Dudar o Creer (Tercera parte)

En los árboles de la calle los gorriones llenaban la mañana con su acostumbrado trinar, el tráfico comenzaba a rodar, los negocios a abrir sus puertas. Mujeres con ruleros y ojotas lavaban las veredas. El día había llegado.

Diego, consciente de que su aspecto causaba no poca extrañeza, se metió en la farmacia de la esquina y desde la ventana grande que daba a la calle pudo observar la entrada del edificio de departamentos donde vivía. Le llamó la atención un joven en cuclillas que arreglaba la puerta de su coche, le pareció el mismo que había tratado de matarlo horas antes. El coche estaba estacionado a pocos metros de la entrada del edificio.

“Sr. Merelo. ¿Qué le ha sucedido?”

La voz angustiada de la joven ayudante del farmacéutico lo sobresaltó y se dio cuenta en donde estaba y de lo débil que se sentía.

“Ah, Perla,” dijo en voz baja. “Haceme un favor, llamá a casa a ver si conseguís con mi mujer. Me olvidé el celular.”

Le dictó el número y con las piernas temblorosas se sentó en una silla. Perla fue a la oficina con prisa, para volver en seguida.

“Parece que el teléfono no funciona Sr. Merelo,” le informó. “¿Quiere que me haga una escapadita para ver si está?”

“No, Perla, necesito hablar con Don Fabricio con urgencia. ¿Ya llegó?”

“Sí, pase señor. Creo que hay que atender su brazo enseguida, parece que ha perdido mucha sangre.”

Diego la siguió al despacho del farmacéutico Don Fabricio, quien lo recibió alarmado.

“¡Sr. Merelo! Siéntese. Perla, un poco de agua en una palangana, vendas alcohol. ¡Rápido!”

Perla salió corriendo a cumplir con las órdenes y Diego aprovechó para decir rápidamente. “Fue un balazo, Don Fabricio. Descubrí donde está secuestrado el Sr. Villegas pero la gente que estaba en la casa se dio cuenta. Creo que el que trató de matarme está en un coche en frente del edificio mío esperándome. Hay que llamar a la policía. Que vengan ya.”

Don Fabricio lo contempló en silencio, analizando sus palabras y determinando la mejor forma de actuar mientras cortaba la manga de la campera y descubría la herida que seguía sangrando. Cuando Perla volvió, le indicó lo que debía hacer y llamó a la policía. En pocas palabras la puso al tanto de lo que pasaba y pidió auxilio. Pocos minutos después llamaron de la policía para confirmar su llamada, y aseguraron que ya salían para allí.

Llegó un coche con la sirena a todo volumen. Perla, observando desde la ventana dijo con una voz casi sin aliento, “El joven del coche se fue corriendo, justo cuando llegaba la policía.”

Un oficial entró a la farmacia.

“¿El Sr. Diego Merelo?”

“Aquí estoy.” Diego se acercó. Una venda blanca envolvía todo el hombro y tenía el brazo en un cabestrillo. Mareado, se apoyó en una silla. “Me siento ahogado.”

“Salgamos a la calle.”

Diego lo acompañó, su preocupación por Adela llegaba a un estado de desesperación, pero el oficial procedía de acuerdo a las normas establecidas. En la calle se acercó un cabo.

“Señor oficial, el coche con chapa WRT 527 tiene un radio-teléfono y dos cajas de balas en la guantera.”

El oficial pidió otro patrullero, que llegó a los pocos minutos

Una vieja mujer, muy gorda y con bastón, salió del edificio donde vivía Diego y fue detenida en seguida por un joven policía. “¿Qué pasa?” preguntó con tono quejoso. “Estoy apurada.”

“Su documento por favor.”

“¿EH?”

“SU DOCUMENTO señora.”

La mujer sacó el documento de su cartera y, fastidiada, lo entregó al joven policía. Diego no conocía a la mujer ni sabía en qué piso vivía, pero la había visto un par de veces. El oficial continuó con las preguntas.

“¿Usted hizo llamar recién a la policía denunciando un atraco?”

