haya gente que nos pueda ayudar.  Se lo voy a comentar a Tomás, el pobre, tratando de comprender aquel motor.”  Volvió sobre sus pasos sin apuro y acercándose a Tomás estuvo por hablarle cuando Nancy le gritó “Belén, ¿dónde estuviste? ¡Aaah!  ¡Vení, vení rápido!”

“¿Qué te pasa ahora, por el amor de Dios?” exclamó Tomas mientras que Belén se apresuró para acercarse a su hermana.

“¿Qué pasa, Nancy, estás bien?  ¿Qué necesitás?”

“No sé, no me siento bien.  Tuve un dolor fuerte y mi panza está dura.  Es una contracción.  Quiero llamar a Bernardo.  Voy a tener el bebé y aquí estamos atascados en el medio de no sé dónde.”

“Cristo Jesús,”  Tomas se había acercado y escuchado las palabras entrecortadas de Nancy. “¿No era que te faltaba más de dos meses?”

“Sí, pero no sé qué pasa. ¿No podés hacer andar a ese podrido motor?”

“No, probé de todo,” Tomás mintió.

“Vi una luz,” dijo Belén

“¿Dónde?”

“A unos cuatrocientos metros, quizá menos.  ¿Querés que vaya a averiguar si hay gente allí?”

“No, voy yo,” Tomas iluminó la cara de Nancy con la linterna.

“Tranquila Nan, seguro que es una falsa alarma.”

“Fueron esos pozos podridos y andabas tan rápido.”

“Apurate Tomas.  Por ahí la dejan a Nancy acostarse un ratito mientras arreglan el coche. Eso es si hay gente allí.”  Belén apremió.

“Bueno, Chau.”

Tomás se alejó caminando rápidamente pero con cuidado para evitar pisar en un pozo inadvertidamente,  dejándolas con sólo la luz de los faros iluminando el camino en frente del coche.

“¿Todavía tenés la contracción?” Belén preguntó angustiada.

“No, ya pasó.  Pero mirá si empiezo en serio. Tengo miedo Belén.”

Contra su voluntad las lágrimas llenaron sus ojos de nuevo.

“Calmate, Nan.  No va a pasar nada. Seguro que hay gente en aquella casa y vas a poder acostarte y todo.”

Belén le tomó la mano y la acarició suavemente.

 

Al ratito apareció Tomas acompañado por un joven “Acá viene,” dijo Belén.  “Y con alguien. Qué suerte, ahora sí vas a estar bien Nancy.”

“¿Cómo estás, Nan?”  Tomas había corrido los últimos metros.  “Podemos ir a la casa, este señor la cuida y dice que no hay ningún problema.  ¿Creés que podrás caminar hasta allí?  Es como media cuadra.  Nosotros te ayudaremos.”

El joven se acercó, saludó a Belén y a Nancy con cortesía  y dijo. “La casa es humilde pero por supuesto pueden pasar la noche allí.  Por favor, permítame ayudarla Señora, junto con su hermano.  No haga esfuerzo, apóyese en nosotros.”

Nancy bajó del coche torpemente, Belén se apoderó de las carteras de ambas, y el bolso de Nancy mientras los dos jóvenes ayudaron a Nancy a comenzar a caminar en dirección a la casa.  Cerró el coche con llave mientras oraba silenciosamente.  “Por favor Señor, que no le pase nada, que el bebé nazca sin peligro y en fecha.  Por favor, por favor, cuídala a Nancy…”

Había un portoncito de madera que daba al jardín y un sendero de lajas hasta la casa.  La puerta estaba entreabierta y desde la apertura una luz cálida iluminaba la galería.  Subieron los dos escalones que llevaban a la galería y el joven abrió más la puerta para que pudiesen entrar con comodidad.

Belén quedó como pegada al piso cuando entró detrás de Tomás.  A su derecha había una mesa con cuatro sillas y un pequeño aparador, contra la pared del fondo, un sofá con dos almohadas sobre el cual Nancy se acomodaba, enfrentado por dos sillones. Al lado del sofá  había una mesita redonda con una vela que el joven estaba encendiendo. A su izquierda un arco daba a la cocina que tenía una puerta al fondo, y cerca de uno de los sillones se veía otra puerta que daba presumiblemente al baño.

