El Ultimo Nudo

Las dos señoras caminaban lentamente por la vereda de la soleada calle, la de  la derecha usaba un bastón grueso y rengueaba pesadamente, la de la izquierda llevaba anteojos y cargaba un bolso de compras.  Ambas viudas, hacía ya años que eran íntimas amigas, y como vivían la una enfrente de la otra se veían casi todos los días.

Rosa tenía una malformación congénita en la cadera, pero nunca permitió que eso le impidiera atender a las muchas actividades que había emprendido en su vida.  Fiel miembro de la Iglesia, su labor favorita era “El Sendero” un hogar para niños diferenciales que, bajo su guía  constante e inspirada, había prosperado y llegado a ser un modelo en su categoría.

Elena se dedicaba más a sus dos hijas, a su hijo Pablo, ahijado de Rosa, y a sus numerosos nietos.  Entre Rosa y Pablo existía una relación muy estrecha, él, de jovencito, muchas veces había  ayudado en “El Sendero” durante las vacaciones.

Diana, la hija menor de Pablo, era una nena alegre y despierta con ojos grandes y oscuros que daban la  impresión de ver más allá de las apariencias de las cosas;  de percibir una realidad distinta, mucho más sutil y delicada.

Contemplando una nena que saltaba con una soga en la otra vereda, Rosa dijo – Podría regalarle una soga de saltar a Diana. ¿Qué te parece?

– Todavía es muy chiquita creo, apenas cumplió cuatro años. – respondió Elena

– Bueno, quizás, pero igual se la puedo regalar.  Siempre deseaba saltar a la soga cuando yo era chiquita, pero claro, con mi cadera, nunca lo pude hacer.  Es una de las cosas a las cuales jamás me pude resignar – con una pequeña mueca, Rosa agregó – Debe ser lindísimo tenerlos de vuelta después de un año entero.  Diana tiene que haber cambiado muchísimo. ¿A qué hora llegaron? y ¿cómo está ese arqueólogo ahijado mío? ¡Espero que me venga a visitar pronto!

– A las ocho de la noche.  Trajo muchísimo trabajo, y además, objetos para clasificar. Ah, también tiene un maravilloso contrato para escribir un libro, que comenzará en cuanto pueda.

¿De veras, Elena? ¡Qué bien!  ¿Cuál será el tema?

– La Magia Negra.  Como sabés, le interesa el tema desde hace años.  Por donde vaya en sus viajes arqueológicos siempre hace un estudio sobre los ritos de la Magia Negra de las tribus locales y la gente del lugar, así junta todo tipo de información. ¡Es increíble lo que sabe!  Y ahora le han pedido un libro, así que te podés imaginar lo feliz que está.

Rosa sintió un escalofrío correr a lo largo de la columna vertebral.

– Siempre me pareció un interés tan lúgubre – objetó – Se me ocurre que no es un tema en el que deba ocuparse tanto.

– Yo tampoco, pero ¿Qué se puede hacer? – asintió Elena.

Rosa sacudió la cabeza, una profunda inquietud la invadió y sintió una extraña sensación en la garganta.

– Claro – dijo con un suspiro – Pero escribir un libro significa dedicar horas de concentración a ello, sistematizar sus notas, traer todo al nivel de la conciencia.   Aparte de eso, afectará de algún modo a todos los que lean la obra.  No es para nada algo que Pablo deba hacer, Elena. ¿Ya está todo decidido entonces?

Elena la miró a Rosa con sorpresa. – ¿Por qué Pablo en especial? – preguntó -Si no lo escribe él, lo hará otro.

– Ya sé, ya sé, pero siento que esta fascinación que Pablo siempre tuvo por este tema no es … ¿Cómo decirlo? …algo sano.  Como que se volvería subjetivo y no se mantendría en una posición suficientemente objetiva.

Elena levantó los hombros con resignación.

– Tiene treinta y siete años – dijo – y si él se empeña en escribir este libro, no hay mucho que yo pueda hacer o decir que le haga desistir de su empresa.

– Cierto, pero igual, pienso hablar con él sobre esto – declaró Rosa con firmesa.