“Un joven me persiguió en el barrio California, junto con otro en una moto y me baleó. Señor, mi mujer…”

“¿A qué hora sucedió eso?”

“¡Qué sé yo! Alrededor de la seis, seis y pico. Señor, mi…”

“¿Por qué calle anduvo Usted en el barrio California?”

“Por la calle Fuentes número 745. ¿Mandaron gente allí también?”

“Si señor, ¿y una mujer le habló?”

Diego levantó las manos en un gesto desesperado justo en el momento en que la vieja pasaba a su lado rengueando. Con un movimiento brusco movió la cabeza como para eludir un golpe. Diego sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Miró a la mujer con detenimiento. Era gorda con pelo blanco desordenado, llevaba un vestido muy suelto, una bufanda y usaba anteojos negros. Tenía la boca pintada pero había algo… algo… “¡Es Pianini! ¡Pianini disfrazado de mujer!” las palabras estallaron en su cabeza. El oficial también había advertido la reacción de la mujer y la miró, sorprendido. Ella seguía caminando lentamente.

“Comisario,” exclamó Diego. “Aquella mujer es un hombre disfrazado.”

El oficial reaccionó rápidamente, porque había una duda razonable. “Detengan a esa señora y llévenla a la comisaría,” ladró. “Que la revisen, puede ser un hombre disfrazado.”

Diego no pudo detenerse más. “Tengo que encontrar a mi mujer,” declaró. “No contestó el teléfono. Temo que le haya pasado algo. Tengo que asegurarme de que esté bien.”

Acompañado por dos agentes se dirigió al edificio y subió al ascensor temblando de angustia y debilidad. Con dedos torpes puso la llave en la cerradura y abrió la puerta con fuerza. Por diez segundos quedó paralizado al ver el cuerpo de Adela tirado sobre la alfombra del living, bañado en sangre, luego se arrojó sobre ella con un grito ronco.

Como en un sueño escuchó voces, pasos, el ruido de muebles movidos. Sintió manos que trataban de separarlo de Adela, lo que hizo abrazarla aún más fuerte, y después, el pinchazo de una inyección y la sensación de estar cayendo, flotando y luego… la inconsciencia.

Cuando volvió en sí se encontró acostado en un cuarto que no conocía. Al acordarse de Adela un fuerte dolor le oprimió el pecho hasta sofocarlo. Empezó a toser y una enfermera se acercó y quiso darle agua, pero Diego la rechazó. Confuso, sintió que si rehusaba líquidos y comida, pronto moriría él también y estaría junto con Adela. De repente oyó voces bajas y pasos. Entonces escuchó una voz que se dirigía a él.

“Sr. Merelo. Preste atención por favor. Su mujer Adela vive aún. Fue gravemente herida y estamos por operarla para sacarle una bala, pero le aseguro que el resultado será satisfactorio.”

Las palabras se fueron penetrando de a poco en su mente hasta comprender. Abrió los ojos y clavó la mirada en el rostro del médico a su lado.

“Adela,” susurró. “¿Cómo? Si la vi… ¿Es verdad? ¿Está usted seguro? ¿Dónde está? ¡Tengo que ir con ella!”

Con un gran esfuerzo se sentó. “¿Dónde estoy?” preguntó.

“En la clínica Santa Isabel. Lamento que no pueda ir a ver a su mujer por un rato todavía. La están preparando para la operación en este momento. Tranquilícese señor. Su mujer va a salir bien, se lo aseguro.”

Diego se frotó la cara con la mano libre y trató de asimilar estas noticias y calmarse. Se dio cuenta de que había varias personas alrededor de la cama, policías en uniforme y otros señores. Reconoció al oficial.

El médico siguió: “Señor Merelo, ¿puede usted aclarar algo? Usted avisó a la policía que el Sr. Villegas estaba preso en la casa de la calle Fuentes 745. ¿No es así? Es muy importante que lo recuerde y lo confirme.”

Confundido, Diego sacudió la cabeza, tratando de ordenar sus pensamientos.

“Fuentes 745… sí, exacto.”