Era todo tan sencillo pero tan acogedor; el piso de baldosas brillaba, el aparador y la mesa de madera lustrada parecían centellear en la suave luz de la lámpara de kerosene sobre la mesa.  Las paredes eran blancas, las cortinas de las dos ventanas un color oro, y los sillones también eran de un tono oro pero más oscuro.

Tomás, más tranquilo ahora que su hermana estaba acostada y obviamente cómoda, miraba a su alrededor con aprecio.

“Lindo lugar,” dijo.  “¿A quién pertenece?”

“A una familia numerosa,” respondió el joven.  “La dueña murió, y ahora está en sucesión.  A la dueña la quería mucho así que me ocupo de la casa.”

“Creyente, por lo visto,” dijo Tomás señalando con la cabeza a la figura de la virgen rodeada por flores  plásticas, que estaba sobre el aparador y una cruz colgada en la pared.

Belén miró con interés al joven, ahora menos estupefacta al ver el interior de la casa. Era un hombre alto y delgado y parecía tener alrededor de treinta años.  La expresión de su cara era tranquila, sus cabellos castaños y ondulados acariciaban el cuello de su camisa blanca. La barba y los bigotes eran suaves y castaños. Pero eran sus ojos que impactaron a Belén; eran grandes, oscuros, hundidos bajo las cejas arqueadas, y parecía que su mirada abarcaba hasta los secretos más íntimos de su alma.

Le sonrió, y Belén sintió que su corazón dio un salto y comenzó a latir con fuerza. Confundida, se apresuró en acercarse a Nancy, para ajustar la almohada que tenía detrás de su cabeza.

“Sí,” le contestó a Tomás.  “Era muy creyente.”

“Seguro que estaría por acostarse,”  pensó Belén. “Y el único lugar donde se puede acostar es el sofá si no me equivoco, al menos que esta puerta conduzca a un dormitorio… lo cual dudo.”

“No aguanto todas esas tonterías acerca de Dios, ángeles de la guarda, arcángeles que postula la religión,” dijo Tomas con vehemencia.

Belén sintió que su corazón se encogía, “Tomas….” exclamó, pero no le prestó atención, ya cabalgaba  sobre su prejuicio favorito.  “Si Usted me perdona, la realidad es la realidad, después de todo. La materia es la materia, cuando desaparece el cuerpo desaparece la mente y la vida también.  Es lógico. Nadie me va a persuadir que un Dios lleno de amor, sentado sobre una nube, se responsabilice por el mundo y la humanidad  ¿Dónde estaba cuando Hitler exterminó tres millones de Judíos?  ¿Dónde estaba Dios en las Cruzadas cuando murieron cientos de miles de hombres inocentes, y más aún durante la inquisición?  Siempre se hace todo tipo de barbaridad en nombre de un Dios ‘que ama’. Aún ahora los cristianos matan a otros cristianos y a musulmanes y musulmanes matan a musulmanes y a cristianos  todos en el nombre de Dios.  Todos hablando de Amor también.  Con una mirada a lo que sucede en el mundo, ¡es obvio que no existe mucho amor!”

“Tomas, te podes callar por una vez en todas!” gritó Nancy. “Estoy harta de escucharte.  Que le importa al señor lo que vos opinás acerca de la religión.”

El joven sonrió y con un pequeño gesto de la mano dijo.  “Por favor, sólo quiero decirles que lamento mucho que no haya más comida aquí esta noche, pero hay una botella de vino y un poco de pan.  Por favor  sírvanse si desean.  Yo no vivo aquí así que me iré ahora, pero volveré mañana por la mañana.”

“La santa cena, nada menos,” se rió Tomás.

“Basta Tomas,” exclamó Belén. “Muchas gracias Señor.  Gracias por ayudarnos así, y dejarnos dormir aquí.”

