Los Abuelos Sureños by Magdalena Moyano

Acostada sobre el pasto, escuchando el agua del pequeño lago escurrir entre las piedras, la joven dibuja con la mano en el barro, la arcilla colorada típica de Virginia.

Oye la voz de la abuela Elizabeth llamándolas a ella y a su hermana desde la casona sobre la colina: que se hace tarde, que ya no es hora de estar solas tan lejos, que está oscureciendo, que es hora de volver.

Levanta la cabeza y ve a su hermana, Clara, nadando en el centro del lago. Reconoce en sus movimientos la misma gracia de su madre mientras avanza hacia el muelle flotante, construido especialmente por el abuelo Cary para los nietos en ese lugar remoto, en el medio del bosque, sin gente joven, ni vecinos, ni televisión, ni cine, solo el lago, un par de caballos viejos y los libros.

Durante aquellos veranos en Lower Bremo en El Estado de Virginia, cuando después del almuerzo el calor y la humedad hacían insoportable estar al sol o en los dormitorios del tercer piso , las hermanas buscaban la frescura y oscuridad de la biblioteca cuyas paredes de piedra habían servido originalmente como refugio para los cazadores de la familia en el siglo XVIII. Tiradas cada una en un sofá distinto, siempre alertas al ruido de algún auto montando la colina, despiertas para cualquiera señal de vida, las chicas leían durante horas lo que encontraban a mano: las hermanas Bronte, George Elliot, Balzac, Tolstoy, Dostoyesvski, Chejov. “Empezá por los rusos que nunca te decepcionarán,” le recomendaba Clara.

Cuando comenzaba a bajar el sol, la abuela Elizabeth despertaba de su siesta y se ponía su sombrero de paja con las cintas celestes. Con paso apresurado se dirigía hacia la parte posterior de la casa en busca de las herramientas de jardinería, un rastrillito y pala que le servían para trabajar y hundir sus manos en la tierra de aquellos extraordinarios canteros escalonados detrás de las ventanas del living principal que ella misma había diseñado 50 años atrás cuando, recién casada, había llegado a ese remoto bosque. Todas las ventanas de Lower Bremo ofrecían una vista completa de su obra de arte: seis canteros bien anchos y del mismo largo de la casa, apuntalados por piedras oscuras, que actuaban de sostén y donde crecían las flores más variadas: rosas, anemonas, margaritas , dalias y tulipanes de todo tipo, un festín de colores que crecían al estilo de los jardines ingleses entre los siempre-verdes, hierbas y plantas de menta. Ahora, después de medio siglo de trabajo, la abuela Elizabeth exhibía los resultados de su esfuerzo con orgullo, abriendo los jardines al público y de vez en cuando participando en algún concurso de jardines históricos del Estado de Virginia.

Por las mañanas, el abuelo Cary también tenía su propio mundo. En cuanto salía el sol y antes de que el calor húmedo y sofocante dificultara las tareas del campo, bajaba al comedor a tomar un fuerte desayuno con huevos revueltos, tocino, tomates verdes fritos y muffins de maíz. Una vez satisfecho, se colocaba el sombrero de fieltro sobre su cabeza impecablemente blanca y, junto con Hudson, su inseparable compañero negro desde la infancia, partía a veces a caballo, otras en la camioneta, a inspeccionar el campo y el ganado, y no regresaba hasta el mediodía. El abuelo Cary no hablaba mucho y pocas veces reía, pero junto a Hudson regresaba rápidamente a la adolescencia que habían compartido en esa misma casa, y más de una vez las nietas se habían sorprendido escuchándolos descostillarse de risa.

Durante aquellas mañanas los dos permanecían lejos de la casa el mayor tiempo posible, inspeccionando, junto con el mayordomo de origen Cherokee, el ganado, la cosecha, los silos, la crecida del rio, las lagunas y los desagües, y charlando con los distintos hombres que trabajaban la maquinaria para la cosecha.

Las jóvenes se preguntaban si la tardanza en regresar al mediodía quizás no se debía a lo mucho que los dos se divertían lejos de la formalidad y rutina de la casona. Encasillados en el rol del amo y el sirviente, los dos amigos regresaban rápidamente a sus infancias cuando partían juntos al campo.

Las hermanas habían notado que ambos siempre llegaban de vuelta a la casa justo a tiempo para que Hudson pudiera correr a ponerse la chaqueta blanca almidonada que la abuela le exigía para servir la mesa con la misma formalidad con que ella y el abuelo habían sido criados.

