Dudar o Creer (Primera Parte)

La primera vez que ocurrió fue un viernes por la mañana.  Eran las siete y Diego estaba por afeitarse cuando de repente el baño pareció disolverse alrededor suyo.  La luz matutina se convirtió en una noche oscura y nublada.  Estaba parado en una calle de tierra frente a una tranquera de hierro forjado, oxidada y rota.  Pasando la tranquera un sendero marcaba un surco hacia una casa.  Pasaba a través de un jardín donde plantas y  yuyos crecían vigorosos en una confusa masa de vegetación.  Detrás de las rejas de la única ventana que se veía, brillaba una tenue luz.  Casi ilegible y colgando de un clavo en el poste junto a la tranquera estaba la placa con el número de la calle.  Diego pudo apenas discernir los números 745 pero no estaba seguro si otro número precedía al siete, y mientras trataba de averiguarlo, la placa, la tranquera, el jardín y la casa se disolvieron en una neblina y se encontró de nuevo en el baño estudiando su mentón en el espejo con minuciosa atención.

Frotándose la cara,  trató de ubicarse, de calmarse y entender lo que había pasado   Había sido todo tan verdadero, tan detallado, algo realmente vivido.  Se sentía fuera de sí, como si cada una de sus células hubiera cambiado un poco de lugar.

Sentándose sobre una silla trató de recordar qué era lo que había comido la noche anterior, y si había una causa psicológica que ayudara a explicar esta extraña experiencia. Al chequear su reloj, se dio cuenta que todo aquello había ocurrido en quizá unos pocos segundos. Más de una vez se tocó la cara con la mano para asegurarse de que todavía estaba y era real.

“¿Estaré enloqueciendo?” se preguntó angustiado.

Finalmente se afeitó con mucho cuidado, estudiándose, buscando en su memoria alguna referencia a casos de locura en su familia.  A la vez, como ‘leitmotif’, las preguntas ¿dónde está aquella casa? ¿la conozco? Se repetían en su mente.

Se vistió con apuro, aliviado porque Adela seguía durmiendo.  Hubiera sido imposible explicarle lo que acababa de experimentar.  ¿Alucinación? ¿a las siete de la mañana? hacía tres días que no tomaba alcohol; no fumaba; hacía meses que no tomaba ni si quiera una aspirina.  Entonces, ¿qué podría haber provocado ese paso tan extraño de un momento y lugar en el tiempo a  otro tan distinto?

Como ya era tarde salió del departamento hacia el trabajo sin desayunar.  El ascensor se detuvo en el segundo piso y subió un vecino, Alberto Pianini, con quien Diego y Adela tenían una ligera amistad.  Hacía poco que había venido de la capital para instalarse en el interior y Adela lo había bautizado ‘El Aguacil’ por ser tan flaco y pálido.  Sus ojos, claros y transparentes, parecían de vidrio gris.  Aparte de desearse un ‘buenos días’ mutuo, se mantuvieron silenciosos, absortos en sus propios pensamientos.

Diego salió a la calle con paso lento, el cielo estaba nublado y el aire inerte y    pesado. “Va a llover,”  pensó. “¡Qué macana! Debería haber traído paraguas.”

Caminó hasta la parada de colectivos y se puso en la cola de los que esperaban, observando las caras de las cuatro personas delante de él.  Se preguntó si ellos habrían tenido alguna experiencia similar a la suya.  ¿Qué ocultaban detrás de esas caras impasibles? ¿Qué pensamientos iban y venían por las mentes encerradas en aquellos cráneos?

“Pero son los cerebros los que están encerrados, no las mentes”, pensó. “La mente tiene un alcance mucho más amplio que el cerebro.”

Se tocó la cara como para asegurarse de que todavía estaba su cabeza completa.  Tenía la sensación que ya no hacía falta y que colgaba, disecada e inútil, de su cuello, como una flor marchita.

“¿Habrá sido un ‘surmenage’? pensó.  “¿Empieza así? Pero la casa existe, Sé que existe.  No era un invento. Si hasta el perfume del jazmín me llegó tan fuerte que aun lo recuerdo.  Y la casa no estaba vacía, se veía una luz en la ventana.”

