La Deuda

Alberto se apoyó contra la pared del edificio y jugó distraídamente con las llaves de su departamento nuevo. Esperaba el camión de la compañía de mudanzas que estaba por llegar con sus muebles. Los pálidos rayos del sol invernal entibiaron el aire escarchado de la mañana y una cierta paz reinaba en la tranquila callejuela. El edificio era de cuatro pisos, había otro edificio de departamentos, pero los demás eran casas o locales de uno o dos pisos. Frente a la entrada había un cantero lleno de helechos y colias, y el fresco perfume del verde oscuro de las plantas hizo que Alberto observara que estaban recién regadas.

 

De pronto una nena pelirroja de alrededor de cinco años salió corriendo del edificio y comenzó a saltar sobre la vereda, sus rizos balanceándose sobre los hombros. Al advertir la presencia de Alberto quien la observaba con una sonrisa, la nena se detuvo y lo miró con una intensidad asombrosa. Se acercó lentamente, una expresión de asombro iluminando su carita ovalada, espolvoreada de pecas. Alberto, un poco confuso por la intensidad de su mirada, se agachó sonriente y preguntó cómo se llamaba.

– Yo me llamo Anita. ¿Cómo te llamas tú? – respondió, sus ojos grandes de color violeta oscuro fijos en los de él.

– Alberto.

– ¿Eres tú quien va a vivir en el departamento vacío, el tercero B?

– Exactamente.

– Yo vivo en el tercero A. Vivo con mi mamá.

– Entonces seremos vecinos.

– Sí… Seremos vecinos.

La sonrisa de la nena fue como el resplandor del sol al aparecer por detrás de una nube. Una mujer menuda, pelirroja, que usaba jeans, salió del edificio y llamó a la nena con tono severo.

– Anita, vamos.

– Esa es mi mamá – aclaró Anita – Me tengo que ir. Tenemos que hacer las compras.

– Chau – dijo Alberto. – Nos vemos.

– Chau.

Anita, saludándolo con la mano, fue corriendo a juntarse con su madre. Alberto quedó mirando las dos cabezas pelirrojas alejándose en dirección da una verdulería cercana. Anita le contaba algo en forma animada a su madre quien se agachaba un poco para escuchar mejor. Cuando llegaron a la verdulería la madre se detuvo y se fijó en Alberto por unos segundos antes de entrar. Alberto sintió una corazonada de presentimiento, algo indefinible y extraño.

 

Era un hombre flaco, delicado, muy tímido y callado. Hasta la muerte de su madre, hacía cuatro meses, había vivido con ella y nunca tuvo el deseo de casarse. El único deporte que practicaba era la natación, y eso por prescripción médica, ya que tenía un problema en la columna. Trabajaba en un Banco y le gustaba leer y escuchar buena música. Si alguna vez contemplaba la razón de su vida tenía la sensación de que estaba esperando, algo, no tenía idea. A veces esto le preocupaba, porque sus hermanos le echaban en cara su falta de ambición, y su vida sin rumbo.

Volvió a contemplar la calle vacía y su nuevo vecindario, iba a ser difícil acostumbrarse a vivir sólo. Su hermano mayor había sugerido que pidiese al Banco el traslado a la sucursal de Rosario, donde vivía él. Así podía unirse a su familia y no quedar sólo. Después de pensarlo bien, Alberto decidió quedarse en Buenos Aires. Alquiló el departamento en el tercer piso B y ahora estaba esperando que llegaran los muebles para instalarse definitivamente. Quizá era esto lo que él había estado esperando tantos años. Crear su propio nido, armar su vida a su manera ¡aunque no sabía en realidad cual era ‘su manera’!

El camión de la mudanza apareció en la esquina y se acercó lentamente.. Alberto hizo una seña con la mano y mientras el conductor estacionaba el vehículo, entró a llamar el ascensor. En poco tiempo los muebles, cajas y canastos fueron colocados en el departamento de tres ambientes. Como Alberto ya les había avisado que no podía mover nada pesado, los peones hicieron lo posible por colocar los muebles y bultos más pesadas en su lugar par que él no tuviera problemas. Cuando se fueron, Alberto echó una mirada desconsolada a la pila de cajas y canastos llenos de libros y artículos varios. Con un gran suspiro enchufó la heladera, el calefactor eléctrico y la radio y se puso a ordenar.

Estaba desempaquetando una valija en el dormitorio cuando escuchó unos golpecitos en la puerta.

– Anita – pensó con un destello de alegría. – Debe ser ella.

Anita, una gran sonrisa iluminando su carita y una botella de gaseosa aferrada a su cuerpito con las dos manos, lo miró con ojos chispeantes.