Luego de una larga siesta, la rutina de la mañana se volvía a repetir a eso de las cuatro, regresando a la caída del sol.

Con el frescor de la tarde, al abuelo Cary le gustaba sentarse frente a la casa a tomar un whisky. Acomodado en su silla de mimbre blanco sobre el pasto de la terraza, observaba el campo y el río a la distancia mientras despacito bebía su Old Fashioned, un cocktail de bourbon con whiskey que Hudson le preparaba con la exacta cantidad de azúcar y menta. Ya convertido ahora en mozo, Hudson se lo traía puntualmente en una bandejita de plata. Cuando iba por el segundo vaso, ambos empezaban a reírse juntos pues Hudson también aprovechaba, en el bar cerca del comedor, para darse sus traguitos a escondida. Tanto el abuelo como las nietas conocían perfectamente la debilidad de Hudson a la hora del copetín, pero los tres solo intercambiaban miradas cómplices, no vaya a ser que la abuela se enterara y lo retara.

Las hermanas habían observado que las cajas de alcohol se guardaban en un enorme ropero de caoba ubicado en el pasillo detrás del comedor, junto a un rifle y un revolver, todo bien asegurado bajo llave.

Al atardecer, ya bajo la influencia del tercer whisky, una enorme melancolía descendía sobre el abuelo, que miraba a sus nietas con una mezcla de ternura y compasión, y ellas se preguntaban si miraría así a sus otros quince nietos, o solo a ellas, a las Argentinas, cuyo padre había muerto hacía un par de años y cuyo desarraigo se palpaba con solo mirarlas, oírlas hablar en su propio idioma, observar la manera que se vestían o gesticulaban las palabras, siempre tan distintas del resto.

En la cocina Addie, la mujer de Hudson, preparaba la cena mientras masticaba tabaco. Alta, majestuosa, negra como el carbón, luciendo un impecable delantal blanco, tan impecable como su dentadura, Addie reinaba entre las ollas y los platos con una dignidad ancestral que ni siquiera la abuela conseguía doblegar.

Una vez que las tareas de la cena habían concluido Addie se sentaba sobre los peldaños de piedra del jardín a fumar su pipa de maíz y, pensativa y triste, permanecía un rato largo mirando las flores de la abuela, con una tristeza que las nietas sabían que en cualquier momento podía convertirse en un ataque de ira, ya que una tarde la habían visto salir detrás de Hudson con una escoba.

Las adolescentes habían observado como la abuela se dirigía siempre a Addie con respeto, como si tuviera miedo de espantarla, que desapareciera en aquellos bosques oscuros detrás de la casona y la dejara sola, aislada, sin apoyo, con el dolor del suicidio de su único hijo varón, Cary II, de 36 años, destinado a heredar aquel campo para que la familia y la casa mantuvieran su lugar histórico como uno de los más antiguos del país. Una vez las chicas se habían preguntado si el revolver que había utilizado el tio Cary sería el mismo que colgaba en el ropero de caoba, pero habían descartado la idea.

El abuelo Cary había nacido 10 años después de lo que esa generación llamaba “el desastre,” la derrota del Sur por el Norte durante la Guerra Civil de 1860, luego de la cual la familia había quedado con una considerable fortuna congelada en los bancos de la Confederación. Solo la tierra y la casona mantenían su valor pero la mano de obra esclava, que había posibilitado producir las enormes cosechas de algodón y tabaco para mantener aquel mundo privilegiado y feudal, había huido en busca de trabajo a las grandes ciudades yanquis del norte. Al fin de la Guerra, generosas ofertas habían llovido de los más acaudalados apellidos de Nueva York y Boston para comprar la casa y todo lo que en ella se había acumulado a través de las distintas generaciones en materia de muebles, cuadros , libros, platería y vajilla pero los herederos de turno, igual a todos los de los siglos anteriores y posteriores, habían permanecido fiel a sus ancestros y rechazado las ofertas. En casi cuatrocientos años nadie había vendido fuera de la familia.