 Llegó el colectivo.  La gente subió sin apuro y Diego sintió tal tensión nerviosa que  tuvo ganas de empujarla y gritar palabras groseras. Asustado, con esfuerzo se tranquilizó.  Cuando llegó a la oficina escribió con números enormes, 745, en un papel y lo guardó en uno de los cajones de su escritorio.  Toda la mañana trabajó con ganas, feliz de poder perderse entre números y cálculos.  A las once y medio su jefe le pidió que fuera a buscar unos datos a los archivos del subsuelo.  Diego tomó la hoja que le pasó y se dirigió a las escaleras.

La oficina se desvaneció alrededor suyo. Unas escaleras de cemento, rudas y empinadas, bajaban a una pieza muy chica, oscura y húmeda de la cual emanaba olor a moho.  Sólo el hilo de luz de una linterna iluminaba los escalones.  Estaba parado en una especie de placard, a su derecha había varios estantes con algunas latas de tomates y comestibles.

“Bajá,” siseó una voz brusca y sintió un golpe fuerte contra el hombro derecho que le causó mucho dolor.  Se dio cuenta de que sus manos estaban atadas y en la boca tenía gusto a sangre.  Invadido por un enorme sentimiento de horror, dio un grito ronco, sus piernas se aflojaron y sintió que se desmayaba.

Cuando volvió en sí estaba tirado al pie de la escalera y varias voces excitadas comentaban su desmayo:

“Dio un grito y ¡plaff!”

“¿Se tiró?”

“No. Parece que se desmayó.  Fijate lo pálido que está.”

“No lo toquen, ¡por ahí tiene algo quebrado!”

“¿Llamaron al médico?”

“Sí, ya viene.”

“Ahora tiene más color en la cara.”

“¡Está moviendo los ojos!”

“Ya está mejor.”

“Parecía muerto, pobre.”

Diego abrió los ojos pero no pudo moverse ni hablar.  Observando el círculo de caras pensó: “Alguien me empujó

Luego recordó que se había desmayado.  Las fuerzas vitales comenzaron a fluir de nuevo por su cuerpo y con ellas el poder de moverse.  Con labios duros preguntó, abrumado, confundido: “¿Dónde estoy?”

“Acá en la oficina, viejo. Te desmayaste.”

“Ya viene el médico.”

“Te caíste por la escalera.”

“¿Te duele algo?”

Con movimientos lentos Diego se sentó, y apoyó su rostro entre las manos.

“N … no sé. Me duele la cabeza.” Respondió con una voz apagada.

Al rato llegó el médico; gordo, afable rubio, de ascendencia alemana.

“¿Que te pasó amigo?” preguntó.

“No sé, parece que me desmayé.”

El médico lo revisó y luego dijo: “Mi coche está estacionado cerca, con un poco de ayuda creo que llegarás sin problemas.  En mi consultorio podré revisarte mejor.”

Un compañero lo ayudó a subir las escaleras, su jefe le  tocó el hombro, el mismo hombro, con un gesto suave y dijo: “Que te mejores, Diego.  Puedes volver al trabajo el lunes, creo que sería más aconsejable.”

Diego le agradeció y salió a la calle, la tormenta que amenazaba se había disuelto y el cielo azul  aparecía de vez en cuando entre las nubes.  En el consultorio el médico le tomo la presión, el pulso, la temperatura, los reflejos y le miro la lengua y los ojos.

“Aparentemente, todo en orden,” dijo palmeando el brazo de Diego. “¿Qué pasó?”

“No sé, me desmayé.  No había desayunado, quizá por eso…”

“Hmmm. Una persona normalmente no se desmaya por no haber desayunado.”

“No le diré nada,” pensó Diego. “Por ahí pasa un informe diciendo que sufro de alucinaciones y me echan del trabajo.”

   Comenzó el médico con las preguntas rutinarias y Diego contestó con tranquilidad. Sus vivencias habían sido demasiado fuera de lo común como para que existiera el peligro de que el médico, por los medios normales se enterara de ellas.  Finalmente, con una receta para vitaminas y la advertencia de que descansara lo más posible durante el fin de semana, el médico lo dejó ir.

………………………………..