– Hola, te traje una gaseosa, vimos que habían llegado tus muebles, estarás muy cansado, ¿no?

– Gracias Anita, pasá querida, ¿querés ver my depto.? Todavía está muy desordenada, pero de a poco va tomando forma.

Anita entró al living y lo recorrió con los ojos observando cada detalle.

– Está quedando lindo ¿no? – opinó, afirmando sus palabras con un movimiento de la cabeza.

– Si, pero falta todavía – asintió Alberto. – Cuando coloque las cortinas va a estar más acogedor.

– Te puedo ayudar? ¿Qué estabas haciendo?

– Estaba ordenando el dormitorio.

– ¿Puedo ver?

– Por supuesto. Pasá nomás.

Anita se sentó sobre la cama y comenzó a doblar las medias y los pañuelos, mientras Alberto siguió ordenado su ropa en el placar.

– ¿De dónde vienen? – le preguntó, porque era obvio por su manera de hablar que no era argentina.

– De Venezuela

– Ah ¿así que eres Venezolana?

– Sí, pues.

– Y ¿te gusta Buenos Aires?

– Me encanta.

– ¿Cuántos años tenés? Alberto preguntó con una sonrisa.

– Cinco. ¿Y tú?

– ¿Yo? Treinta y cinco. Treinta años más que vos.

– Y mi mamá tiene veinticinco, veinte años más que yo y diez menos que tú. Mi papá trabaja en un barco. Es oficial.

– Qué bien.

-¿Y tú? Dónde trabajas?

– En un Banco. ¿Sabés lo que es un Banco?

– Sí. Es donde la gente guarda su dinero.

– Sabe tu mamá que estás aquí?

– Sí. Compramos la gaseosa especialmente para ti.

Alberto cerró la valija y la colocó en el piso.

– Qué te parece si vamos al living y tomamos un poco ¿eh?

– Sí, vamos.

Anita bajó de la cama con un salto y se fue al living brincando.

Alberto llenó dos vasos con la gaseosa y le dio uno a la nena.

– Hagamos un brindis – exclamó levantando su vaso. – Brindemos por mi nuevo hogar.

– Sí, por tu nuevo hogar.

Chocaron vasos y tomaron unos tragos.

– Yo te voy a llamar Severino. – anunció Anita mirando a Alberto con una expresión muy seria.

Alberto tuvo un pequeño sobresalto. – Severino – dijo – ¿Por qué?

Anita terminó la gaseosa.

– Es un nombre mucho más lindo, pues ¿no te parece? – respondió riéndose. Bajó del sofá y colocó su vaso sobre una mesita. – Ahora voy volver a casa. – declaró.

– De acuerdo. Muchas gracias por tu visita y tu ayuda.

– De nada. – Muy seria de repente, Anita le dirigió una mirada profunda e intensa – En realidad soy yo la que debo decir gracias – dijo.

Desconcertado, Alberto la acompañó a la puerta y la abrió. – Chau Anita. Nos vemos – dijo.

– Adiós Severino. – contestó la nena, y se fue brincando hasta la puerta Tº. A

 

Intrigado por las palabras de Anita, Alberto volvió a sus tareas. Luego salió a comer y durante la tarde colgó las cortinas y algunos cuadros. El departamento ya tenía un aire de hogar y sintió una ola de satisfacción y orgullo. Decidió invitar a Anita y a su madre a cenar el día siguiente.

Su osadía por atreverse a pensar en invitar a alguien que no conocía no le pareció extraña, pero sus hermanos habrían estado atónitos si se hubieran enterado de sus planes. Cruzó el rellano y tocó el timbre del departamento Tº A.

La madre de Anita abrió la puerta. Con una sonrisa recatada, Alberto transmitió su invitación. La mujer levantó las manos con una pequeña mueca.

– Señor Alberto, lamento muchísimo, pero estamos invitadas a pasar el día mañana con unos amigos y volveremos demasiado tarde – se disculpó.

– Está bien señora, no se preocupe – respondió Alberto – Fui un poco osado al venir con una invitación a esta hora. En otro momento quizás.

La mujer asintió con la cabeza, sonriendo amablemente.

– Encantada – respondió.

Parado en la cocina Alberto quedó reflexionando sobre todo lo que había ocurrido durante el día. Instalarse en su nuevo departamento, trabar una amistad con una nena de cinco años, invitar a ella y a su madre a cenar. Para él era tan novedoso, tan completamente fuera de su vida normal que apenas se conocía a sí mismo. Además, que la madre le hubiera permitido a la nena ir sola a visitarlo le parecía insólito. Un hombre totalmente desconocido, ¿qué tipo de madre era? Con un suspiro se frotó la cara con las manos y decidió tomar una ducha.