Así fue como el abuelo Cary, con solo 20 años, había tenido que dejar sus estudios en la Universidad de Virginia para trabajar las plantaciones de algodón que la familia había heredado en el Delta del rio Mississippi , “….para que sus hermanos pudieran educarse en la Universidad de Virginia como caballeros y hombres de bien” les contaba la abuela Elizabeth a las nietas “Sí, sí, así fue como el más inteligente y culto de los hermanos, el más generoso y más sensato, sacrificó su carrera universitaria para poder trabajar y mantener a su madre, educar a sus hermanos y posibilitar que sus dos hermanas pudieran conseguir un buen partido a la hora de casarse. Porque cuando triunfaron los yanquis nuestra familia quedó solo con lo que tenía puesto.”

Las hermanas habían aprendido que cuando la abuela hablaba de los yanquis ella sólo se refería a los soldados de uniforme azul que habían luchado en el ejército del general Grant, contra los de uniforme gris del ejercito del general Lee.
En ese momento, a la edad de 75 años y luego de 50 años en el Delta del rio Mississippi, el abuelo Cary regresaba a la casa ancestral donde había nacido y pasado su juventud, pero como excelente agricultor que era siempre añorando la tierra fértil, negra, llena de minerales que se renovaban anualmente con los desbordes de aquel formidable rio. “Tierras tan ricas como la pampa argentina” les explicaba a las chicas a la hora de la mesa.

Era durante esos almuerzos y cenas en el comedor azul-grisáceo, bajo aquellos cuadros oscuros del tio Charles y de la tia Lucy que colgaban entre los pilares dóricos, que las hermanas se enteraban sobre la cosecha de maíz y tabaco, el precio del ganado en la subasta pública del Condado, la situación climática pero también de la genealogía de la familia, tan entrelazada con la historia del país desde el principio de la colonia. Las chicas nunca dejaban de sorprenderse sobre el tono práctico que dominaba aquellas conversaciones, tan distintas de las agitadas discusiones que se armaban durante las comidas en la familia de su padre en la Argentina, donde dominaban los intercambios de ideas o agitadas discusiones políticas, pero muy raramente se perdía el tiempo sobre algo práctico que tuviera que ver con la vida cotidiana.

Solo a la caída del sol, cuando el abuelo había ya tomado sus dos buenos tragos de whisky, cuando el alcohol ya había tenido su impacto sobre aquel pequeño, vulnerable y artrítico esqueleto, es que él entonces se permitía mostrar su profunda melancolía. A la hora de cenar, y en especial cuando había un buen muslo de jamón que rebanar y repartir, se paraba en la cabecera de la larga mesa de roble–con olor a la mezcla de aceite y limón con que Hudson la lustraba– y recitaba su poesía favorita. A veces comenzaba con los sonetos de Shakespeare, o poemas de Edgar Allan Poe, pero las hermanas ya sabían que cuando comenzaba a recitar El Paraíso Perdido de John Milton, el abuelo perdía el control y las lágrimas le empezaban a rodar como a un bebé sobre sus flácidas mejillas rosadas, impecablemente rasuradas. Sentadas una frente a la otra, las jóvenes se miraban y esforzaban por captar aquel inglés antiguo, casi incomprensible, sobre el fin de la inocencia de Adán y Eva en el paraíso, la traición de la serpiente, el pecado original, la culpa, todo lo que evocaba una profunda tristeza en el abuelo pero cuya razón ellas no comprendían. Lo que sí captaban muy claramente era esa desolación y melancolía que pesaba sobre los abuelos desde la pérdida del hijo, y que ellas dos con su juventud y enorme curiosidad por la vida ayudaban a disipar.

La abuela Elizabeth era una gran amante de la música, sobretodo de los románticos: Chopin, Brahms, Tchaikovsky, y cuando el abuelo comenzaba a ponerse melancólico, inmediatamente lo interrumpía e ideaba algo para distraerlo: “Bueno, quizás podríamos tomar el café en la biblioteca, y escuchar un poco de música,” sugería, y las chicas se miraban tratando de disimular el tedio que les esperaba.

Pero la abuela sabía que cuando el abuelo Cary caía en estos estados, lo único que rápidamente le levantaba el ánimo era la idea de ver a la mayor y favorita de sus hijas, Catherine, madre de las nietas.

Una tarde de esas, no bien estaban los cuatro instalados en la biblioteca escuchando música, la abuela anunció que mañana llamaría a Catherine a Nueva York para que adelantara su viaje y que viniera lo antes posible. El abuelo inmediatamente cambió de humor y, reanimado con la esperanza de ver a su hija predilecta, se paró con entusiasmo.

“¿Crees que podrá llegar con el bebé tan pronto?” le preguntó a la abuela,

“Probablemente en los próximos días”.