“Les diré buenas noches entonces, que descansen,” respondió el joven sonriendo, y con un pequeño saludo se fue.

Con un vago sentimiento de abandono, Belén fue a la cocina y buscó la vajilla. Había poca pero suficiente para ellos.  La botella de vino y una bolsa con pan sorprendentemente fresco se encontraban sobre la mesada.  Volviendo al comedor preguntó. “¿Comemos acá en la mesa o prefieren allá?

Tomás, quien se había desplomado en uno de los sillones cuando el joven se había retirado, respondió. “Acá, Belén, si traés una de las sillas esas podremos usarla como mesa. ¿Qué te parece Nancy?”  Nancy, quien salía del baño, levantó los hombros en un gesto de indiferencia.  “Sí, acá, donde quieras.”

“¿Te sentís mejor?”

“Sí, mucho.  Increíble.   No me acuerdo para nada haberla visto a esta casa  las otras veces que pasamos por acá.”

Belén llevó una de las sillas del comedor hasta donde se lo había indicado su hermano y luego todo lo demás.  Tomás abrió la botella de vino y lo sirvió.  “Salud,” dijo levantando su vaso. “Realmente tuvimos suerte, y que el tipo todavía estaba.”

Nancy se sentó y levantó su vaso, “Salud y pesetas,” declaró.  Belén, sentada en el borde del otro sillón, tomó su vaso y los tres estiraron sus brazos para que los vasos se tocaran con un ‘clink’ cristalino  justo sobre el canasto con los panes.  Para ella era como un signo.  De qué, no estaba segura, pero le dio una sensación de seguridad.  “En realidad,” pensó. “Me siento como si estuviera viviendo un sueño del cual en cualquier momento me voy a despertar, como Cenicienta.”  Tomó un sorbo de vino y se sorprendió por su delicioso sabor, generalmente no le gustaba tomar vino.

En el mismo instante Tomás exclamó “¡Esto es excelente!  ¿Qué marca es?” Se fijaron pero era una marca desconocida.  “Voy a anotarla, es digno de los dioses, ¿no te parece Nan?”

“Buenísimo.  Lástima que hay sólo una botella.”  Nancy se rió levantando su vaso en alto.

“Parece estar totalmente recuperada,” pensó Belén.  “Gracias Señor, muchas muchas gracias.”

“¿Querés un poco de la santa cena, Nan?”  preguntó Tomas con un tono burlón.

“Oh, Tomás,”  murmuró Belén. “Por favor, no hagas bromas así.”

Con una expresión mordaz Tomás dijo.” Nuestra pequeña monja Belén se ha ofendido.  Pido disculpas hermana.”

Belén lo miró fijamente y dijo con voz firme.  “Sí, tu hermana Belén se ha ofendido. Por una vez y por todas, dejá de burlarte de las cosas en las que vos no creés.  Mostrás una falta de respeto increíble.”

Extendiendo las manos sobre el pan agregó. “Gracias Señor por esta comida y pido que la bendigas, y a nosotros también”

Desconcertado por la inesperada reacción de Belén, Tomás levantó su vaso en silencio sin beber, lo posó en el suelo y se sirvió una rodaja de pan.

“Como sea,” Nancy  sonrió, examinando el pedazo de pan en su mano. “En fin, no se puede negar que hemos tenido mucha suerte.”

“A pesar de todo lo que dijiste al joven, Tomás, el amor existe,” afirmó Belén con firmeza. “Aunque es difícil explicarlo”

“Sustancias químicas,” aseveró Tomás. “Eso es lo que es el amor. Cierta mezcla de sustancias químicas, los científicos ya lo comprobaron.”

“Estás comparando el amor con el deseo,” declaró Belén con un tono áspero. “No me vas a decir que el amor de una persona que está preparado en sacrificar la propia vida para ayudar a un amigo sea meramente una reacción química.  ¡Por favor, Tomás!”

“¿Que te picó, Belén?  Estás muy combativa de repente,” dijo Nancy risueña, recostándose de vuelta en el sofá y ajustando el almohadón detrás de la cabeza.