Sólo un hilo de agua caliente salió de la ducha, y de la canilla, nada. Tampoco funcionaba bien el agua fría. Muy enojado y frustrado, Alberto buscó su caja de herramientas y comenzó a investigar la razón del percance. Una hora y media más tarde, sudado, mojado y cansado, ajustó la última tuerca y probó las canillas por última vez. El agua salió abundante y caliente, el problema se había solucionado pero el baño parecía un campo de batalla. Herramientas, toallas, trapos, estopa y papel higiénico flotaban desconsolados en varios centímetros de agua ya que la rejilla se había tapado.

Ya eran las once de la noche, no había cenado, le dolía la espalda y tenía la convicción de que nunca más iba a ver a Anita y esto le molestaba mucho. Agarró su campera y salió a la calle en busca de un lugar para comer. Cuando volvió al departamento puso orden en el baño y en la cocina, guardó sus herramientas y decidió ducharse antes de meterse en la cama.

El agua caliente chapoteaba sobre sus hombros y la espalda, aliviando su fatiga y el dolor que lo invadían.

– ‘Severino’– pensó -¿Por qué habrá querido llamarme Severino? Que nombre más raro. Esa criatura es rara no es como la mayoría de las nenas, aunque no puedo decir que conozco muchas, pero de todos modos es muy singular.

Cerró la canilla y, justo al salir de la bañadera resbaló y perdió el equilibrio. Trató de aferrarse a algo para sostenerse pero sus esfuerzos desesperados solo encontraron los azulejos lisos y cayó fuera de la bañadera golpeándose la cabeza con tanta fuerza que perdió el conocimiento. Cuando, lentamente, volvió en sí, su cuerpo le dolía tanto que le costaba respirar. Trató de levantarse pero el dolor tan fuerte que sentía parecía una caricia en comparación al que le provocó el esfuerzo de levantarse. Gimiendo, se quedó quieto hasta que el malestar fue calmándose lentamente, pero era obvio que se había torcido la columna de algún modo y que cualquier movimiento le iba a causar dolores insoportables.

El frío empezó a acosarlo. Desnudo y húmedo, tirado sobre las baldosas Alberto se estremecía de frío. Trató de concentrarse, de ubicar la toalla con la vaga idea de taparse, pero una nueva ola de dolor le hizo darse cuenta de la situación desesperante en que se encontraba.

Era alrededor de la una de la mañana. Fuerza para gritar no tenía, apenas pudo emitir un quejido. El día siguiente era Domingo, faltaban horas para que llegase el lunes. Si no aparecía el lunes sus compañeros de trabajo, sabiendo que se mudaba, no se preocuparían mucho. Sólo recién el martes empezarían a preocuparse por su ausencia, pero ninguno de ellos tenía el número de su celular ni su nueva dirección. Tampoco contaba con amigos íntimos, ya que era una persona tan solitaria y sólo sus hermanos tenían la dirección del departamento

Había momentos en los que todo se hacía brumoso y parecía como si durmiera. Aunque al no moverse el dolor agudo se apaciguaba, el frío era casi insoportable. Ya no sentía más los pies ni las pantorrillas y el frío parecía penetrarle hasta los huesos.

– Cuando llegue a mi corazón, moriré – pensó, y la probabilidad de estar al borde de la muerte estalló en su alma. Comenzó a llorar desesperadamente. Las lágrimas quemaron sus párpados y los sollozos despertaron nuevamente los dolores agudos.

Al pasar el tiempo, los momentos de lucidez se juntaron más con los momentos en que parecía dejar su cuerpo torcido y dolorido, para transitar por lugares extraños. En un esfuerzo por combatir el frío el cuerpo aumentó su temperatura y Alberto sintió, entre los escalofríos, momentos de calor. Recuerdos de su niñez junto a sus padres y hermanos flotaban de una manera desconectada en su memoria. A veces sentía que estaba en la casa grande de Flores, otras, que estaba caminando por calles anchas llenas de una luz que encandilaba.

Los minutos se convirtieron en horas. Alberto comenzó a hundirse más y más en un sentimiento de ancha resignación. Ya no lloraba. Tenía sed y pensó en la muerte lenta que le esperaba. Estaba convencido de que no lo encontrarían con vida. ¿Era acaso esto lo que había estado esperando inconscientemente hace tantos años? ¿Una muerte lenta, en la más total soledad?

