Dudar o Creer (Segunda parte)

A la mañana siguiente Diego se despertó sobresaltado. Ya el amanecer aclaraba el cielo anunciando la llegada de un nuevo día. Levantándose silenciosamente, Diego se vistió con apuro, cuidando de no despertar a Adela. Todos los sábados salía a pasear en bicicleta. Hoy iría a ver si su vivencia concordaba con la realidad.

Guardaba la bicicleta en el garaje. La sacó a la calle y aspiró con profundo placer el aire fresco de la madrugada. El cielo, todavía gris, prometía un día espléndido, perfecto para un pic-nic. Los zorzales cantaban con un sin fin de quiebros y trinos en el silencio del amanecer. Trasladándose a la parada de taxis y con la ayuda de un plano de la ciudad que le prestó un taxista, pudo localizar la calle Fuentes, bien en las afueras en la zona este.

El barrio California resultó ser un barrio muy humilde y deteriorado, con baldíos llenos de yuyos altos, árboles y arbustos que habían crecido solos. La calle Fuentes estaba apenas mejorada y tenía tantos pozos y zanjas que al final Diego dejó la bicicleta sujetada a un alambrado con una cadena y candado. Siguió caminando a pie pasando varios ranchos y un potrero chico con dos caballos. La calle parecía convertirse en un sendero, y Diego había perdido toda esperanza cuando, al pasar dos paraísos viejos y frondosos, lo vio. Allí, descascarado, casi escondido por los yuyos, estaba la tranquera. Con el corazón latiendo con fuerza, Diego se acercó con inmenso asombro.

Exactamente como lo había visto, pero de día y no de noche, estaba la tranquera y la placa oxidada que colgaba de un clavo en un poste, el número 745 apenas discernible. La casa antigua, a pocos metros pero oculta por unos arbustos, mostraba hacia la calle solo una ventana. El perfume de jazmines inundaba el jardín abandonado.

Diego se quedó mirando todo con incredulidad. Parecía imposible haber visto esta escena con tanto detalle sin haberla conocido jamás. En eso se abrió la ventana y una mujer de mediana edad le gritó. “¿Que buscás?”

Trastornado Diego usó la primera excusa que se le presentó a su mente para justificar su presencia. “Busco un jardinero, un tal Dionisio. Me dijeron que vive por aquí.” Respondió.

“Acá no vive ningún jardinero.” La ventana fue cerrada con un golpe.

“Muy bien, gracias.”

Diego, de repente inundado por una ansiedad intensa volvió con toda prisa hasta donde había dejado la bicicleta. Un súbito presentimiento de amenaza y la necesidad de alejarse de ese barrio despoblado y peligroso, lo invadió. Casi seguro que el Secretario de Agricultura estaba secuestrado en aquella casa. Al escuchar una moto acercándose desde la dirección de la casa instintivamente corrió a esconderse entre los yuyos altos. Sintió un fuerte golpe en el hombro izquierdo, la moto se detuvo y Diego vio, un segundo antes de precipitarse entre los yuyos que el joven en el asiento trasero de la moto tenía en la mano un revolver y que le estaba apuntando. La bala pasó a pocos centímetros de su cabeza.

Jadeando, agachado, virando de una dirección a otra para dificultar los disparos, Diego corrió por los yuyos tropezando con cascotes y basura ocultos. Al alcanzar el asilo de las paredes de una casa en ruinas, se detuvo para recuperar el aliento y determinar si su asesino todavía lo seguía. El ruido de la moto que se alejaba y las voces agudas y claras de un grupo de niños, lo calmó. Sintiendo que la mano izquierda estaba mojada, la miró y vio que la sangre corría entre los dedos y que la manga de su campera estaba ensangrentada. Se dio cuenta entonces de que el golpe que sintió al tirarse entre los yuyos había sido en efecto una bala. Sintiéndose mareado, se apoyó unos minutos más contra la pared. Buscó su teléfono celular y se dio cuenta que con el apuro lo había dejado en casa. Con esfuerzo se irguió y volvió a la calle cautelosamente. Unos seis niños estaban agrupados mirando su bicicleta, la calle estaba vacía.