– Bueno, hacé lo que te parezca Rosita.  Aquí estamos.  Pasá, te quiero mostrar la manta que me trajeron, es lindísima.  Se quedan conmigo una semana, todo está medio desordenado, pero igual me encanta que estén porque así llegaré a conocer todas las aventuras que tuvieron durante el viaje.

– ¿No están en casa?

– No, ya a las nueve y media habían salido a hacer compras.

Elena abrió el portillo del jardincito, buscó la llave y se adelantó a su amiga hacia la puerta de entrada de la casa.  Rosa la siguió lentamente.  El ‘living’ estaba oscuro y hacía frío.  Elena prendió una lámpara y dijo.

– Ponete cómoda Rosa, se trabó la persiana, no sé cómo.  Pablo la arreglará cuando vuelva.  Voy a buscar la manta.

 

Rosa se sentó en el sofá y miró a su alrededor.  En el fondo del ‘living’ tan poco iluminado, una pila de cajas y bultos llenaba casi todo el espacio libre y se desbordaba sobre la mesa del comedor.  Sobre la mesita baja que se encontraba en frente del sofá, una extraña figurita humana hecha de arcilla le llamó la atención y comenzó a contemplarla con creciente intensidad.  Era negra y brillante; estaba arrodillada, y los rasgos de la cara estaban exageradamente retratados en blanco.  Las manos, que eran de un tamaño enorme en relación al cuerpo y los brazos, sostenían una fuentecita ahuecada sobre la falda.

Sintiéndose de repente mareada, Rosa se echó para atrás contra el respaldo del sofá, luego el ‘living’ de Elena empezó a desvanecerse.  De pronto se encontró parada, descalza, sobre el pasto esponjoso al borde de un río ancho y tranquilo.  El río bordeaba en forma sinuosa una cadena de sierras empinadas al pie de la cual ella estaba parada.  Al otro lado del río la tierra llana estaba cubierta de una vegetación espesa que parecían arbustos. Una luz vespertina llenaba el aire y la neblina ocultaba a medias las cumbres de las sierras.  El aire era cálido y bañaba su cuerpo en ráfagas suaves, espesas y sedosas.

Volviendo la espalda al río con cierto desgano, empezó a subir las primeras cuestas menos dificultosas.

– ¡No estoy rengueando! – exclamó de repente, abrumada por la maravillosa ligereza de sus pasos largos y seguros.  Se miró las piernas y se sobresaltó aún más.  Su cuerpo era el de un joven, totalmente sin vello y desnudo a excepción de un pequeño taparrabo.  Atónita, pasó las manos sobre su pecho liso, notando al hacerlo lo hermosas que eran.

– ¡Soy un hombre, por Dios! – jadeó – ¿Qué estoy haciendo en este cuerpo?

Los únicos ruidos que llegaban a sus oídos eran susurros y chillidos apagados, nada que reconociera.  Miró  los inmensos arbustos que la rodeaban dándose cuenta de  que eran en efecto enormes helechos.

– ¡Por Dios! – susurró – ¿Dónde estoy?

Divisando un estanque que brillaba a través de una cortina gruesa de hojas, se acercó rápidamente y observó su reflejo en las aguas tranquilas.  Una cara tostada con rasgos aguileños y con cabellos largos, lacios, y negros la contemplaba.  Los ojos negros era oblicuos y las cejas eran dos líneas gruesas, rectas, trazadas por encima.

Un deseo repentino, impaciente, la hizo alejarse abruptamente del pequeño estanque y volver apurada al sendero aparentemente invisible que había estado siguiendo cuesta arriba.  Con los mismos pasos largos y sueltos subió la sierra, gozando de la libertad y de la maravillosa coordinación de su cuerpo joven y viril.  No pensaba.  Todo era demasiado extraño y confuso.  Subía con apuro.  Los helechos fueron desapareciendo y plantas más bajas que tampoco reconocía tomaron su lugar.  El sendero de pastos blandos se hizo rocoso.  A Rosa no le importaba.  Saltó ágilmente de una roca a otra, a veces trepando como un gato fachadas lisas y muy empinadas donde sólo podía sostenerse con los dedos de las manos y de los pies.

La neblina que había notado pronto la envolvió, húmeda y espesa, haciendo resbaladizas  las superficies de las rocas e impidiendo su progreso rápido.