Adela ya se había enterado del asunto cuando Diego llegó a casa.  Con brazos temblorosos lo abrazó  y dijo: “Te podrías haber matado, qué horror, caer así por la escalera.”

“Pero no pasó nada, ¿viste?  ¡El Diablo cuida a los suyos! Aparte de eso, estoy muerto de hambre. ¿Falta mucho para comer?”

“No. En seguida está.”

Después de almorzar, Diego le contó a Adela sus dos extraños vivencias.  “No le dije nada al médico, podría tener un efecto contraproducente en la oficina, así que por favor no lo comentes tampoco entre tus amigas. ¡Vos sabés como es!”

Adela lo miró con preocupación.

“¿No será por todo eso que estás leyendo últimamente?” preguntó.

“¿La Antroposofía?  Pero no Adela, ¡qué idea!  Estas vivencias ahora que lo pienso bien, se acercan más a la parapsicología, nada que ver con lo otro. Fue como si yo hubiera entrado en la piel de otro individuo de alguna manera rarísima.”

“Pero eso de estar atado, y que te hayan obligado a bajar a aquel sótano…”

“¿Parece un rapto, no? Pero no hubo ninguno anoche.  Ya me fijé en  los diarios.  Qué se yo, Adela, me pregunto si estoy enloqueciendo, pero el médico me revisó bien y me hizo un montón de preguntas y todo perfecto, así que quizá de algún modo mis ‘líneas’ se cruzaron con otras en algún rincón del mundo, o algo por el estilo.”

“No pensás volver a la oficina ahora, ¿no?”

“No.  Mi jefe me dio franco, y el médico me recetó vitaminas y descanso, así que pienso que una siestita no me vendría nada mal.”

Adela se mostró aliviada.

“Sigo insistiendo en que no descansás lo suficiente,” insistió. “¿Hasta qué hora te quedaste leyendo anoche?”

“No tanto.”

“Mmm, bueno, después te compro las vitaminas en la farmacia de la esquina.  Andá a dormir ahora, y te despierto para la merienda.”

“Bárbaro.  Concédeme un besito, a pesar de tu desaprobación, ¿Hmm?”

Riéndose, Adela lo besó con ternura y Diego se acostó.  Le dolía el hombro derecho, debido, seguramente, por habérselo golpeado en la caída.  Lo frotó con la mano izquierda, sin darse cuenta de que había  levantado también la mano derecha como si las dos estuviesen atados. En pocos minutos se quedó dormido.

Adela sabía muy bien lo que era vivir en un ciudad-pueblo y que si amaba a Diego y lo apoyaba era imprescindible no contar a nadie la vivencias que él había tenido, a pesar de sus propias inquietudes. El desmayo no había tardado en hacerse conocer y ya varias de sus amigas la habían llamado para saber más sobre el asunto..  Tenía muchas ganas de comentárselo pero con un gran esfuerzo se contuvo.  Lavó los platos y ordenó el departamento pensando en todo lo que le había contado Diego.  Luego se puso a trabajar en el telar.  Los movimientos rítmicos la calmaron y resolvió no hablar más del asunto ni siquiera con Diego, así caería más pronto en el olvido.

Diego, descansado y alegre, fue a comprar facturas cuando se levantó.

“Parece que se compuso el tiempo,” exclamó al volver. “Podríamos ir al río y hacer un pic-nic mañana si sigue lindo, ¿qué te parece?”

“Dale. Hace mucho que  no vamos.”

Mientras tomaban la merienda Diego dijo; “No te olvides que esta noche es la cena del Rotary.  Viene el Secretario de Agricultura para dar una charla y eso  no lo quiero perder por nada.”

“Ah Diego… no vayas,” Adela objetó angustiada. “¿No te dijo el médico que tenías que descansar?”

“Si he descansado.  Acabo de dormir una siesta de casi tres horas. ¿Cómo pensás que voy a dormir temprano esta noche?  Si no tuviera la cena con el Rotary me quedaría leyendo. ¿Qué diferencia hay?”

“Pero… mirá si te pasa algo, si tenés otra… si te desmayás de vuelta.  ¿no te parece que sería más prudente quedarte en casa… por lo menos esta noche, como estás así… tan… sensible hoy?”

