El Reflejo Oscuro (Primera Parte)

Normalmente a las dos de la tarde Beatriz se tiraba un rato sobre la cama para descansar y, como solía decir, recargar las baterías. Era una mujer enérgica, efusiva y llena de confianza; miembro de varios grupos culturales y de beneficencia de Buenos Aires. Su marido la quería profundamente. Un hombre simple y tranquilo, no participaba de las inquietudes de su mujer, pero las respetaba y no protestaba si de vez en cuando llegaban a perturbar el llano ritmo de su vida. Tenían dos hijos y una hija; Roberto trabajaba en Rosario, Ignacio, casado, era administrador de una estancia, y por último Lucía, de diecinueve años, a quien todos amaban y mimaban.

Dos veces por mes Beatriz se reunía con un grupo de amigas para hablar de temas espirituales. A veces los temas eran más bien para-psicológicos, pero, a pesar de eso siempre interesantes porque ayudaban a dar un nuevo enfoque a la vida, tan llena de incógnitas. Beatriz creía en la reencarnación y solía hablar animadamente sobre el tema en cuanto se presentaba la ocasión. Su familia no le hacía mucho caso y la cargaban un poco, con alegre ironía.

Como de costumbre se había atrasado y estaba todavía vistiéndose cuando Lucía, alta delgada y ondulante entró al cuarto y se sentó en la cama. Recién se había lavado la cabeza y, su pelo negro caía en un enredo mojado sobre la toalla que cubría sus hombros.

-¿Adónde vas? – preguntó.

– A lo de Ana.

– ¿Ana? Ay, cierto, hoy tenés tu reunión espiritualista. ¿Van a hablar de la reencarnación?

– Mi amor, ya te dije varias veces, todos creemos en la reencarnación pero no hablamos de eso exclusivamente.

– ¿Quién va a dar la charla hoy?

– Ana me dijo que preparó algo.

– Vos realmente creés en la vida después de la muerte y todo eso ¿no es cierto?

– Pero Lucia, hace ya años que me estás cargando con mis ideas raras y  ¿ahora me preguntás? En realidad, para mí, creer en la reencarnación es la única manera de poder vivir en este mundo aparentemente tan injusto … qué sé yo… sin explotar a veces. ¿Por qué de repente me hacés esa pregunta?

 

Descartando toda posibilidad de llegar a tiempo a la reunión, Beatriz dirigió una mirada directa a los ojos grises de su hija que siempre parecían demasiado grandes para esa pequeña cara ovalada.

– No sé, – murmuró Lucia contemplando su peine. – La cosa es que… de verdad es un poco tonto.

Beatriz esperó en silencio.

– Vas a llegar tarde.

– No importa, contáme. ¿Cuál es tu problema?

– Bueno, últimamente, desde que Patricia, esa chica de la cual te conté, murió ahogada, he comenzado a tener un tremendo temor a la muerte. Muchas veces de noche, tengo miedo de dormir por si nunca más despierto.

Beatriz se sentó sobre la cama y con un gesto suave tocó el hombro de su hija.

– Lucia ¡qué horror!  ¡No tenía la menor idea!

– No es mucho lo que podés hacer, es todo por dentro. Una idea del todo irracional, ya sé. Pero… siempre tengo miedo.

– Pobre amor. Beatriz buscó cuidadosamente las palabras justas. – Quizás sea que te has creado una idea errónea de la muerte, como si fuera realmente un Fin, cuando en realidad es un cambio, una metamorfosis.

– Eso es lo que vos creés, Ma, pero no lo podés comprobar. Yo sólo veo un agujero, una nada, y poco a poco ese agujero se hace más y más chico hasta que al final se cierra y la persona que lo ocupó se convierte en una palabra; abuela, Patricia, Tío Raúl, acompañada por imágenes que son como fotos de color que con el tiempo también se borran. Sabés, me acuerdo muy poco de abuela ¡y sólo murió hace ocho años!