Diego se acercó y preguntó. “¿Viven por aquí?”

El más grande se hizo el vocero de los demás. “Sí,” afirmó. Los otros chicos lo observaron con ojos dilatados, asustados por su aspecto.

“¿Vieron la moto?”

“Sí, se fue por allá señor. ¿Qué le pasó? ¿Lo balearon? Oímos los tiros.”

“¿Conocen a los jóvenes que andaban en la moto? ¿Son de acá?”

“De acá no son. Es la primera vez que veo esa moto.”

“Escuchame, quiero hablar por teléfono. ¿Saben dónde hay uno por acá cerca?”

“Y… no, por acá no hay ninguno.”

“Abuelo tiene un celular,” gritó una criatura de alrededor de seis años. “¿Quiere que le pregunte?”

“Dale.”

“Vení Negro,” instó a un compañerito.

Salieron corriendo. Diego soltó la bicicleta y guardó la cadena y el candado. Acompañado en silencio por los cuatro chicos restantes, los siguió lentamente empujándola. Llegaron a uno de los ranchos del que salió un hombre de unos setenta años.

“Buenos días señor,” lo saludó a Diego sobre los feroces ladridos de un perro atado a un poste. Su nieto se acercó y lo hizo callar.

“Buenos días, como ve me he lastimado. Me dijo su nieto que usted tenía un celular. Me olvidé el mío, y deseo saber si usted me prestaría el suyo.”

“Lo balearon, esa gente que se instaló en la casa allá.” Aclaró el vocero del grupo de niños.

“¿En serio?” el abuelo se mostró muy afligido. “No tengo carga señor, pero le puedo acercar a su casa, tengo una camioneta. Usted debe hacerse ver cuanto antes. Así que le balearon no más. ¿Quiénes? ¿Los de la moto recién?”

Diego aceptó con alivio la oferta del abuelo, y éste se fue a buscar el vehículo. Una mujer joven se había acercado y dijo, alarmada. “¿Quiere que le limpie la herida, señor?”

“Gracias Señora, prefiero no sacarme la campera. Pero quizá podría darme algún trapo para limpiarme las manos.”

“Sí, enseguida señor.”

Buscó unas vendas y las acomodó como pudo mientras Diego se limpiaba las manos.

“¿Le duele mucho señor?” preguntó.

“Sí. Ahora está empezando a doler bastante,” respondió Diego con una mueca.

Unas fuertes explosiones presagiaron la aparición de una chatita que aparentemente funcionaba solo gracias a alambre y poxipol, y que hacía un ruido ensordecedor. Sin apuro el dueño la detuvo y se bajó.

“¿Podemos ir también, Abuelo?” gritó su nieto.

“Bueno, suban.”

Cargó la bicicleta mientras todos los chicos con gritos de alegría, se acomodaron entre saltos y bofetadas amistosas. Diego subió al asiento del acompañante y en pocos minutos, con fuertes explosiones y gritos infantiles, comenzaron el viaje.

La pregunta que había estado golpeando en el fondo de su mente hasta ese momento retumbó en su consciencia y Diego se enfrentó por primera vez con la realidad: habían tratado de matarlo a balazos, su vida estaba en peligro. Pensó en Adela. ¡Adela! Si los secuestradores sabían que él sospechaba algo entonces ella también estaba en peligro. ¿Pero quiénes eran? ¿Y cómo sabían?

La mirada fría, clara, vidriosa de Pianini se cruzó por su mente. ¡Pianini! ¡Pianini un enemigo! ¡Pianini que vivía en el mismo edificio! En una bruma de mareo, causada por la cantidad de sangre que había perdido y el miedo por Adela, giró abruptamente hacia el hombre a su lado. Una ola negra lo inundó y con un suspiro se tambaleó un poco y luego se escurrió hacia el piso de la chata, desmayado.