Finalmente se encontró al pie de un muro muy alto hecho de enormes piedras talladas de distintas formas, y perfectamente ensambladas.

– Parecen las paredes de los Incas – pensó fugazmente al empezar a correr a lo largo de la base del muro lo más cerca y silenciosamente posible.  Llegó a una fachada de roca de la cual parecía crecer el muro y comenzó a treparla.  La neblina y la lisura aterradora de  las rocas hicieron la escalada una tortura.  Rosa no pensaba, sabía que si lo hacía alteraría la instintiva concentración y certeza de su nuevo y flexible cuerpo joven. Con infinita paciencia subió centímetro por centímetro hasta llegar finalmente al coronamiento de la pared.  Con un movimiento serpentino y rápido hizo rodar  su cuerpo por la ancha superficie de la pared hasta caer sobre manos y pies en un recinto que, en la neblina que seguía arremolinando en torno suyo, parecía un patio desierto

Por unos minutos descansó, luego, con el mismo cuidado, alerta, empezó a correr  por pasillos angostos, subiendo y bajando escalones, atravesando patios hasta que finalmente llegó a un patio muy chico.  Cada patio tenía acceso a varias habitaciones que formaban pequeños  departamentos. Sólo una puerta, angosta y oscura en la neblina pálida, daba a este último patiecito adonde había llegado.  Golpeó suavemente, un golpe especial, rítmico y casi instantáneamente la puerta fue abierta por una mujer menuda, muy vieja. Arrugada y encorvada la miraba con ojos miopes.

– ¡No puede ser, es Elena! – pensó Rosa, su mente totalmente alborotada.  No entendía nada. ¿ Porqué era ella un hombre joven? ¿Porqué era Elena una anciana encorvada? ¿Estaba soñando? Sin embargo todo parecía demasiado real para ser un sueño.

– Anaku – exclamó la anciana en un susurro. – Llegaste justo a tiempo.

Rosa echó una mirada a la pálida luz que llenaba el patio antes de cerrar la puerta detrás de sí.

– ¿Tienes todo listo?

– Si.

Mientras esperaba, la anciana se trasladó a un ambiente contiguo y volvió con una túnica blanca y una manta muy fina, de color rojo oscuro con símbolos negros en los bordes,  adornado con un flequillo negro.  Trajo además un trozo de género blanco, y medias blancas con suelas de cuero blando.  Rosa se puso la túnica y las medias mientras que la anciana le ató el género blanco en la cabeza ocultando su cabello.  Entonces Rosa se envolvió en la gran manta roja de tal forma que sólo se le veía un poco de la cara con el triángulo blanco en la frente, y supo en seguida que ahora estaba disfrazada de mujer  joven.  La  anciana le ajustó la manta con gestos nerviosos.  Una vez lista, Rosa, profundamente conmovida, susurró;

– Abuela, que el Sol te caliente.

La anciana sacudió la cabeza. – Si tienes éxito nos encontraremos los dos en el Sol – murmuró – Que los Dioses calienten  tu garganta, Anaku.

Rosa hizo un pequeño gesto de confirmación con la cabeza y, abriendo la puerta, salió al aire fresco.  La neblina había desaparecido, el cielo negro ya incrustado de estrellas, se desplegaba con una claridad intensa.  Rosa sabía que  debía apurarse, en cualquier momento la luna llena  se asomaría por las cumbres de las sierras distantes.

Una vez más cruzó patios y atravesó corredores angostos, pero ahora junto a mujeres silenciosas vestidas como ella, y hombres y jóvenes descalzos  con ponchos.  Con la cara oculta y caminando con dignidad, Rosa hizo un esfuerzo para hacerse  paso entre la creciente multitud.  Llegaron a un enorme atrio frente a una ancha arcada tallada de una manera maravillosa, que daba a una vasta caverna en el seno de la sierra misma.

Con insistencia, tranquila y sin apuro, Rosa logró instalarse en la primera fila cerca de una de las puntas del semicírculo que, hilera tras hilera formaban los hombres y las mujeres al entrar y arrodillarse.  Todas las mujeres se colocaron a un lado del semicírculo y los hombres al otro.  Rosa cuidó de mantener la cara bien escondida, porque hubiera sido catastrófico que la reconociesen ahora, justo cuando todo  su plan se desarrollaba con tanta perfección.