Beatriz pensó en su madre, alta, pulcra, demasiado ordenada. Era cierto, ella tenía algunas instantáneas, adecuadas para cuando quería recordar a su madre, otros detalles y escenas a veces subían flotando hacia la superficie de su mente donde podía contemplarlos y vivirlos. Pero Lucía tenía sólo once años cuando murió su abuela y era natural que sus recuerdos se hubieran borrado.

Lucia echó una mirada al espejo grande donde las dos estaban reflejadas, sentadas sobre la cama doble.

– Si yo muriera, estarías sentada sola. A pesar de todo lo que creés, nadie más  que vos estaría reflejada allí en el espejo, dijo

– Lucia…

Beatriz sintió un violento rechazo a la conversación, pero al mismo tiempo concientizó la gran desolación que azotaba el alma sensible de su hija.

– Lucia, – repitió, esforzándose en hablar con voz tranquila y de manera objetiva. – Creo que estás confundiendo tu cuerpo material con tu ser real, espiritual. Por supuesto que no te vería reflejada en el espejo, pero sabría sin la más mínima duda que estarías cerca de mí, que nuestra relación sería quizá aún más íntima y real de lo que es ahora.

 – Ay Dios, – pensó. – Que no siga esta conversación. ¿Cómo puedo estar acá hablando de esta manera, con tanta calma? Es horrible. ¡No lo aguanto!

– ¿Cómo podés decir eso, Mamá? – exclamó Lucia. -¿Cómo podría  ser real una relación con sólo la proyección de la propia imaginación? Está bien. Tendrías una relación con tus memorias, quizás, con cosas materiales que pertenecieron al muerto. ¿Pero una relación real, creativa, dinámica? ¡Jamás!

– ¿Tenés miedo de convertirte en nada o en ser olvidada?

– De… de… las dos cosas.

– ¿Y has llegado a creer que cuando muere una persona nada de su ser real permanece? ¿Ni un solo aspecto?

– No sé… Mamá. No llegué hasta ahí. Solo sé que tengo miedo, muchísimo miedo a la muerte. Sigo pensando en Patricia. Tenía sólo veinte-dos años y ahora está muerta, no está más, y, a pesar de todo lo que vos y tus amigas dicen ¡nunca más estará!

– Te entiendo, Lucia, y es muy difícil, – dijo Beatriz, intentando concentrarse.

  – ¿Qué digo? –  pensó. – ¿Qué se dice? ¿Qué es lo que yo realmente siento cuando le digo lo que digo? ¿Lo creo o son meras palabras? Algo tengo que decir, no la puedo dejar con tan poco consuelo.

Al final continuó.

– Quizá se podría comparar la vida con una semilla. Ésta, como semilla, tiene que morir para que la planta pueda seguir viviendo y desarrollándose. El cuerpo es una habitación temporaria, pero la individualidad que lo habita es eterna.

– Quizás tenga miedo de seguir desarrollándome, de llegar a ser adulta. – Lucía murmuró

– Puede ser. A los veinte, veintiún años tu yo se incorpora totalmente y de allí en más tenés que asumir la total responsabilidad por tus propios actos.

– ¿Cómo?

– Bueno, es así, hasta los veintidós años estás en la época de aprendizaje. Es lógico que cometas muchos errores, pero éstos no pueden afectar tu destino o desequilibrarlo porque todavía no eres totalmente responsable. Sufrir los efectos de una encarnación anterior en tu juventud, sí, pero no crear nuevas causas, o, usando el término habitual: karma.

– ¿Y a los veintiún años empiezo a crear karma?

– Así dicen.

– ¿Y?

– Y, como te dije. Serás responsable de todos tus actos y tendrás que asumir las consecuencias. Quizá esto lo sabés subconscientemente y es lo que te hace sentir insegura. Recuerdo que me sentí muy insegura alrededor de los dieciocho años, jamás he llorado tanto.

– ¿En serio? ¡Pobre mamita! Sabés, es difícil imaginarte como una niña insegura de dieciocho años.

Beatriz se miró en el espejo y al ver el reflejo de su robusto, medio desordenado ser, tendió a coincidir con la opinión de Lucía. ¿Dónde se había ido esa chica flaca, insegura, pálida? ¿Cuándo se había establecido esa seguridad y confianza desde las cuales ella ahora actuaba, feliz con su fe en Dios y en la ayuda espiritual?