“No estoy muy seguro de que jamás haya habido alguien que realmente sacrificó su vida por otro,” dijo Tomás encogiéndose los hombros.

“Y si vas a tomar a Jesucristo como ejemplo, yo personalmente ni creo que haya existido realmente,” Nancy pronunció con énfasis. “Después de todo no hay ninguna prueba histórica, únicamente la Biblia.  Considero que es totalmente incorrecto educar a los chicos con cuentos de hadas como ese.”

“¿Por qué estoy discutiendo así?” pensó Belén. “Es inútil”  En voz alta preguntó.  “Tomás, si tu casa estuviera en llamas y Cyntia y Tomasito estuvieran adentro, vos tratarías de salvarlos, jamás los dejarías morir así.”

“Por supuesto que trataría de salvarlos, son mis propios hijos ¿no?  Sería una reacción instintiva.  Las reacciones como esas surgen del subconsciente, de…”

“Ufa,” interrumpió Nancy. “No empecemos con el subconsciente a esta hora.  Yo quiero dormir.”

“Lo intelectual siempre te adormece, ¿no es cierto cabeza hueca? “

“Andá dormir, cebolla podrida.”

Belén se levantó, juntó los vasos, la botella de vino vacío y el canasto en el cual todavía quedaban unas rebanadas de pan y llevó todo a la cocina iluminada por la lámpara de kerosene. Cuando volvió Nancy ya se había dormido, los zapatos juntos al pie del sofá, y su reloj sobre la mesita redonda. Tomás  ya se había acomodado en su sillón con los brazos y las piernas extendidas, Belén apagó las velas y se acurrucó en el otro sillón.  A pesar de la hora, y de estar tan cansada, no sentía frío.  En pocos minutos estaba dormida.  Soñó con el agua; lagos, arroyos, ríos, y también con montañas y extraños pájaros blancos que volaban.

Se despertó de nuevo de sobresalto y vio en la cara luminosa de su reloj que eran las cinco de la mañana.  Se levantó silenciosamente para no despertar a los otros, y se fue a la cocina.  Tomó una de las rebanadas de pan que había quedado en el canasto antes de abrir cuidadosamente la puerta de la cocina y encontrarse con el amanecer, frío y gris.

El aire era fresco y el paisaje parecía una foto en blanco y negro, todavía faltaba suficiente luz para revelar los colores que permanecían latentes en los grises suaves y las sombras profundas.  El jardín estaba descuidado y parecía un campo rodeado de árboles.  Por aquí y por allá  montículos de escombros tapizados de yuyos emergían como memorias de otros tiempos, tiempos de actividad y esperanza.  Caminando por un sendero angosto Belén circundó la casa.  Con la creciente luz pudo discernir lo pequeña que era. Sólo un ambiente grande, cocina y baño, más la galería.  De afuera parecía descuidada y necesitaba una mano de pintura, pero su cálido encanto por dentro todavía permanecía como una caricia envolvente.

Echando una mirada hacia el portoncito que daba al camino de tierra, Belén vio con sorpresa al joven que se acercaba.  Llevaba la misma ropa de la noche anterior, los puños desabrochados de su camisa blanca aleteando sobre sus muñecas.

“Hola,” exclamó. “Buenos días.”

Apenas podía ver sus ojos grises y centellantes que le hacían pensar en un estanque donde tenues brisas movían apenas la superficie del agua.  Sentía que ante mirada del joven, su soledad y su profundo anhelo por la paz y armonía quedaban totalmente descubiertos. Quería decir ¿Quién sos?  ¿Cómo te llamás?  Pero no tenía el coraje.

“Buen día,” dijo el joven con una sonrisa.  “Te levantaste muy temprano.”

“Sí,  no tenía ganas de dormir más.  Te pido perdón por la manera en que hablaron mis hermanos. Espero que no te haya molestado.”

“De ninguna manera. Sin embargo, eres tú quien tiene razón.  No dejes que te trastornen, ni te dejes intimidar, porque ellos están equivocados y tú estás en lo correcto.  Ten el coraje de ser tú misma, y entonces encontrarás todo lo que estás buscando en la vida.”