Un joven en una moto pasaron en dirección opuesta a toda velocidad.

“Ahí va la moto otra vez,” comentó el Negro.

“Ajá,” acordaron los otros.

Al ver que su pasajero se había desmayado el dueño de la chata lo paró. Sacudió a Diego con un gesto suave y como si estuviera nadando por nubes cada vez más claras, Diego recobró la conciencia con dificultad. Con ayuda se sentó de nuevo en el asiento.

“Gracias,” murmuró. “Me siento medio débil.”

“¿No sería mejor que fuera a una clínica, señor?”

“No. Llevame a casa por favor, allí mi mujer llamará a nuestro médico.”

“Muy bien, como Usted diga. ¿El barrio de Los Ombúes, me dijo?”

“Sí, eso es. Güemes 1883.”

Siguieron la marcha. Diego luchó con el fuerte mareo, tratando de formular algún plan por si acaso lo estaban esperando. A dos cuadras de la calle Güemes indicó a su compañero que detuviera la chata.

“Falta para la calle Güemes,” aclaró éste.

“Ya sé. Pero no quiero bajar enfrente de casa, por si acaso. En este bar me conocen, voy a tomar un trago para recobrar fuerzas. Salí esta mañana sin dinero, cuando me sienta mejor paso por su casa a agradecerle su gentileza.”

El dueño de la chata le sonrió con bondad mezclado con alivio. “No faltaba más,” le aseguró. “Que le vaya bien.”

Lo ayudó a bajar, le bajaron la bicicleta y los chicos se despidieron con gritos, alegres. A esa hora el bar recién se había abierto y un joven estaba lavando el piso. El mozo se acercó a la meso donde Diego estaba sentado, ocultando un bostezo. Al reconocerlo y ver que su manga y mano estaban empapadas de sangre se alarmó.

“Sr. Merelo,” exclamó. “¿Qué le ha pasado?”

“Me caí y me corté,” Diego murmuró, estaba físicamente agotado. “Traéme un coñac doble y un café, por favor.”

Mientras el mozo se apresuraba en cumplir con la orden, un canillita pasó por la vereda gritando, “¡Últimas noticias. El Secretario de Agricultura secuestrado. Últimas noticias. Diariooooo!”

“Qué barbaridad, ¿no?” declaró el mozo, colocando el café y el coñac sobre la mesa. “Parece que lo secuestraron del Hotel Pirámides anoche, diciendo que venían a buscarlo para una reunión de los Rotary.”

“Ya me enteré,” dijo Diego sorbiendo el café. “¿Puedo dejar la bicicleta aquí? Quiero ir a la farmacia ahora. Después la busco, y pago lo que debo.”

“Por supuesto, Sr. Merelo. Déjela ahí no más, que el pibe la guardará en el patio. Ahora anotaré el importe en su cuenta. Que se mejore.”

Secándose la mano con unas servilletas, Diego salió del bar y se dirigió hacia la farmacia cerca de su departamento.

…………………………………

Adela se despertó y encontró el otro lado de la cama vacía. Se fue a la cocina pero Diego no estaba y tampoco había desayunado. Miró el reloj, siete y veinte. Buscando su celular, trató de llamarlo pero no contestó. Apretó los dedos contra la sienes y trató de recordar todo lo que Diego le había dicho la noche anterior. Algo de un presentimiento y de la calle Fuentes. ¡Eso! La calle Fuetes en el barrio California. ¿Y el número? Setecientos, ochocientos, algo así. Prendió la radio, puso la pava y se fue a vestir. La voz chata y clara del locutor llenó el departamento:

“…….secuestrado el Sr. José Villegas, Secretario de Agricultura de la Nación, en la ciudad de Los Rosales, provincia de Buenos Aires a las veinte horas poco antes de dirigirse a una cena en el Club Rotary en esa localidad. Hasta ahora se ignora la razón de su secuestro y quienes fueron los autores….”