Así se sentaron un rato, ponderando los profundos misterios de la vida y de la muerte. A lo lejos se escuchó el llanto de la sirena de una ambulancia y un pequeño escalofrío las sacudió a ambas.

– Y Mamá, ¿qué pasa cuando uno muere?

– Bueno Lucia, sólo te puedo decir lo que dicen los maestros espirituales, yo personalmente no lo recuerdo. Tendrás que aceptar con buena fe lo que te diré y consultar tu ‘voz interior’, así no rechazarás ideas nuevas, debido a prejuicios.

– De acuerdo.

– Se enseña que tardamos más o menos tres días en abandonar el cuerpo mientras revivimos nuestra vida desde el momento de la muerte hasta el tercer año de edad en una gran visión panorámica. Después vivimos un tiempo indeterminado, que dura más o menos como la tercera parte de nuestra vida en la Tierra, vivenciando todos los efectos de nuestras acciones. Es decir, sufriendo los dolores que hemos causado y gozando de las alegrías. Luego todas esas experiencias se comprimen en, para decirlo así, semillas espirituales, y después de cientos de años nace el deseo de vivir una vez más en la tierra para que estas semillas puedan brotar. Si son yuyos, tendrán que ser arrancados, si son flores, perfeccionadas.

– Perdoname, Mamá, pero parece un reconfortante cuento de hadas.

– Para mí, da sentido a una existencia, que de otro modo es un caos.

– Quizás la vida es justamente eso, ¡un gran caos!

– No, Lucía. Sólo hay que mirar a la naturaleza para ver que es la manifestación perfectamente equilibrada y ordenada de un orden más elevado, de una armonía espiritual. Cada átomo, molécula, célula, pulsa con una energía, una vida y un ‘orden’ que no pertenece a la materia, si no que es de contenido espiritual.

– ¿Y el hombre?

– Para mí el hombre es un ser espiritual, un eslabón entre el cielo y la tierra, ni animal ni ángel, pero un poco de cada uno. Por medio de nosotros las plantas y los animales pueden vincularse de forma especial con los mundos espirituales y los ángeles con los reinos de la naturaleza.

– Cuando hablo con vos empiezo a sentir un poco de paz, pero luego, cuando estoy sola, o aún con mis amigos, la pierdo de vuelta. – dijo Lucia con un pequeño suspiro.

– Me imagino que todos tenemos que sufrir lo mismo de forma más o menos aguda, y la gente sensible sufre más que otros. Cuánto me gustaría poder ayudarte mejor.

– Pero me has ayudado, Ma. ¡Mucho! Perdoname que te atrasé tanto ¡vas a llegar re tarde!

– No importa, Lucía, lo importante es que no sigas teniendo miedo. Tratá de pensar en la muerte como un bellísimo ángel, un gran amigo. De todos modos quiero pedirle al grupo que rece por vos. ¿Estás de acuerdo?

– ¿Vas a contar todo?

– ¿Te molestaría?

Lucía pensó un momento, entonces con una sonrisa serena sacudió la cabeza.

– En realidad, no. Será lindo pensar que otras personas que entienden estarán rezando por mí.

 

Beatriz llegó muy tarde a la reunión. Se sentó sin saludar para no molestar, pero su conversación con Lucía le hizo muy difícil concentrarse. Cuando llegó el momento de mencionar problemas y pedir al grupo que rezara por tal o cual persona, Beatriz explicó brevemente lo que Lucía estaba sufriendo. Sus amigas reaccionaron con consternación y cariño, y el caluroso consuelo y apoyo de ellas calmó a Beatriz. Volvió a casa a la tardecita mucho más tranquila.

Los días pasaron con su acostumbrada rapidez, y Lucía, quien también se había desahogado, estaba llena de vida, optimista, y cuando Beatriz le preguntó de una manera velada si su problema se había resuelto, le aseguró que todo ‘andaba bárbaro’ y que seguramente fue una reacción debida al accidente que había sufrido Patricia.