“Cómo sabe tanto de mí,” pensó Belén aturdida. “¿Será vidente o algo por el estilo?”  En voz alta dijo. “Gracias, pero… ¿cómo…? si apenas abrí la boca anoche….”

El joven sonrió.  “Digamos que intuyo a veces,” dijo con un centelleo en los ojos.  “Lamento mucho pero me tenga que ir ahora.”

“¿Ya?,” exclamó Belén, desconsolada.

“Sí, pero me alegro poder despedirme de ti.  Por favor, deles a tus hermanos mis excusas.”

“¿No te debemos algo por tanta hospitalidad?”

“En absoluto.  Hasta siempre, Belén.”

Belén lo miró consternada, y sintió una ola de amor llenar su alma.  Fue tan grande la emoción y su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que cubrió su cara con las manos, sintiendo vergüenza y cierta confusión.

“Se acordó de mi nombre,” pensó.  “Se va y ni sé cómo se llama.  Siento que lo amo, estoy loca, no quiero que se vaya… ¡quiero estar con él para siempre!”  Cuando volvió a levantar la vista el joven ya se había ido.  Muy lentamente Belén giró y caminó hasta la galería donde se sentó en el último de los escalones y contempló la luz que gradualmente inundaba el cielo y revelaba nuevamente los colores del mundo circundante.

De repente se dio cuenta que los pájaros también estaban inundando el mundo circundante con su coro matutino. “Luz, colores, música…” pensó. “Es como la comprensión, de alguna manera.”  La idea le gustó y siguió musitando sobre el tema. “Digamos que el sol es el conocimiento puro. La noche sería la ignorancia y el esfuerzo por comprender.  La lluvia y las nubes serían las dificultades y entonces viene el alba… el día claro, la luz, los colores y la música, en fin… la comprensión.”

En ese momento Tomás abrió la puerta detrás de Belén y dijo. “Ah estás allí, me preguntaba dónde te habías ido.”

“Estuvo el señor, de anoche.  ¿Cómo era su nombre?”

“No sé, no me lo dijo.  ¿Estuvo ya, a esta hora? Si no son las seis todavía.”

“Sí.  Pero acaba de irse. Me pidió que les diera sus disculpas.”

“Y ¿qué hacemos con la casa entonces?”

“No sé.”

“¿No te dijo algo al respecto?  ¿Que iba a volver, o cómo cerrar?

“No, no dijo nada.”

“Qué raro.”

“¿Cómo está Nancy?”

“Está dormida.  Voy a echar otra mirada al coche ahora que hay luz. Lástima que el tipo se fue así, esperaba que me diera una mano.”

“Debería ir a ver cómo está Nan,” Belén pensó mientras observaba a Tomás alejarse, pero se quedó donde estaba, escuchando a los pájaros y contemplando lo que una vez fuera el jardín.  Un viejo rosal, lleno de coraje y rodeado por un mar de malezas, había echado una corona de hojas nuevas, blandas y rojizas.  En cada fronda había un capullo minúsculo que prometía una llamarada de color en algún momento del futuro. Perfumes vagos llenaron el aire.

El ruido del motor que arrancaba rompió el pacífico coro de los pájaros y unos minutos más tarde Tomás paró el coche en frente del portoncito.  Bajó de un salto y se acercó con un paso alegre.

“Parece que se arregló solo durante la noche,” exclamó. “La voy a despertar a Nan.  Pensé que podríamos cerrar la puerta de enfrente con llave y salir por la puerta de la cocina.”

“Buena idea. ¿Me traés mi cartera cuando venís?”

“Bueno,” Tomás saltó sobre la galería y pasó por la puerta llamando a Nancy al hacerlo.

Belén, angustiada, buscó con su mirada lo que podía ver del camino de tierra, esperando ver la figura del joven.  Pero no aparecía nadie, ni él ni algún vecino que podría darle más información acerca de quién era.  “¿Por qué se tuvo que ir tan temprano?” pensó por enésima vez.  “¿Adónde vivirá?  ¿Lo conocerán los Cullen?”