Se sentó sin moverse, arrodillada como los demás, sabiendo que podía quedarse así durante horas sin sentirse incómoda.  De vez en cuando tragaba con cuidado, relajando la garganta, como le había enseñado su Maestro.  Pasara lo que pasara, cuando llegase el momento, las notas tenían que ser perfectas.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz tenebrosa de la cueva, pudo discernir un inmenso altar sobre una grada, encima del cual reposaba la estatua de una figura humana gigantesca en posición arrodillada.  Su barriga era grosera y desmesuradamente hinchada.  De cada lado de la figura colgaban cruces invertidas.  Una mecha  prendida, que flotaba en un pocillo de aceite, se encontraba entre las rodillas de la figura.  Su luz fluctuante proyectaba sombras aterradoras sobre la figura y las cruces.  Al pie de la grada enfrente del altar se encontraba una pila bautismal de mármol blanco sobre  la cual había una figurita negra de arcilla.  Las manos, de tamaño exagerado, sostenían un pocillo sobre la falda.

De repente un semicírculo de pequeñas pirámides, que separaban la congregación del área frente al altar, comenzó a iluminarse con una tenue luz roja.  Al cobrar fuerza, la luz invadió con su color toda la escena. Aparecieron cuatro tambores por detrás del altar, se colocaron de cada lado del mismo y comenzaron a tocar con un ritmo lento e insistente.  Rosa sintió cómo los latidos del corazón se aceleraron.  El ritual había comenzado.

 

El sacramento para el cual se había estado preparando con tanta angustia durante tanto tiempo, empezaba a desarrollarse.  Ahora todo dependía de su garganta.  Sabía lo que iba pasar.  Conocía cada etapa de aquel ritual terrible, aterrador, que culminaría con la consagración del nuevo Sumo Sacerdote.  El ritmo de los tambores, viviente, pulsante, se metió cada vez más profundamente entre las emociones y los tejidos de su cuerpo, despertando su sexualidad de una manera casi insoportable. Muchísimos en la congregación comenzaron a moverse, a gemir y tirarse al suelo sacudidos por los espasmos del orgasmo.

Rosa mantuvo su mente helada  y su cuerpo bajo control con fuerza. Sabía que en el lugar donde estaba sentada su quietud pasaría desapercibida.

De repente el sonido pulsante de los tambores cesó y en el silencio aturdidor  se escuchó el llanto de un bebé. Aparecieron dos  sacerdotes con vestimentas negras, llevando grandes cofias y caminando a paso lento.  Uno se paró frente al altar, elevó los brazos y comenzó a entonar una letanía mágica con una voz profunda y bella.  El otro tenía en alto, por los brazos, a un bebé de sexo masculino que lloraba desconsoladamente.  El sacerdote caminó a lo largo del semicírculo creado por las pirámides de luz roja, mostrando a la gente reunida la criatura para que observara sus proporciones perfectas, sin defectos.

Rosa empezó a sentirse descompuesta.  Controlándose con firmeza, logró que nada interfiera con el latir de su corazón y el ritmo lento de su respiración.

El sacerdote que estaba frente al altar se dio vuelta, el segundo, con el bebé en alto se acercó, hasta que sólo la pila bautismal los separaba. Un acólito tomó el cuerpito, el sacerdote largó los brazos y  tomó las piernas entre sus manos y el bebé quedó colgando  sobre la fuente de mármol blanco donde se encontraba la figura negra de arcilla con las enormes manos sujetando el pocillo sobre la falda.  Un cuchillo destelló en la mano del primer sacerdote y un chorro de sangre brotó de la garganta de la criatura.

Un grito despavorido llenó el recinto, arrancado de las gargantas de la congregación.  Rosa quedó inmóvil, ajena y separada, inmersa en una profunda  meditación.  Después de algunos minutos un acólito tomó el cuerpo ya sin vida del  bebé y lo colocó sobre el altar.

Mientras  la gente gemía los tambores  comenzaron de nuevo. Un hombre joven entró, su cabeza estaba descubierta y vestía una túnica de color verde oscuro que rielaba, reflejando las luces rojas.  Lo seguían dos acólitos, uno con una cofia impresionante, de increíble belleza, el otro con un cetro tan incrustado de piedras preciosas que parecía arder con fuego propio.