En la próxima reunión con sus amigas, Beatriz les agradeció su ayuda y todas estaban muy aliviadas de que el asunto hubiera salido bien, sólo Ana, en su corazón, se preguntó si estaba concluido o no. Sabía que el conflicto que había brotado en su propia alma cuando Beatriz les planteó el problema originalmente, iba a seguir por mucho tiempo. No conocía muy bien a Beatriz fuera del grupo, pero a pesar de eso, la evidente confianza y seguridad de Beatriz le causaba ansiedad.

Ana tenía dos hijas casadas y tres nietos. Los adoraba, pero, trataba de recordar siempre que cada uno era una individualidad con su biografía propia que remontaba ¿a cuántas vidas previas? Por más que los amara, nunca debería llegar a depender de ese amor para su propia felicidad y serenidad.

Los días se convirtieron en semanas, se alargaron y se llenaron de las promesas de primavera. De los troncos de los árboles, cruelmente podados, brotaron primero hojitas de verde pálido, luego largas ramas finas. Los zorzales volvieron a los jardines de los barrios donde su canto, cuando apenas empezaba a esclarecer el cielo, caía como tenue lluvia sobre los suburbios dormidos. Aún en la vasta metrópolis de Buenos Aires la primavera no se ocultaba.

 

El novio de Lucia se compró una moto. Lisa y poderosa, estaba estacionada frente a la casa cuando Beatriz volvió un viernes por la tarde. Al llegar al portón, Lucia y Facundo salieron de la casa, y se encontraron todos en la vereda. La cara de Lucia estaba radiante y con animado entusiasmo tomó a Beatriz por el codo y la acercó a la máquina.

– Hola, Ma… ¿Viste la moto? ¿Qué te parece? Facundo acaba de comprarla. ¿Es bárbara, no? No me dijo nada… ¡Era una super sorpresa cuando llegó! Justo salíamos a dar una vuelta.

Beatriz miró las caras de Facundo y Lucia y luego bajó su mirada al objeto que les causaba tanta alegría.

 

  La luz cálida y dorada del atardecer, la moto, y la vereda ancha con su franja de césped, desaparecieron en un vértice de nubes oscuras, y en su lugar apareció una ruta, con Facundo y Lucia tirados en posiciones angulosas, y la moto, a una pequeña distancia, convertida en una retorcida masa de metal. De la boca de Lucía corría un hilo de sangre. Estaba muerta. Facundo, gravemente herido. Oyó el ruido de un coche que se alejaba a toda velocidad en la oscuridad y se dio cuenta de que era de noche.

 

Cuando volvió en sí, habían transcurrido sólo dos o tres segundos que le parecieron horas. Lucía, viendo su repentina palidez, dijo enseguida:

– Ahora, Ma, no empieces con largos sermones sobre el peligro de andar en moto y todo eso. Hay miles de personas que andan en moto todos los días y no les pasa nada. Sabía que ibas a reaccionar así!

– Yo ya tuve moto, Beatriz, – le aseguró Facundo, sonriente. – Esta no es mi primera moto. La vendí hace un par de años atrás porque andaba mal y no tenía la guita para hacerla arreglar.

– ¿No te parece sensacional, Ma? Decí la verdad. Facundo ¿por qué no la llevás a Mamá primero a dar una vueltita?

– Lucía, ¿estás loca? – de alguna manera Beatriz pudo recobrar su voz y con un jadeo entre el sollozo y la risa agregó. – Acabo de volver del centro, ¿y querés que dé una vuelta en la moto con esta ropa?

Entró a la casa, sus ojos bañados de lágrimas.

– ¿Qué pasa con tu vieja, Lu? – preguntó Facundo.

– Oh… nada… sabía que iba a reaccionar así. Todas las madres son iguales, ven una moto y se imaginan un accidente. Cuando se acostumbre va a ser distinto. Dále, demos esa vuelta que me prometiste.