“¿Nos podría informar cómo sabe usted esto?” preguntó el oficial.

Diego levantó la vista y miró al círculo de caras graves y atentas que lo miraban con expresión interrogante.

“¿Por qué?” preguntó tras un corto silencio.

“Cuando llegó la policía no había nadie. La casa estaba vacía.”

“La vieja renga esa ¿Era un hombre?”

“Sí señor, está detenido.”

“Él sabe donde está Villegas. Pregúntele a él”

“Esto puede durar un tiempo y si usted nos ayuda con más detalles sería provechoso. Tememos por la vida del Sr. Villegas.”

“En el sótano. Está en un sótano.”

“Doctor, ¿Considera usted que el Sr. Merelo se ha recuperado lo suficiente como para acompañarnos?”

“¡Ni pienso moverme de aquí! ¿No escucharon? A mi mujer la operan en cualquier momento ¿y quieren que me vaya? De ninguna manera. Busquen a Villegas ustedes.”

“Sr. Merelo.” La voz del médico fue suave. “Falta por lo menos una hora para que operen a su mujer. Creo que no le va a llevar a usted más de unos minutos indicar el lugar exacto estando allá, así que tiene tiempo de sobra. Quedándose acá no va a ayudar a su esposa en absoluto, ni apurar las cosas, pero el mismo tiempo puede ser vital para el Sr. Villegas. ¿Me comprende?”

Diego lo miró con ojos sombríos y acongojados. De nuevo sentía una cierta sensación de peligro y también sintió que era imprescindible que fuera. Alzó los hombros con gesto de resignación y bajó de la camilla en la que estaba sentado.

“Bueno, vamos,” gruñó.

Esta vez el viaje en un chevrolet duró poco tiempo y pronto se encontraron con los baches de la calle Fuentes. Allí estaban los paraísos, el portón y la placa, con el número de la calle, colgando de un clavo, el jardín abandonado, la casa misma. Sólo que ahora varios agentes más un creciente grupo de vecinos rodeaban todo el lugar.

Se acercó un oficial, saludó y dijo, “La casa está vacía y el sótano también.”

Diego contuvo la respiración. ¿No estaba más? ¿Lo habían llevado? ¿Pero adonde, y cómo? El barrio ya estaba enterado de que había gente en la casa, por lo visto la moto tampoco estaba. Una mujer y dos jóvenes. Pero el que estuvo con el coche frente al departamento seguro que no había vuelto.

Trastornado, Diego siguió al oficial hacia la casa. Recorrieron las cuatro habitaciones, vacías a excepción de algunos muebles viejos, en la cocina el placar desarmado y la entrada al sótano a la vista dejaban en claro que Villegas no estaba. Que la casa había sido recientemente habitada también era indiscutible.

Diego alzó los hombros y dijo, “Esta es la casa, de eso estoy seguro.” El oficial lo miró con sorpresa. Dos personas baleadas, un hombre disfrazado de mujer, ni rastro del Señor Villegas, y sin embargo el testigo no tenía dudas ¿Y cómo era que conocía tanto del asunto? Los vecinos, interrogados, solamente concordaron en que dos jóvenes con una moto y una mujer habían aparecido hacía dos días, que habían ocupado la casa y que los jóvenes habían estado yendo y viniendo en la moto durante la mañana. ¿Y la mujer? ¿Dónde estaba?

Con un suspiro Diego se sentó en una silla y apoyó la frente sobre la mano sana. No era posible estar equivocado. Los vecinos no habían visto ningún coche acercarse, sólo la moto que iba y venía durante el tiempo desde que la mujer le había dicho que no vivía ningún jardinero en la casa y la llegada de la policía. Villegas estaba en algún lado en este mismo predio. Si la mujer y el otro joven se habían fugado en la moto (si se disfrazaban de mujer también podían disfrazarse de hombre), Villegas todavía estaba allí.