No había hecho nada en su vida en realidad, sólo había esperado. ¿Esperado qué? ¿Qué alguien o algo apareciera y lo condujera a una puerta, e indicara que ‘pasando por aquella puerta encontraría su camino, la razón de su vida’? No lo podía negar, había esperado pasivamente sin hacer ningún esfuerzo, permitiendo que los días fluyeran, llevándolo, envuelto en su existencia cómoda sin rumbo, de aquí para allá como una hoja de papel que ni siquiera tenía algo escrito encima.

Pensó en Dios y en todo aquello que en su juventud le habían enseñado en las clases de religión. Siempre le había parecido una farsa, un gran edificio magníficamente adornado pero vacío por dentro. Sólo veía en su derredor el sufrimiento, las injusticias, las vidas apagadas sin razón, a causa de un accidente de tránsito, un fanático, un terremoto o simplemente una pequeña infección. No veía “el semblante de Cristo en cada ser humano” ni la presencia de Dios en la naturaleza, donde la lucha por la vida parecía una continua guerra sin tregua. No quiso rezar. Si nunca había creído en Dios, ¿cómo iba a rezar ahora, como un cobarde, buscando cualquier escapatoria? Mejor morir fiel hasta el final a sus creencias. Si existía algún Dios o seres espirituales superiores, ellos sabrían juzgarlo con justicia.

El rostro de Anita apareció como flotando entre sus recuerdos. – Anita, pequeña pelirroja – pensó – en verdad no te veré más. Nunca más. Severino. ¿Por qué me querías bautizar con aquel nombre? ¿Por qué me agradeciste? Adiós Anita. Te amo. Si hay un Dios, que te proteja siempre. Que encuentres tu camino… que seas feliz… siempre feliz…

Con un suspiro dejó de luchar y quedó inconsciente. Su cuerpo dolorido, sacudido por temblores se relajó. La aguja del reloj que marcaba los segundos, siguió el medido e implacable trayecto mientras que su corazón luchaba contra la fiebre que aumentaba cada vez más, consumiendo sus fuerzas. En la pantalla de su nebulosa consciencia tenía la sensación de estar envuelto de luces, música y perfumes delicados. Su madre, recuperada y radiante, apareció momentáneamente y le sonrió. Su alma se llenó de paz, sintió que se expandía y que estaba bañado en amor.

Paz.

Tranquilo sosiego.

Manos suaves y voces bajas, hielo entre sus labios hinchados y resecos por la fiebre, líquido sobre su lengua abrasada. Luces suaves, rostros graves, ojos llenos de ansiedad. Vida.

Alberto se dio cuenta lentamente de que estaba en una cama. Sábanas frescas acariciaron su cuerpo. Frazadas livianas le proporcionaban abrigo. Médicos y enfermeras rodeaban la cama, cada uno ocupado con distintas tareas. Parecía que estaba conectado con el mundo y a la vida por una gran cantidad de tubos finos por los cuales unos fluidos nutrían su cuerpo.

– Así que no se había muerto. ¿Cómo?

El daño que le había causado la caída necesitó una operación urgente, y fue llevado al quirófano en cuanto su temperatura se normalizó. Una vez operado y nuevamente en su cama inmovilizado por un gran corsé de yeso, Alberto preguntó cómo había llegado, y le dijeron que los bomberos lo habían traído. Nada más. Su hermano, cuando llegó, solo supo que unos vecinos habían llamado a los bomberos. ¿Vecinos? ¿Anita y su madre? Otras familias en el edificio no lo conocían. ¿Quién entonces había llamado a los bomberos?

Una tarde, cuando Alberto ya había salido de terapia intensiva, la puerta de su habitación en la clínica se abrió cautelosamente y la madre de Anita entró con una expresión interrogativa.

– Señor Alberto ¿cómo está usted? Yo soy Norma, la madre de Anita Martínez del tercero A.

– La reconozco señora, pase por favor.

La mujer se acercó a la cama y lo miró con una pequeña sonrisa. – Anita le manda un abrazo. Querría venir pero no permiten que las criaturas entren a las habitaciones. ¿Cómo se siente ahora?

– Mejor gracias. Me tuvieron que operar de la columna pero me han dicho que después de esto estaré mejor que antes. Siempre tuve problemas con la columna. ¿Cómo está Anita? ¿Fueron ustedes quienes avisaron a los bomberos?

– Sí.

– Pero… cómo…?

– Es muy difícil explicar y no sé si usted lo va a poder entender muy bien, pero de todos modos trataré, porque Anita me lo ha encomendado.

– Por favor. Pero siéntese, póngase cómoda.