Subieron a la moto, y con un potente estrépito se alejaron de la casa. Beatriz se encerró en el baño y por largos minutos lloró con desesperación. Sufría tan intensamente que temía desmayarse. Parte de su mente insistía ‘Que no me vean así, tengo que controlarme’, la otra parte se rebelaba contra la imagen que acababa de vivenciar. Cuando pudo calmarse, se lavó la cara y luego de cambiarse la ropa bajó a servirse un cognac doble. Lo tomó casi de un trago y sintió el calor invadir su estómago vacío y luego sus venas heladas.

Lucia y Facundo volvieron alegres y llenos de chistes y se pusieron a escuchar discos. Beatriz, con la ayuda del cognac, pudo mantener un semblante de normalidad. Preparó la cena con cuidado y hasta logró sonreír cuando los jóvenes irrumpieron en la cocina en busca de refrescos y galletitas.

Cuando Pablo, su marido, llegó de la oficina notó su angustia de inmediato.

– ¿Qué te pasa querida? Te veo algo triste.

– ¿Viste la moto?

– Imposible evitarlo.

– Mamá está convencida de que vamos a accidentarnos. ¿No es cierto, mamita? – Lucía, al escuchar la llegada de Pablo, había venido corriendo a darle un beso. – Es de Facundo. No me dijo nada. Apareció esta tarde y me dijo que acababan de entregársela. Ya me llevó a probarla. ¡Es fabulosa!

– Ah, así que es de Facundo. – observó Pablo. – Me preguntaba de quién podría ser.

– ¿Querés salir a probarla vos también, Pa?

– No, no. Ya mi época de motos pasó. Pero de todos modos, vamos. Muéstrenme sus bellezas.

Salieron los tres a la calle dejando a Beatriz sola.

Si es el destino, es el destino,- pensó repetidamente. ¿Cuántas veces he dicho eso, he tratado de consolar a la gente con ese argumento? Hay que  aceptarlo. ¡Qué poca consolación! No debo decir nada. Tengo que aguantar  Es el destino, el karma de Lucía… pero ¡no puedo… ! ¡no puedo!

Durante la cena se habló únicamente de motos. Las nacionales versus las importadas; los precios; actuación; repuestos. Calidad; nivel de ruido; peligro; estabilidad; y viajes. Beatriz escuchó todo como si fuera un sueño, trató de comer pero no podía tragar. Se sintió separada de su cuerpo que seguía funcionando solo, sirviendo la comida, juntando los platos, buscando el postre, sonriendo de vez en cuando.

¿Cómo puedo seguir así, como si nada? – se preguntó.

Esa noche cada vez que miraba el espejo se acordaba de las palabras de Lucía y decidió hablar con Pablo, contarle todo. Quizá faltaba mucho para que su visión premonitoria tuviera lugar, si en realidad así lo era. De todos modos, tenía que evitar convertirse en una neurótica.

Pablo la tomó en sus brazos, abrazándola con ternura.

– No te preocupes Beatriz, casi toda la gente joven se contagia con la moto-itis. ¡Yo me acuerdo bien de mi primera moto! Era mucho antes de conocerte y fue mi primer gran amor. ¡Cómo la quería! No pasará nada. Muy pronto va a empezar a anhelar un coche.

– Pero Pablo, tuve como una visión premonitoria en el instante en que supe que la moto era de Facundo. Era terrible, vi a Lucia muerta y a Facundo gravemente herido al costado de una ruta, la moto toda retorcida. No lo puedo borrar… era demasiado real.

– Siempre fuiste una persona muy imaginativa, Beatriz. Creo que todas las madres del mundo ven algo similar cuando sus hijos aparecen por primera vez con una moto. No pasará nada, querida.

– Feliz de vos en tu seguridad, – murmuró Beatriz.

Sin embargo, encontró consuelo en los brazos fuertes y en la tranquilidad de su marido. Durmió poco, despertándose de forma sobresaltada apenas se dormía. A la mañana, sábado, le dolía la cabeza y se sintió fatigada y débil. Pablo se fue, como de costumbre, a jugar golf. Lucía, después de innumerables conversaciones en su celular decidió ir a la casa de Mirta, una amiga.