Nancy apareció en la puerta, y salió a la galería.  Se había envuelto elegantemente en la manta, y tenía su bolso, su cartera y la de Belén en la mano.

“Tomá tu cartera,” dijo, extendiéndola hacia Belén. “¿Dónde está nuestro Jesús?”

Belén se levantó, agarró su cartera e hizo un pequeño gesto con su  mano. “No sé,” dijo. “¿Cómo te sentís?”

“Bárbaro.”  Nancy bajó los dos escalones y caminaron lentamente hacia el coche. “Qué extraño el tipo ese, ¿no?”

“Fue una suerte que estuviera él aquí.  Me pareció muy amable.”

“Dijo Tomás que pasó esta mañana y habló con vos.”

“Sólo para despedirse.”

Al llegar al portoncito Nancy exclamó con angustia “¡Mi reloj! Me lo olvidé sobre la mesita redonda.”

“Ya te lo busco,” la calmó Belén. Pero en ese momento Tomás apareció por el costado de la casa así que le hizo una seña con la mano y lo llamó.

“Nancy se olvidó el reloj.  Está sobre la mesita redonda. ¿Lo podés buscar por favor?”

Tomás hizo un gesto obsceno y volvió de la manera en que había venido.  “¡Mujeres!” Gruñó en voz alta. “Siempre se olvidan de algo.”

Con sorpresa encontró que la puerta de la cocina, que hacía dos minutos había cerrado sin problemas, se había atascado y tuvo que hacer fuerza con el hombro para abrirla. Entró a la cocina y se detuvo, sacudido por olas de conmoción que se intensificaron en la medida que caminó lentamente, muy lentamente, hacia el otro ambiente.  Allí se quedó, completamente aturdido.

“¿Qué diablos le ha sucedido a Tomás?”  se quejó Nancy después de haber esperado un largo rato. “Andá a ver, Belén.”

“Vení vos también, Nan,”  respondió Belén, de repente aprensiva.  “No quiero ir sola.”

“No seas tonta. Andá a ver.  Pegale un grito.”

“Sola no voy.”

“Oh, por Dios, sos una idiota a veces. Bueno, vamos.”

Volvieron por el sendero y se asomaron a la puerta de la cocina que permanecía entreabierta.  “Tomás, ¿qué te pasa, estás allí?”  Nancy llamó, pero no hubo respuesta.  Por unos instantes se quedaron quietas, escuchando, alarmadas.

La casa parecía sutilmente cambiada: fría, indiferente, silenciosa.   No se percataba más aquella aureola cálida y acogedora que había tenido.

“Tomás…. Toma..a..ás.”  Silencio.

Nancy empujó la puerta y entró en la cocina.  Belén la siguió, su corazón latiendo a golpes. ¿Qué le había pasado a Tomás? ¿Qué iban a encontrar?

La escena que se presentó a sus ojos las remachó al piso.  Miraron a su alrededor con ojos incrédulos.  “¡Esta no es la casa!” balbució Nancy, aferrándose a la pared. “No puede ser, no, ¡no puede ser!”

Había un olor a humedad y moho, telarañas  tapizaban los rincones del ambiente y colgaban como vendas de los muebles. La pintura se había descascarado de las paredes, dejando grandes manchas; tierra, hojas secas y basura alfombraban el piso.  Un vidrio de la ventana estaba roto, y la cortina, sucia y rota también, se movía con la corriente de aire que entraba.

El sofá estaba lleno de tierra, su forro manchado, roto y descolorido.  Uno de los sillones había perdido una pata y se inclinaba ebriamente hacia un costado.  Había agujeros en los brazos y de ellos salía el relleno de estopa.  Los resortes del otro sillón habían quebrado sus ataduras y se mostraban punzantes.  Todo estaba sucio y el lugar parecía no haber estado nunca habitado.