La señora Martínez acercó una silla, se sentó y descansó la mirada sobre las manos por unos minutos. Entonces levantó la vista y dijo:

– Anita es una personita muy especial, muy adelantada para su edad, y muy perceptiva, mejor dicho, se puede decir… clarividente. Puede discernir en un instante la salud, el estado de ánimo, ó las energías de las personas que la rodean. Cómo realmente son, la esencia de sus almas. Nadie la puede engañar. En realidad esto hace su vida muy difícil, hago lo posible por protegerla y nunca hablo de sus habilidades con nadie, pero Anita me dijo que se lo tenía que decir.

Alberto hizo una pequeña señal afirmativa con la cabeza. Su corazón comenzó a latir con fuerza y tuvo dificultad en respirar. Las palabras de la señora Martínez resonaban en su mente, parecían insólitas pero sentía que eran verdaderas.

– ¿Usted sabe algo acerca de la reencarnación, señor?

– Algo, pero nunca le di mucho crédito.

– Anita me dijo que en una vida anterior, hace mucho tiempo, usted fue su paje y se llamaba Severino. Ella, en aquel entonces, era el hijo mayor de una persona muy importante, de mucha jerarquía. Usted, como paje, debía acompañarla día y noche. En una oportunidad unos enemigos del padre trataron de matarla pero usted le salvó la vida aunque quedó inválido por las heridas que recibió y no pudo seguir siendo su paje y protector. Debido a este acontecimiento la relación entre ustedes quedó trunca, ella pudo cumplir con su destino, pero sin usted a su lado. Usted la quería mucho y la separación hizo que usted perdiera interés en la vida y al poco tiempo murió.

Cuando ella le vio en la calle por primera vez, supo en seguida que había un vínculo muy fuerte entre ustedes, y que tenía una deuda para con Usted. Por eso compramos una gaseosa, y la dejé ir a ayudarle a ordenar sus cosas.

Aquella noche, alrededor de las cuatro de la madrugada, me despertó llorando y me dijo que usted había sufrido un accidente, que estaba muy mal y que tenía que llamar a un médico. Como se puede imaginar, yo no sabía qué hacer. No conozco a nadie en Buenos Aires, vine a ver a una persona con relación a los poderes de Anita, ¿y quién me iba a creer? Sin embargo Anita insistió tanto que finalmente llamé a los bomberos. Me decía que usted se había resbalado y que al caer se había dañado mucho la columna, que estaba con muchísimo dolor y que debido al frío habían comenzado complicaciones en los pulmones. ¡Tal cual!

Inventé algo, que usted me había llamado por el celular, ahora no me acuerdo, pero los pude convencer de la urgencia. Vinieron, lograron abrir la puerta y cuando vieron que todo era como yo, o mejor dicho, como Anita, había informado, reaccionaron maravillosamente.

Alberto se cubrió la cara con las manos, repasando mentalmente todo la que la señora Martínez le había relatado, mientras que ella se mantuvo callada, mirando de nuevo sus manos cruzadas. Destinos entrelazados; extrañas casualidades que quizá no eran casuales; caminos que se cruzaban unas y otras veces; enfermedades; accidentes… ¿Podría ser que al fin y al cabo la reencarnación no fuera una enseñanza oriental sin fundamento alguno, sino una realidad concreta?

Levantando la vista Alberto dijo – Deseo tanto ver a Anita aunque sea solamente desde la puerta.

– Mañana volvemos a Venezuela.

– ¿Se van? ¡No puede ser! Me salvó la vida, necesito verla. Por Dios, por favor…

– Me dijo algo más…

– ¿Qué?

– Que le dijera que la deuda que ella tenía con usted está ahora salvada. Que el lazo que los unía ya se disolvió. Que ahora estará usted libre para encontrar su camino y cumplir con su destino, hacer lo que tiene que hacer.

– ¿Y qué es lo que tengo que hacer?

– No me lo dijo señor Alberto. Creo que cada uno de nosotros debe buscar eso por su propia cuenta. Seguro que no tardará en saber.

Una enfermera se asomó a la puerta para avisar que la hora de visitas se había acabado. La señora Martínez se levantó, tomó de la mano a Alberto y por unos largos minutos se miraron, profundamente emocionados.

– Adiós señora, gracias por todo y un beso para Anita. Buen viaje.

– Gracias. Adiós Alberto, que se mejore muy pronto.

 

Con un pequeño gesto de la mano la señora Martínez se retiró del cuarto y Alberto se quedó solo, tan solo como siempre, pero ahora sabía por lo menos, que el tiempo de espera se había acabado.

4 thoughts on “La Deuda

  1. Hola Shirley, muy lindo el cuento! me pregunto si ocurrirán cosas así de verdad, o por ahí ocurren en forma más sutil, y uno no se da cuenta… Besos Renate

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