Adela se apretó el cuello de susto, todo lo que Diego había contado el día anterior lo recordó de golpe. La casa… el sótano… la sensación de estar atado y muy golpeado, sus propias palabras irónicas resonaron en sus oídos. ¿Cómo era posible que una persona tuviera vivencias tan claras? Era obvio. Diego había vivido de forma premonitoria el secuestro del Secretario de Agricultura. ¿Pero era así? ¿Existía aquella casa, aquella calle? Había ido a averiguar justo eso, se lo había anticipado anoche. ¿No correría peligro al andar investigando justo en aquella calle… justo hoy? ¿Qué hacer? ¿Avisar a la policía? ¿Le creerían?

Extendió la mano para levantar el tubo del teléfono cuando un golpecito en la puerta la llenó de alegría. Diego había vuelto. Por lo menos juntos iban a poder decidir cómo

actuar de ahora en más, y si en efecto su visión fue real o no. Abrió la puerta con una sonrisa de alivio. Alberto Pianini estaba parado en el umbral, pálido, los ojos brillantes, duros, una expresión de extrema tensión alrededor de la boca.

“¿Está su marido?” preguntó sin saludar.

“¡Ah! Sr. Pianini. No, no está. Salió en bicicleta. Justo pensé que era él el que golpeaba la puerta.

Pianini, con un gesto pequeño, le mostró el diario matutino que tenía en la mano. Las noticias del secuestro ocupaban casi toda la primera hoja en gruesas letras negras. Hizo como si quisiera entrar, Adela le dio el paso y cerró la puerta.

Pianini entró al living apresuradamente. “¿Usted sabe acaso donde se fue?” preguntó. “Podría ser peligroso.”

“Justamente, estoy preocupadísima. Justo ayer Diego tuvo como una premonición de un secuestro. Incluso la dirección y todo.”

Pianini dio un respingo y su mirada se tornó aguda. “¿Ah, sí? ¡Cuénteme!” exclamó.

“Me habló de una calle Fuentes al setecientos u ochocientos, no me acuerdo bien. No sé qué hacer, siento que debo llamar a la policía. Creo que Diego fue esta mañana a investigar, pero ni sé dónde queda ni si realmente existe.”

Pianini echo una mirada alrededor del living, ubicó el teléfono atrás de Adela y dijo, “Me parece una buena idea señora, no se puede eliminar la más mínima pista en un caso como este.”

Adela se dio vuelta pero nunca llegó al teléfono, el sofocado ‘ffft’ de un revolver en la mano de Pianini se repitió dos veces y Adela cayó al piso bañada en sangre. Con movimientos rápidos, cuidando de no dejar huellas digitales, Pianini arrancó el cable del teléfono y se retiró con cautela. En su departamento, temblando de ira, se comunicó por celular con uno de sus camaradas, ordenándole que vigilara la llegada de Diego y avisarle en cuanto lo viera.

¿Quién hubiera pensado que aquellos planes preparados con tanto cuidado y tan perfectamente ejecutados podrían ser anulados por una premonición? Merelo había escapado, pero seguramente estaba por llegar en cualquier momento. Por lo visto la premonición no lo había incluido a él, Pianini, y como todavía no se había comunicado con su mujer, estando herido, seguro vendría a casa antes de ir a la policía, primero para asegurarse de que su esposa estaba bien, y segundo porque el teléfono ya no funcionaba más.

Mientras esperaba la noticia de que Diego llegaba al edificio, Pianini se ocupó de poner en marcha el plan de huida que había practicado ya varias veces, dado que era un asesino precavido y profesional. Sobre el mármol de la mesada de la cocina posó una jeringuita que contenía un veneno tan potente que pocas gotas inyectadas subcutáneamente causaban la muerte instantánea. A Diego había que liquidarlo.

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