A Rosa, el rostro del joven le dio un gran sobresalto.  Era idéntico a la cara que ella había visto reflejada en el estanque horas antes, la suya.

– ¡Pablo! … ¡Kenaku! … ¡Su hermano gemelo!

Por unos segundos Rosa sintió que sus sentidos perdían fuerzas, luego la personalidad diamantina, calma, cuidadosamente entrenada de Anaku tomó cargo de nuevo de ella y quedó una vez más impasible, inmóvil, pero aún más alerta. La luz de la luna llena, que atravesaba un agujero en la roca, iluminó la cara maléfica de la estatua en el altar.

Kenaku, su hermano, se paró entre la pila bautismal y la congregación.  Un sacerdote tomó la  cofia espléndida y se la colocó, luego le entregó el cetro.  Entonces, mientras los tambores  retumbaban quedamente, los dos sacerdotes se postraron frente a él con profunda reverencia.  Rosa reparó en que la luz de la luna comenzaba a bajar al cuerpo de la estatua.  Cuando los sacerdotes se levantaron, le quitaron a Kenaku la cofia y el cetro , devolviéndolos a los acólitos. Luego le sacaron la túnica.  Kenaku, desnudo, se dio vuelta y  se postró frente al gran altar.  El primer sacerdote tomó la figurita que estaba sobre la fuente, llenó el pocillo con un poco de la sangre  del bebé y la volcó sobre la cabeza de Kenaku.

Kenaku se irguió, se giró de vuelta hacia la congragación y estiró los brazos en forma de cruz. Un poquito de sangre fue vertida sobre las manos y los pies, luego  los tambores comenzaron a tocar aquel compás insistente, pulsante, cuyo ritmo se aceleraba constantemente despertando de nuevo las llamaradas sexuales en los presentes.

La luz de la luna caía ahora sobre la cara de Kenaku quien temblaba con emociones catalépticos.  Gotas de sangre manchaban la frente y los hombros.  Mientras la luz de la luna bajaba a su cuerpo rígido, los tambores aumentaban la tensión, los gemidos y gritos llenaban la gran caverna.  El sacerdote tomó más sangre para el  último pavoroso sacramento.

 

Anaku se preparó.  Por mucho tiempo se había entrenado para este momento trascendental.

No podía fallar.

Observando el brillante círculo de luz  que bajaba al abdomen de su hermano, tragó cuidadosamente, relajando los músculos de su garganta y preparándolos.  Kenaku estaba ahora en un estado cataléptico completo.  Su cuerpo tenso y estirado, sufría contracciones nerviosas incontrolables.  Su columna vertebral se curvaba para atrás y los ojos mostraban sólo el blanco.  Su respiración era superficial y una pequeña línea de burbujas apareció entre sus labios.  Dos acólitos se acercaron a él por detrás para sostenerlo una vez que el  ultimo tremendo acto de unción se hubiera cumplido.

El pequeño haz de luz iluminó  el escroto y el sacerdote se acercó.

 

Con un movimiento rápido, como el de una pantera, Anaku se levantó, tirando de lado su manta.  De las profundidades de su garganta expulsó un grito fuerte, agudo, cada nota sutil perfecta, punzante y clara como un diamante.

Kenaku salió de su trance de golpe y cayó en un enredo de brazos y piernas.  De ahora en adelante Anaku supo que iba a permanecer demente.  Incisivo, veloz, saltó hasta donde estaba el sacerdote y le golpeó la mano, forzándolo a soltar la figurita con el pocillo lleno de sangre, pero alguien la agarró antes de que cayera.  Agarró la pila bautismal y con una fuerza sobrehumana la levantó en alto  y la tiró contra la estatua obscena, arrodillada sobre el altar detrás de su tan amado hermano.

La caverna retumbaba con los gritos de la gente, y la última cosa que recordó Rosa, fue un tremendo golpe en la cadera derecha.

 

– ¡Rosa! ¡Rosa! ¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado? ¡Rosa!

Desde muy lejos Rosa oyó la voz ansiosa de Elena y sintió algo que le sacudía el brazo.  Luego sintió que brazos fuertes movían su cuerpo y lo apoyaba cuidadosamente sobre almohadas cómodas.