Levantando la vista contempló el grupo de policía que lo estaban observando en silencio y dijo. “Ustedes creen que yo soy uno de ellos. Por eso conozco tantos detalles. Que me balearon a mí y a mi mujer porque decidimos ‘cantar’. No es así señores. Ayer tuve como un presentimiento, pero vivido, en que ‘vi’ esta casa y el número de la calle. Cuando me enteré que el Sr. Villegas había sido secuestrado tuve la certeza de que mi vivencia tenía que ver con eso. Entonces esta mañana vine a investigar y me balearon. Alberto Pianini, el que estaba disfrazado de mujer es el cabecilla, de eso estoy convencido. Por qué no sé. Soy sólo un instrumento.”

Poniéndose de pié agregó. “Villegas esta acá en algún lugar, debemos buscarlo cuanto antes.”

Todos, que parecían haber estado clavados al piso, se apresuraron a salir de la cocina. Diego salió también y comenzó a caminar alrededor de la casa. Todo era yuyos altos, árboles y arbustos enormes. Contra una de las paredes de la casa junto con unas tablas y pedazos de madera había dos armazones de cama, entrelazados con yuyos. Al pasar por su lado Diego vio una lata vacía de tomates tirado en el pasto. Sintió como una ráfaga helada que le sacudía el cuerpo y quedó inmóvil mirándola y recordando la imagen de una lata de tomates en su visión. Se dio vuelta y contempló los armazones de cama, y con un jadeo comenzó a apartarlos. En seguida vinieron a su ayuda y en pocos minutos se divisó un ataúd de madera metido en una zanja.

“Aquí está,” susurró, y alejándose, vomitó.

Con sumo cuidado el ataúd fue levantado, llevado hasta la cocina y apoyado sobre la mesa. Con manos que temblaban el oficial levantó la tapa.

Adentro, con las manos atadas y un bollo de trapos en la boca, estaba el Secretario de Agricultura. Con un sordo quejido, movió la cabeza unos centímetros. Un horrorizado gemido brotó de las gargantas de los presentes, y como un relámpago la noticia llegó al numeroso gentío parado en la calle. Un grito de alivio llenó el aire.

Diego se apoyó contra la pared de la cocina, sentía un cansancio insoportable, que sus piernas se doblaban, que había llegado al punto final de sus fuerzas. Que seres humanos fuesen capaces de hacer algo semejante con sangre fría apenas lo podía creer. Pensó en Auschuitz, los hornos y cómo fueron tratados los judíos y cerró los ojos acongojado.

Con sumo cuidado el oficial desató las manos y sacó el bollo de trapos de la boca del Secretario de Agricultura. Lo ayudaron sentarse para luego salir del ataúd y bajar de la mesa. Agradeció susurrando, se desplomó en una silla y quedó sentado, apoyada la cabeza en las manos.

Después de un rato lo asistieron para poder caminar hasta un coche. Diego subió a otro. Los policías se distribuyeron en los demás coches y partieron lentamente acompañados por las felicitaciones y gritos de la gente parada en la calle.

“Chau señor, Chau.” Unas voces agudas e infantiles captaron la atención de Diego. Miró por la ventanilla del coche y vio sus amiguitos Coco y Negro haciéndole frenéticas señas con los brazos. Los saludó con una sonrisa. ¡Había pasado tanto en las pocas horas desde que se habían despedido frente al bar! Parecía un siglo.

Cuando volvió a la clínica Adela estaba en la sala de operaciones, pero pasaron casi dos horas más antes de que el cirujano apareciera con la buena noticia de que la operación había sido un éxito y de que Adela estaba fuera de peligro.

“¿La puedo ver?” suplicó Diego, y lo dejaron entrar a la sala de Terapia Intensiva por unos minutos para que viera con sus propios ojos que Adela estaba respirando y viva, aunque inconsciente.

“¿Cuándo volverá en sí?” preguntó.

“Calculamos en un par de horas. Le avisaremos en seguida. Dadas las circunstancias creo que le ayudará mucho saber que usted está bien.” El médico le dio una amistosa palmadita y se retiró. Diego con lágrimas en los ojos se quedó parado largo tiempo pensando en todo lo ocurrido.