Diego se quedó mirando por la ventana por un largo rato.  Luego sacudió la cabeza y dijo. “No Adela.  Siento que debo ir.  Es una persona muy importante para el futuro del país y no quiero perder la oportunidad de conocerlo y escuchar su discurso. No te preocupes, no me va a pasar nada.”

“¿Cómo no me voy a preocupar, tonto?  ¿Mirá si te hubieras desmayado en el medio de la calle, por ejemplo, con todo el tráfico?”

“Sí, ya sé, pero de todos modos estoy decidido a ir así que, por favor,  no hablemos más.  ¿No querés otra factura? ¡Casi no comiste nada!”

“No tengo mucha hambre.”

Cuando terminaron Diego se acomodó en un sillón y se puso a leer. Adela, preocupada y silenciosa, volvió al telar.

“Quizá era el recuerdo de otra vida, Adela,” comentó Diego después de un rato. “Un pantallazo de algo que ya viví, un recuerdo metido en mi cuerpo etérico.”

“¡Vos con tus varios cuerpos! Para mí hay uno y con eso basta y sobra.”

“Bueno, está bien, un recuerdo tejido dentro de la materia de mi alma si preferís.”

“No entiendo porqué querés complicarte la vida con la idea de muchas vidas, de la re-encarnación, cuando ya una vida es tan problemática.”

“Me parece más lógico.  Ochenta años, menos los de la juventud y la senilidad es muy poco para que un alma se desarrolle adecuadamente, tomando en cuenta la multiplicidad de los puntos de vista.”

“Para mí, si uno cree en Dios, no son necesarias tantas vidas.”

“Creer en Dios y desarrollar el alma son dos cosas distintas, Adela. ¿Para qué sirve que yo crea en Dios, si soy una bola de pasiones, apetitos, prejuicios y pecados mortales, inmortales o pasajeros?  Si no los trabajo, los cambio, ¿qué valor tiene?”

“Ya sé, Diego. Pero igual.  En  la Biblia se habla del infierno.”

“El infierno.  Por ahí la vida en la tierra es el infierno, ¿eh?  Acá dice que somos seres espirituales en cuerpos físicos y que nuestra meta es espiritualizar toda la materia, toda, los animales, la tierra, las rocas, para que  todo pueda ser re-absorbido – por decirlo así – por Dios.”

“Para mí estás demasiado metido en la Antroposofía y deberías dejarla un poco.”

“¡Siempre lo mismo! ¿Por qué no lees vos un poco?  Vas a ver lo interesante que es. Además,” agregó Diego con una sonrisa pícara. “Pensándolo un poco, si todos los seres humanos desde Adán y Eva son resucitados en el último día, como nos aseguran, no entraríamos sobre la tierra, y ésta pesaría tanto con tantos cuerpos, que se caería fuera de la constelación y todos volveríamos al instante al lugar adonde estábamos”

“Oh Diego, no te burlés así. Y ya miré tus libros de Antroposofía. No entendí nada,” exclamó Adela, exasperada.

“No fueron escritos para hojearlos como novelas rosas, por supuesto.” Diego respondió, irritado.

Con un suspiro, se puso de pie y fue a ducharse. Una vez listo para salir volvió a living donde Adela seguía trabajando con su telar.

“Adela,” dijo suavemente.  “No te enojes por esto.  Hay tantas cosas en la vida que no podemos explicar.  No es por nada que me interesa tanto la Antroposofía, hasta ahora es la única enseñanza de ese tipo que contesta las preguntas y los enigmas  que me preocupan tanto. Como te dije, siento  que debo ir a la reunión esta noche, no sé por qué.  Volveré temprano ¿‘tamos?

“Bueno,” murmuró Adela con un pequeño encogimiento de los hombros. “Andá. ¿Donde se hace?”

“En lo de Benito, como siempre.”

La besó con un abrazó cariñoso y se fue con pasos livianos y enérgicos.

 

El Restaurant Benito quedaba a pocas cuadras y se fue caminando, gozando del viento fresco que soplaba entre los árboles, que, durante el día, daban sombra a las veredas anchas y tranquilas.  Diego a veces jugaba con la idea de buscar trabajo en Buenos Aires, pero la paz y la tranquilidad de las ciudades del interior siempre  los hacían optar por quedarse lejos de la metrópolis. Le bastaba su trabajo como contador y la lectura, más Adela y su hacendosa y tierna compañía.