Así fue como durante una de esas calurosas tardes de agosto, mientras los abuelos y la madre dormían la siesta en el segundo piso y las nietas leían en el fresco de la biblioteca , cuando el único sonido era el cantar de las chicharras, y la humedad formaba nubes de vapor en las tierras-bajas del río, que las hermanas escucharon el crujido de las piedras en el camino frente a la casona. Dos personas corrían una detrás de la otra y se esforzaban para no subir la voz, como si no se atrevieran a alterar el silencio de la siesta. Conscientes que a ningún vecino ni miembro de la familia se les ocurriría llegar de visita a una hora tan inoportuna, las nietas pegaron un salto de sus sillones y corrieron a la ventana.

Hudson y Addie estaban parados sobre el camino de gravilla blanca susurrando en ese dialecto totalmente incomprensible de los negros del Delta del Mississippi. Addie lloraba desgarrada, manteniendo un brazo escondido detrás del cuerpo. Hudson trataba de calmarla. De repente Addie dió dos pasos hacia atrás y le apuntó a Hudson con el revolver. Las nietas se miraron aterradas y Clara exclamó

“Subo a despertarla a mamá”.

A los dos minutos la madre bajaba preguntando “¿Dónde están? ¿Dóndo están?” mientras abría la puerta principal y las chicas la seguían con una mezcla de miedo y curiosidad.

“Addie, que te pasa?” preguntó la madre “Baja ese revolver, dámelo. Te lo suplico”

“Señora Catherine, no doy más, no doy más. Hudson me trajo a estos bosques pero yo me quiero volver a Mississippi, a mi familia!”

“Te comprendo, Addie, te comprendo perfectamente. Pero primero dame el revolver. Por favor, te lo suplico. Es muy peligroso. Tu sabes lo mucho que yo te aprecio. Todo tiene arreglo. Yo te voy a ayudar en lo que sea.”

“Si señora Catherine, yo sé que usted sí me va a ayudar, que usted sí me aprecia, pero Hudson no. Cuéntale, Hudson, cuéntale que ya no vienes a dormir conmigo. Cuéntale que pasas las noches fuera de la casa, que tienes otra mujer. Pero no es solamente Hudson, Señora Catherine, su madre tampoco me aprecia. Ella piensa en mí como una bestia de carga, que aguanta cualquier cosa. Yo quiero volver a mi familia, a mi iglesia. No aguanto más estos bosques llenos de ánimas que lloran en la oscuridad. Porque ¿Ud. sabe una cosa, Señora? A la noche, cuando todo el mundo duerme, yo oigo a los negros que trabajaron aquí como nosotros hace muchos años, oigo los aullidos y las peleas, oigo a los niños suplicando que no se lleven a sus madres, oigo a las madres suplicando que no se lleven a sus hijos. ¿Usted no? Yo sí los oigo. A mí todos ellos me visitan…”

“Puede ser, Addie, puede ser… Quizás tu oyes voces que yo no puedo oir, Addie, pero de todos modos no debes seguir aquí en este estado de desesperación. Te prometo que voy a hablar con mis padres para que te ayuden a regresar a Mississippi en cuanto antes. Te hará bien volver con tu familia, te hará bien volver a cantar en tu coro. Te prometo que te ayudaré , Addie, pero primero dame el revolver. Te lo suplico”

Addie caminó dos pasos hacia adelante y le entregó el arma, mientras lloraba desconsolada. Hudson lo agarró y se marchó a guardarlo.

Entonces la madre puso sus brazos alrededor de Addie y las dos mujeres, abrazadas, empezaron a dejarse caer sobre el pasto, mientras Catherine balbuceaba: “Todo va a estar bien, Addie, todo va a estar bien. Te lo prometo.”

Las chicas habían permanecido atónitas en el portal de la casa mientras presenciaban el drama. Clara, dándose cuenta del impacto que podría tener la escena sobre su hermana menor, le puso el brazo sobre el hombro y la condujo hacia la biblioteca.
Nuevamente en sus respectivos sillones, las hermanas permanecieron acostadas en absoluto silencio durante un largo tiempo.
De repente María Clara pegó un brinco y parada empezó a citar una de las partes preferidas del abuelo Cary en el Paraíso Perdido:

“…and Lucifer fell through the ether like a falling star”
Pensó un momento y añadió: “ …y Lucifer atravesó el éter como una estrella fugaz…”

MAGDA MOYANO
Buenos Aires, 2014