– Dormiré esta noche allí, Ma, y mañana a la tarde iremos al rugby. Facundo me traerá de vuelta.

– ¿A qué hora?

–  Y… temprano… alrededor de las siete, siete y media.

En la visión había sido plena noche…

– Bueno, Lu, está bien, si volvés más tarde por alguna circunstancia avisame. Saludos a Mirta.

Una hora más tarde Beatriz se encontró sola con sus pensamientos y su angustia. Trató de ocuparse, y trabajó con intensa concentración todo el día en el jardín y en la casa. Cambió la posición de los muebles en el dormitorio, sacó el espejo ofensivo y colocó otro mucho más chico. Lavó cortinas; ordenó placares; pero a las seis estaba exhausta y Pablo la encontró tirada en el sofá con un vaso de whisky en la mano.

– ¿Qué tal? ¿Cómo te fue en el golf?

– Bien, ganamos. Quiere decir que tenemos que jugar también mañana. ¿Lucia?

– Se queda en lo de Mirta.

– ¿Y vos? ¿Qué estás tomando, whisky?

– Sí. Trabajé como nunca hoy. Estoy planchada.

– Ahora, enseguida te acompaño.

Pablo subió al dormitorio y cuando bajó dijo – ¡Cuántos cambios en nuestro cuarto! ¿Por qué esta repentina actividad?

– Tenía ganas de cambiar. ¿No te parece mejor así?

– En realidad no, pero si a vos te gusta…

– Sí… pobre Pablo … pero te vas a acostumbrar.

– ¿Querés ir al cine?

– Me encantaría. (Cualquier cosa para escapar de mis pensamientos, por cansada que estuviese.)

– Hoy fue un día espléndido, templado, suave. Si es así mañana, ¿por qué no venís conmigo al club?

– Sería lindo, aunque debería… pero no, eso lo puedo hacer el lunes. Sí, Pablo, mañana te acompaño.

El whisky había sido tan fuerte que a Beatriz le resultó un poco difícil no   mostrar su mareo cuando se levantó para ir al coche.

– ¿Qué te pasa? preguntó Pablo con sorpresa.

– Nada. Pisé mal.

La película fue buena, pero una vez acostada Beatriz no pudo acordarse ni de la trama, ni de los actores. Como había tomado una pastilla para dormir sin que lo advirtiera Pablo, por lo menos durmió, y a la mañana se sintió un poco mejor.

Acompañó a Pablo durante su partida de golf y luego de almorzar charló animadamente con el grupo de amigos. Una vez más se sintió separada de si misma y se observó con una leve sorpresa charlando, contando chistes, haciendo reír a sus amigas.

En el coche, volviendo a casa, estaba muy callada. Deseaba un whisky para alejar sus pensamientos, y el deseo se hacía cada vez más urgente.

– ¡Otro whisky! – observó Pablo cuando la vio sirviéndose. – Te estás volviendo alcohólica.

– ¡No seas estúpido! – respondió Beatriz riéndose, pero un escalofrío recorrió su columna vertebral.

Pablo no dijo más, pero luego buscó el número de teléfono de Ana en el mostrador.

Lucia volvió junto con Facundo a las ocho, desarreglada por el viento y radiante.

– Hola, llamó. – ¿Cómo les fue? ¿Me extrañaron?

Y la casa se llenó de su animada presencia. Mientras Facundo hablaba con Pablo del partido de rugby, Lucia se duchó y se cambió.

– Vamos a cenar a lo de Alejandro, dijo. – ¿Cómo te fue en el golf, Pa? ¿Ganaste?

– No, perdimos por dos puntos.

– Ay ¡qué pena! ¿Vamos, Facu?

Se fueron. El silencio invadió de nuevo la casa.

– Creo que me iré a la cama temprano, – murmuró Beatriz, pensando en la pastilla y sus promesas de olvido.

– Bueno, – dijo Pablo. – ¿Querés que te prepare la cena?

– ¡No! ¡No! Lo hago yo. ¿Tenés hambre?

– Un poco, sí.

 

A la mañana siguiente Ana la llamó por teléfono.