La voz de Pablo murmuró  – Ya está volviendo en sí, mamá.  Mirá, ahora tiene un poco más color en las mejillas.

Incapaz de abrir los ojos, incapaz de hablar, Rosa exploró su cuerpo con la mente.  Parecía todo normal, viejo, pesado, femenino, como lo había conocido siempre.

Soy yo, Rosa, de nuevo – pensó –  No soy más Anaku.  ¡Qué pena!

Abrió los ojos y vio la expresión consternada de los rostros que la observaban.  Estaba acostada sobre el sofá, después  de unos pocos momentos pudo hablar y sintió que su cuerpo recobraba fuerzas.  Agitada, Elena la cubrió con la manta nueva que acababa de  traer. Pablo le trajo un vasito de coñac.

– ¿Qué pasó? –  preguntó – ¿Me desmayé?

– Oh Rosa – exclamó Elena – nos diste un susto tremendo. Justo cuando fui a dejar entrar a Pablo largaste un grito atroz, te tiraste del sofá y echaste todo lo que estaba en esta mesita al piso.

Alarmada, Rosa dio un vistazo a la mesa.  La figurita de arcilla no estaba.

– ¿Rompí algo? – preguntó.

– La figurita esa de arcilla – dijo Pablo – en mil pedazos.

– Pablo ¿en serio? – Rosa no pudo disculparse pero trató de inyectar un tono de pena en la voz. – Tuve una vivencia horrible, lo más horroroso que  se puedan imaginar.

– Tu grito helaba la sangre, te lo juro – exclamó Elena – ¿Te gustaría una taza de té?

– Sí, Elena, por favor – respondió Rosa arreglando se el cabello con la mano y sonriendo a Pablo. – Fue una manera un poco rara de dar la bienvenida a  un ahijado, pero de todos modos ¡Hola! ¿Cómo estás?

Riendo, aliviado al verla restablecida, Pablo la besó y dijo – Muy bien, un poco cansado nada más.

– ¿Se podrá pegar  la figurita?

– No Rosa, imposible – respondió Pablo mirando el manojo de  pedacitos de arcilla en la mano.

– Me dijo Elena que te han pedido que escribas un libro sobre la magia negra.

– Puede ser.  No sé … tengo muchísimo que hacer.  Antes debo clasificar  todo  lo que traje en este último viaje y escribir un informe detallado sobre todo lo que hice.

Elena lo miró, sorprendida. – Pensaba que estabas totalmente decidido a escribir ese libro – dijo.

– Lo estaba, pero ahora … esta figurita era un fetiche probablemente bastante  poderoso.  Hace años que la tengo y siempre sentía que tenía unas vibraciones muy fuertes.  No sé por qué la puse en la mesita esta mañana antes de salir, es posible que fueras afectada por ella, Rosa, y estoy muy aliviado de que haya sido el fetiche y no vos lo que se rompió.  Creo que debo poner fin a mis estudios acerca de la magia negra y dedicarme a algo un poco más … positivo digamos.

– Bueno, lo único que puedo decir es que esa noticia me alegra mucho, – dijo

Elena – Voy a preparar tu té, Rosa.

– ¿Podés recordar tu vivencia? – Pablo preguntó – ¿O no deseas hablar de eso todavía?

–  Bueno … era … era justamente la consagración de un Sumo Sacerdote en un ritual de Magia Negra. – dijo Rosa incorporándose y sentándose sobre el sofá

– ¿En serio?  ¿Me lo podrías describir un poco?

Por un momento Rosa  dudó en hacerlo, pero entonces en una versión abreviada y omitiendo toda referencia a la identidad del futuro Sumo Sacerdote, describió sus vivencias y su rol en el increíble y horrendo ritual.

Pablo escuchó con la mirada fija, absorbiendo sus palabras y cabeceando de vez en cuando.  – ¡Que vivencia increíble! – exclamó cuando Rosa terminó de hablar. – Es como si realmente hubieras estado presente.

– Pero Pablo, creo que sí lo viví, que era una memoria, algo que ocurrió en otra vida.  Era tan claro, tan nítido,  yo era un joven, y no rengueaba.  En serio, fue como un recuerdo.

– Dale Rosa, ¿no me vas a decir que creés en la reencarnación?