Cuando llegó casi todos los socios se habían reunido.  Ya estaban charlando y tomando un trago mientras esperaban la llegada de Don José Villegas, el Secretario de Agricultura y huésped de honor.  Diego se sirvió un agua tónica.  Al ratito llegaron más socios, entre ellos Alberto Pianini.  Por alguna razón su presencia sorprendió a Diego, no sabía que era socio. Cuando se lo mencionó al secretario, éste le confirmó que hacía poco que Pianini se había inscripto.

“Hola,” dijo su vecino, acercándose. “No esperaba verlo esta noche después de semejante caída esta mañana. ¡Fue muy bravo!”

“¿Estuvo Usted en la oficina hoy?”

“Sí, fui a ver al Sr. Lopez justo en el momento en que Usted se desmayó.”

“¿Ajá?  Pero no me pasó nada, por suerte.  Descansé esta tarde y ahora me siento cero kilómetros.  El médico me revisó y me dijo que estaba perfectamente bien, así que no sé que me habrá pasado.”

“Mejor así.”

Los presentes comenzaron a sentarse a las mesas puestas en forma de U.

“¿Ya llegó Villegas?” preguntó Diego.

“No, pero ahora ha de llegar.  Fueron al hotel a buscarlo,” dijo el secretario quien pasaba en ese momento.

¡PERO NO ESTÁ EN EL HOTEL!

   Las palabras flameaban dentro de su cerebro y Diego levantó la mirada con un fuerte suspiro.  Sus ojos cayeron sobre el rostro de Pianini, impávido y pálido.  Diego buscó el apoyo en el respaldo de una silla mientras digería dificultosamente el conocimiento in-negable de que el Secretario de Agricultura había sido secuestrado y que estaría escondido en aquella casa sobre aquella calle de tierra…

“¿Qué le pasa Merelo?  ¿Se siente mal otra vez?”   La voz de Pianini penetró los pensamientos caóticos que oscurecieron la mente de Diego.  Lo miró con asombro y sintió un escalofrío correr por su columna vertebral.  Con un gran esfuerzo sacudió la cabeza.

“No… No,” le aseguró.  “Es que tomé un gin recién. Quizá no fue muy prudente.” Era una mentira pero sentía la necesidad de mentir.

Pianini se rió y se alejó.  En eso entraron dos señores, hablaron con el secretario y luego con el presidente, y éste, después de consultar con los tres en voz baja aviso a los concurrentes que el Señor Secretario de Agricultura, por razones particulares, no podía presentarse para la cena que tendría lugar de igual modo sin su presencia.

Diego se sentó abruptamente, tratando de organizar y controlar sus pensamientos.  Saber cómo era la casa y la entrada a un sótano y un número de calle  no significaba en realidad nada.  La casa podría estar cerca o a cien kilómetros de distancia.  No tenía ni la más remota idea del nombre de la calle, tampoco sabía si era una calle o apenas un camino.  Otras casas no había visto.

La conversación fluía a su alrededor pero Diego no prestaba mucha atención.  Se había establecido que el Sr. Villegas había sufrido un repentino malestar y cuando el tema se agotó los siguientes eran de poco interés.

El Sr. Guzmán, sentado a la izquierda de Diego, comenzó a lamentarse porque su jardinero se había mudado a un pueblo distante.  Como tenía un jardín enorme, sus quejas eran comprensibles.

“Nuestro jardinero es bastante bueno,” comentó un tal Sr Pascual sentado enfrente.  “Por lo menos estamos muy contentos con todo el trabajo que hizo para nosotros hasta ahora.  Se llama Dionisio.”

“¿Es el que tiene el vivero cerca del Parque Ortiz?”

“No.  Vive en la calle Fuentes en el Barrio California.”

¡FUENTES!

   La palabra estalló en la mente de Diego y se echó atrás en la silla violentamente.  Todos lo miraron con sorpresa, pero Diego no se dio cuenta.  Veía la imagen de la placa colgada del poste con el número apenas perceptible. 745.  El nombre de la calle era Fuentes.  Fuentes 745.  Allí estaba la casa de su extraña vivencia. No tenía ninguna duda.