– ¿Estarás en casa esta mañana, Beatriz? – Preguntó. – Como tengo una diligencia en tus pagos pensé que sería lindo verte un rato.

Beatriz sintió una fuerte alegría.

– ¡Oh, Ana! – exclamó. – No te imaginás cuánto me alegraría verte esta mañana. Por supuesto, vení cuando quieras.

Ana, advertida por una llamada temprana de Pablo, colgó lentamente pensando en Beatriz, en lo que le había dicho Pablo, y en los extraños enredos del destino que habían hecho que de verdad tuviera que ir a una casa a tres cuadras de donde vivían Pablo y Beatriz, esa misma mañana. Tocó el timbre a las diez y media. Beatriz estaba esperando y salió enseguida.

– Ana, ¡cómo me alegro de verte! Sos la persona con quien más deseaba hablar. ¡Qué suerte que se te ocurrió llamarme! ¿Tenés un ratito?

– Si, si. Tuve que dejar algo para mi marido acá a la vuelta, nada más.

Después de servir un cafecito, Beatriz no tardó en contarle a Ana todo su problema.

– Ha sido un fin de semana inaguantable, – terminó. – Duermo porque tomo pastillas y sigo adelante durante el día sólo con la ayuda del whisky. No puede ser, Ana. ¡Me tenés que ayudar!

Ana se quedó callada por largo rato, contemplando el jardín por la ventana y pidiendo ayuda espiritual para poder proporcionarle mejor ayuda a su amiga. Beatriz prendió un cigarrillo e inhaló profundamente.

– Hace años – dijo – que hablo de la reencarnación y karma. Años que digo que es la única cosa que, para mí, explica lo inexplicable y me da fuerza y tranquilidad. Ahora no lo puedo aceptar. Me rebelo rotundamente. Mi yo inferior grita ¿Por qué Lucía? Con tantas chicas inútiles en el mundo, en el vecindario sin ir más allá ¿por qué elegir a Lucía? Y me contesto que si ya era su destino morir a esta edad desde antes de nacer, no se puede usar la palabra “elegir”. Me repito… la muerte no cambia nada en esencia, es sólo el cuerpo físico que muere. Estaremos más juntas que nunca. ¡Estéril consuelo! Repito mil veces… fuiste elegida como madre de esta criatura tan dulce, tendrías que estar orgullosa de que sos vos y no otra la que tuvo la misión de criarla, ayudarla y guiarla en esta breve vida. Lo estoy, pero igual me parece un desperdicio tan grande. ¿Te acordás el miedo que sentía ella por la muerte hace poco, como si hubiera tenido también una suerte de premonición? Tiene tantas posibilidades Lucía ¿Por qué ha de morir?

– Pero… ¿estás tan segura de eso, Beatriz?

– Es como cuando sabés algo. Cuando dicen, esta música es Vivaldi y sabés que es Albinioni, y lo es, o cuando dicen tal calle es mano para la izquierda, y sabés que es mano para la derecha, sin discusión. Bueno, es así. Tengo la imagen frente a mis ojos día y noche, es como un disco rayado que se repite y se repite. Acaba de haber ocurrido, y un coche se aleja a tremenda velocidad en la noche. Estuvo estacionado en la ruta, sin luces, sin chapa, todo lo que refleja luz pintada de negro. Ni lo vieron, lo chocaron sin saber que estaba allí. Así lo sé, sin la más mínima duda.

– Tendrás que tomarlo como una prueba, Beatriz. Tendrás que pensar que por alguna razón te fue otorgada esta visión aparentemente premonitoria. Por supuesto que es una pesadilla que te puede conducir al alcoholismo, o hacerte sufrir un surmenage, pero vos sabés que los mundos espirituales nunca te mandan una prueba que no podés superar. Siempre las pruebas están dentro de nuestra capacidad de superarlas. En realidad, Beatriz, deberías darte cuenta del nivel espiritual en que estás ahora para que esta prueba sea siquiera posible.

– Ay, Ana, si es así, es tan duro. ¡Tan duro!

– Rudolf Steiner aclara que los que mueren jóvenes o a destiempo entregan la energia a los seres humanos necesitados de ella.