– Para decir la verdad, Pablo, pienso que ahora sí creo. Es la única manera en que lo puedo explicar.  Para mí no era una visión, ni una alucinación, era un  recuerdo quemado para siempre sobre mi … bueno, mi alma se podría decir.

Pablo clavó la vista en los fragmentos de la figurita y permaneció callado, concentrado en el relato que acababa de escuchar.  Rosa también se fijó en los fragmentos, pensando – Se tuvo que romper aquella figura. Era la única manera de poner fin a su fascinación por la magia negra.  Qué extraño. Todos estamos reunidos de nuevo en roles tan diferentes, para que el acto final se cumpliera, y Pablo (mi amado hermano gemelo, Kenaku) pudiera ser  liberado.

– Aquí está tu té Rosa, decidí hacerme uno yo también. – se rió Elena apareciendo con dos tazas humeantes. – ¿Cómo te sentís? – agregó, estudiando a su amiga con una mirada aguda.

Rosa sonrió. – Mucho mejor, de veras Elena.  Gracias, esto es justo lo que necesito.

Pablo se quedó sentado en silencio, agitando los fragmentos en la mano y contemplándolos con expresión pensativa.  Observándolo  Rosa sintió que su relato empezaba a desenterrar el recuerdo de aquella experiencia que él también había vivido en aquellos tiempos remotos y que también estaba impreso en el tejido de su alma.  – ¿Atlantis? – le preguntó.

– Podría ser. ¿Quién sabe?

– ¿De qué están hablando? – inquirió Elena.

– Arqueología mamita querida, – respondió Pablo con una sonrisa. – Creo que voy a tomar un whisky.  Tu relato fue muy fuerte Rosa.

En eso alguien tocó el timbre y Elena fue a abrir la puerta.  Era Sonia, la mujer de Pablo junto con su hijita Diana. Entraron al living  cargadas de varios paquetes y bolsas con compras.

– Rosa – exclamó Sonia besándola – Que alegría verte de nuevo. Vos te acordás de la Tía Rosa ¿no Diana? Vení a saludarla.

Diana se acercó a Rosa y levantó su cara risueña para recibir un beso.

– Mamá me compró un montón de cosas – informó con los ojos centellantes – un vestido, zapatos, un cuaderno para escribir …

-¿Qué pasa con la persiana? – preguntó Sonia – Esta tan oscuro aquí adentro.

– Se trabó – aclaró Elena – Pablo…?

Pablo se levantó, tiró los fragmentos de arcilla en el cesto para papeles, y se fue a la ventana.  Sin el más mínimo esfuerzo la persiana subió y el living se llenó de luz.  Rosa y Pablo se miraron con asombro silencioso. No había sido, entonces, una coincidencia que la persiana se trabara justo en la mañana en que el último nudo de aquel drama milenario se hubiera desatado.

– No me contaste todo, ¿no es cierto, Rosa? –  preguntó Pablo en voz baja al volver a su lado, mientras Elena y Sonia conversaban animadamente.

– No. – asintió Rosa

– Por favor, no dejes de hacerlo.

– Bueno, pero todavía no.

Aún mi cadera – pensó Rosa con tranquilidad – por la cual siempre me he  quejado, es algo que puedo aceptar  ahora.

En ese momento Diana, que había salido del living, volvió corriendo con un muñeco en brazos.  Se lo mostró a Rosa con aire importante. – Me lo regaló una india vieja – anunció.  La cara del muñeco tenía rasgos aguileños, el cabello negro le llegaba hasta los hombros, también llevaba un poncho hermoso de color rojo oscuro con símbolos y flecos negros. Temblando, Rosa lo tomó en sus manos, mientras recordaba el reflejo de su cara en el estanque y los ponchos similares que usaban los hombres y los jóvenes durante el ritual.

– Que regalo hermoso – dijo, saliendo de sus recuerdos con un sobresalto al enfrentarse con la  intensa mirada de Diana, quien se  había apoyado contra sus rodillas. – ¿Cómo lo vas a llamar?

– ‘Guille’ – dijo Sonia, riéndose. – ¡Mirá que nombre eligió!

– No – exclamó Diana – Acabo de cambiarle de nombre.  Lo voy a llamar Anaku.

 

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