Luego, acompañado por un agente, se fue a casa, se duchó, se afeitó y se cambió la ropa. En el bar donde había dejado la bicicleta fue a comer algo y saldar la cuenta. El policía que lo acompañó le preguntó de repente:

“¿Cómo puede usted explicar todo lo que nos contó esta mañana Sr. Merelo. Yo creo en cosas extraordinarias, y le creo a Usted, aunque por ahora haya quienes todavía piensan que Usted pertenece al grupo que secuestró al Sr. Villegas. Mi abuela era curandera.”

“No viejo. No tengo la menor idea. Me interesan mucho los temas esotéricos y la Antroposofía. Pero por qué tuve esas vivencias, no lo sé. Comprendo a sus superiores: inventar percepciones extra-sensoriales parece una excusa bastante rebuscada para explicar cómo yo sabía tantos detalles. Por el momento lo importante es que el Sr. Villegas está salvo, mi mujer también y que el reo Pianini está preso.”

En cinco días a Adela la permitieron volver a casa. Diego había comprado una alfombra nueva y llenado el departamento con flores. Adela entró con cautela, el recuerdo de la visita de Pianini era todavía demasiado fresco y su corazón latía con fuerza. Miró a su alrededor contemplando la nueva alfombra y las flores con asombro.

“Diego, ¡la alfombra! compraste otra,” exclamó. ”Y los flores, que linda sorpresa. Gracias mi amor, me encanta todo.”

“No, pero falta,” le contestó Diego. “Vení.”

La llevó al balcón donde se encontraban más plantas florecidas y dos reposeras, el sueño de Adela desde hacía un tiempo. Sin poder hablar, Adela lo abrazó. Sentía tanta culpa por haber informado a Pianini acerca de todo lo que Diego le había contado que se le hacía un nudo en la garganta.

“Sentate querida,” murmuró Diego. “Voy a buscar algo para tomar y vamos a sentarnos acá mientras te cuento todo lo acontecido desde tu operación.”

Sonriendo, Adela hizo una seña afirmativa con la cabeza y se acomodó en una reposera mientras trataba de tranquilizar la mezcla de alegría y ganas de llorar que llenaba su corazón.

“Contame,” dijo cuando Diego volvió. Él se sentó, le pasó un vaso de gaseosa, respiró hondo y estiró las piernas.

“Creían que yo era uno del grupo de delincuentes y que había decidido ‘cantar’,” comenzó. “Lo tuvieron al Sr Villegas bajo supervisión un día en la clínica y luego se fue al hotel con custodia. Pidió hablar con migo. Resulta que él también es Antropósofo. No lo pude creer. Contarle de mi visión y mi presentimiento no me costó nada. Me creyó de entrada, me hizo muchas preguntas, y luego hablamos durante casi una hora. Le pregunté por qué lo habían secuestrado y él se encogió los hombros y respondió, “Me he enterado de muchos sucesos delictivos últimamente. Se ve que de eso alguien se enteró y decidió liquidarme.” Luego escribió una carta en la cual declaró que él asumía toda responsabilidad por mí, y pidió mi inmediata libertad. Cuando nos despedimos me dijo, “Parece que aún somos necesarios acá en la Argentina, por algo será que usted, su mujer y yo nos hemos salvado de la muerte de una manera bastante milagrosa. Un sincero ‘gracias’ Diego y espero que tu mujer se componga muy pronto.”

Adela dio un gran suspiro. “Es verdad lo que dijo,” afirmó después de un corto silencio. “Y, de acuerdo a tus creencias raras, ¿qué hicimos nosotros tres a Pianini en alguna vida pasada, para que todo esto ocurriera?”

Diego la miró sorprendido. “Es verdad,” coincidió. “No lo había pensado. Por algo será que nuestras vidas se entrelazaron de esta manera.”

Se quedaron sentados tomados de la mano, sumidos en sus pensamientos, y observando cómo la tarde se deslizaba lentamente hacia el fresco abrazo del atardecer.

 

2 thoughts on “Dudar o Creer (Tercera parte)

  1. I enjoyed it, and I confess my relief that Adela was spared. For a moment I felt things would turn against Diego at the end. So glad they did not 🙂

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