– Dios parece muy lejos en este momento. Muy lejos y muy poco relacionado con mis problemas. ¡Rudolf Steiner también!

– De todos modos, tendrás que rezar como jamás rezaste. ‘Tu voluntad y no la mía’ por ejemplo.

– No puedo.

– Beatriz, si un médico te hubiera dicho el viernes que Lucía tenía una enfermedad incurable y pocos meses para vivir, estarías en la misma situación con la diferencia de que Lucia sufriría mucho más. ¿Habías pensado en eso?

– No, Ana, en realidad, no.

Se quedaron calladas. Luego Beatriz dijo:

– Creo que eso lo podría aguantar mejor. Sería algo concreto, algo con lo cual yo podría luchar activamente, ayudando a Lucia. Estaríamos las dos luchando juntas. Así, ahora, me siento sola. ¡Tan tan sola! Pablo no me cree ¿vos? no sé.

Ana la tocó suavemente.

– ¿Te puedo aconsejar algo? No luches, ni contra tu desesperación, ni contra tu dolor. Pero sí, cambiá tu forma de vida. Quedate en casa, ocupate de las cosas de Lucia, comportate como si en realidad tuviese una enfermedad incurable sin que ella lo supiera, disfrutá a Lucia y a todos los días que de ahora en adelante tendrán juntas. Por lo menos algo sabés. Mira qué angustia no saber y pelearse con ella o ir de viaje justo ahora.

– Tenés razón, Ana. Lo que me enloquece es no saber cuánto tiempo hay. Un médico te dice dos meses … dos años. Pero yo voy a estar pensando ¿será hoy? De ahora en adelante. Por preparada que estés, Ana, un accidente es una ruptura tan tajante, tan abrupta. Ay Dios, ¿por qué fui elegida para soportar una prueba como ésta?

– Seguro que elegiste vos tu destino, antes de nacer.

– Así creía, ¿El jueves, no? ¡Hace mil años atrás! ¿Ahora? Ahora me parece imposible que haya decidido tal cosa. Quiero odiar a Dios, acusarlo. En este momento creer que yo misma elegí a mi destino, este destino, me parece una barbaridad, y no lo quiero aceptar más. Ana, Ana… ¡qué fácil es creer en ideas! ¡Qué duro aguantarlas cuando se transforman en realidades concretas!

Siguieron conversando por un tiempo más hasta que Ana echó una mirada a su reloj y Beatriz dijo enseguida;

– Ya es tarde, ¿no, Ana? Seguro que tenés mil cosas que hacer. Me has ayudado muchísimo. Eres realmente una buena amiga. Voy a hacer lo que sugeriste, cambiar mi forma de vida y quedarme más en casa. En este momento sólo quiero estar lejos, lejos y muy ocupada. ¡Quiero escapar! Pero tenés razón, seguro que luego tendré mucho remordimiento. Andá, Ana. Me siento mucho mejor, más ubicada. Creo que puedo seguir sola, pero eso sí, no te pierdas, sos la única con quien puedo abrir el corazón y hablar de todo lo que siento sin trabas. Pablo es amoroso, pero no puedo hablar así con él. Seguro que encontrará que todo este asunto de premoniciones, reencarnación, karma y eso es un enredo ridículo en una mente afectada por una menopausia precoz.

Beatriz se rió trémula y se paró. Se despidieron con ternura.

Con su acostumbrada manera decisiva, Beatriz empezó en ese momento a reorganizar su vida. Pasó una hora llamando a los presidentes de las varias comisiones y grupos de las cuales era miembro, explicando que, por razones de salud, tenía que renunciar. Lo lamentaba mucho pero no había otra solución. Luego puso los muebles como habían estado antes en su dormitorio y colgó de nuevo el espejo grande; se compró un tranquilizante liviano en la farmacia y un grueso libro de cocina en la librería.

Hizo una torta, y desenterró del oscuro rincón en el placar la pila de ropa para remendar. Cada vez que veía la imagen de Lucia accidentada la reemplazaba con alegres recuerdos de momentos felices.

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