La voz del Sr. Guzmán lo hizo consciente del círculo de ojos que lo contemplaban con asombro.  “Merelo. ¿Se siente mal?”

Riéndose con aire despreocupado Diego levanto las manos y sacudió la cabeza. “No, para nada,” le aseguró. “El nombre Fuentes me hizo recordar un chiste nada más. Hace calor acá, ¿no?  Creo que voy a tomar un poco de aire.”

Al levantarse se percató de la mirada penetrante de Pianini observándolo.  Pianini, sentado enfrente y un poco a la derecha, también había escuchado la conversación.

Diego se  despidió del Presidente y del secretario con disculpas y se retiró del salón.  Caminó con prisa.  Su corazón latía con fuerza.  Miedo y excitación llenaban su pecho, dándole la sensación de estar sofocando.

Adela todavía estaba levantada.

“¡Tan temprano!” exclamó.

“Sí.  El Sr. Villegas no apareció, parece que estaba enfermo.  Pero Adela, imaginate, me senté al lado del viejo Guzmán… ¡Cómo es el destino! ¡Increible!”

“Bueno, ¡contá!”

“Contaba Guzmán que su jardinero se había mudado y patatín patatá, cuando el gordo Pascual quien estaba sentado enfrente le recomendó uno que vive en la calle Fuentes en el barrio California.  Adela, la calle Fuentes es aquella que vi esta mañana.  Estoy convencido de eso.  Me cayó como una bomba.  No te podés imaginar. Mañana mismo iré a investigar con la bici.  ¿Te das cuenta? Si eso concuerda, otro presentimiento que tuve esta noche también puede ser cierto.”

“¿Qué?  ¿Algo que ver con el Sr. Villegas seguro?”

“Mirá, mañana te lo diré.  Prefiero no decir  nada ahora, ¿sabes?”

“Seguro que tuviste el presentimiento de que el Sr. Villegas fue secuestrado y lo tienen en tu ‘casa’.  ¡Hoy sí que te picó algo raro, mi amor!”

Pasmado por la intuición de su mujer, Diego se quedó mudo, tirado en el sillón.

“¿Querés un tecito?” le preguntó Adela.

“Bueno, gracias.”

Sacudiendo la cabezo, Adela se fue a la cocina y pronto volvió con dos tazas de té de peperina bien caliente.

“Ya preparé algo para el pic-nic mañana,” dijo. “No te olvides que lo habíamos programado.”

“Perfecto,” respondió Diego algo distraído, estaba pensando en los invisibles hilos del destino que le había llevado a sentarse justo al lado del Sr. Guzmán y enfrente del gordo Pascual.  Si eso fue casual, él no se llamaba Diego Merelo.  Era inconcebible que aquella calle no fuera la calle Fuentes.  ¿Y si era? ¿Y si Villegas estaba en ese lugar?

¿Entonces qué?  Mejor sería hacer una cosa a la vez.  Primero, era imprescindible establecer que la dirección y su vivencia concordaban.  De ahí, el próximo paso sería avisar a la policía. ¿Qué problema había? Los que secuestraron a Villegas no tenían la más mínima idea de que él hubiese recibido esta información. Y un tipo andando en bicicleta no les sorprendería, menos un sábado por la mañana. ¿O sería mejor ir ya? No.  El barrio California estaba muy en las afueras si no se equivocaba.  Mejor sería levantarse bien temprano …. Echó una mirada a su reloj y se levantó con apuro.

“¡Que tarde se hizo, Adela! ¿Vamos a la cama?”

“Vamos. ¿Vas a terminar tu té?”

Diego tragó el té ya tibio un poco avergonzado. “Estuve pensando,” sonrió.

Una vez acostados Diego sintió una gran necesidad de abrazar a su mujer, tan querida, tan leal y tan segura en este nuevo mundo que parecía ondular en torno suyo, amenazando su sano juicio y llevándolo casi contra su voluntad hacia acontecimientos llenos de peligro. Tomó a Adela en sus brazos y se amaron con pasión, el futuro era un signo de interrogación del que hicieron caso omiso.

…………………………………………………….

 

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