Tomás estaba parado en el medio de la sala, el rostro pálido y torcido, los ojos vidriados. Gotas de sudor brillaban sobre su frente.  Apenas reaccionó cuando Nancy y Belén entraron.

Esta no es la casa. ¡Es otra!  ¡Nos equivocamos!  Esta no puede ser…. Esta no….”  La voz de Nancy se convirtió en un grito y se habría caído si Belén no la hubiera tomado por los brazos para sostenerla.

Sobre la mesita redonda reposaba el reloj de Nancy, totalmente libre de polvo.

Como en un sueño Belén miró hacia la cocina.  Allí sobre la mesada, tan sucia como el resto de la casa, estaban la botella de vino vacía y el canasto en que ella había colocado el pan después de cortarlo en rebanadas.  Todavía quedaba una.

Nancy comenzó a llorar, con grandes sollozos que sacudían su cuerpo entero.  “No es cierto. No es  cierto.” repetía desesperadamente.  Tomás no se movió. Quizá no pudo. Quedó parado en un estado de estupor.

Belén pensó en el joven, en sus ojos, en su mirada tierna, en todo lo que le había dicho.  ¿Quién había sido?  ¿Qué significaba todo esto?  Sintiéndose invadida por una extraña sensación de paz y seguridad, abrazó a Nancy y dijo tranquilamente. “No llores Nan, no llores más.  Tratá de verlo como lo veo yo.  Hemos recibido una fantástica experiencia. Los tres.  Anoche nos hallábamos en un gran apuro y vos te sentías muy mal.  Así ES la casa en realidad.  Pero anoche fue cambiada… sólo para nosotros… no sé por qué.  Recibimos alojamiento cómodo, comida, y esta mañana el coche arrancó sin problemas.  Es como si esto hubiera tenido que pasar.  No nos acordábamos de esta casa porque fue un lugar abandonado.  Creo que esta experiencia fue algo muy íntimo, sólo para nosotros,  para que la meditemos.  Para que nos ayude, nos aclare, nos enseñe, que sé yo. ¿Entendés Nan? No llores más.”

Después de unos minutos Belén dirigió a su hermana hacia Tomás y dijo.  “Sostenela Tomás por favor. Tengo miedo de que se caiga.”  Tomás volviendo en sí mismo, la tomó a Nancy en sus brazos y la abrazó con ternura.  Belén fue hasta la mesita redonda y recogió el reloj, se lo dio a Nancy y luego  sugirió con un pequeño gesto que saliesen  de la casa.   Al salir levantó la canasta con la rebanada de pan antes de cerrar la puerta detrás de ella.

Cuando llegaron al coche dijo, “Nancy, el reloj te va a recordar siempre de lo que sucedió anoche.  Acá traje la canasta con la última rebanada de pan que tenía.  Quisiera compartirla con Ustedes, bien puede tener algo que ver con la santa cena.  Y vos Tomás podés quedarte con el canasto como recordatorio.  Por mí,  nunca me voy a olvidar de todo lo que pasó anoche y esta mañana. Nunca.” Dirigió su mirada hacia la humilde casita con sus paredes sucias y descascaradas, el jardín llena de yuyos, el techo de la galería hundiéndose en el medio.

Nancy golpeó el techo del coche con el puño y gritó. “Fue todo un sueño, una alucinación.  Dormimos en el coche y lo soñamos.  Si yo tengo que creer esto, me vuelvo loca, me vuelvo loca te digo. ¡Me vuelvo loca!  Era un sueño, todo un sueño…”

Callate, Nancy,” exclamó Tomás tiesamente. “Sabés muy bien que no era ningún sueño. No trates de negar la vivencia.  La vivimos los tres.  De algún modo la tenemos que asimilar.”

Nancy comenzó a llorar de nuevo.  Belén y Tomás la ayudaron a acomodarse en el coche, y entonces, con la puerta todavía abierta, Tomás posó su brazo sobre el techo y apoyó la cabeza sobre la mano en un largo silencio.

“¿Quién era?” preguntó finalmente, en voz baja.

“¿Importa?” respondió Belén.

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