El Reflejo Oscuro (Segunda Parte)

Cuando Lucia volvió, acostumbrada a llegar a una casa vacía y silenciosa, encontró a su madre sentada escuchando música ligera y remendando una blusa, la casa fragante con el aroma de una torta recién hecha.

– ¡Mamá! – exclamó sorprendida. – ¡Qué te pasa? ¿No tenías tu Club de Jardinería hoy?

– Si, pero no fui, decidí quedarme acá tranquila y terminar de una vez por todas estas cosas que hay que arreglar y remendar. Además… ¿tenés hambre? Hice una torta que saqué de un libro de recetas que compré hoy. Podemos tomar la merienda juntas si querés.

– Pero sí mamá. ¡Qué bárbaro! En seguida vengo.

Así empezó el nuevo ritmo de vida para la familia. Beatriz siempre estaba en casa, hacendosa, tranquila, con tiempo para charlar y acompañar a Lucia cuando quería ir al cine o hacer compras.

Roberto vino a Buenos Aires por negocios y no lo pudo creer. Desde su infancia su madre siempre había tenido actividades fuera de casa. Si no era un Bridge-Canasta para el hogar de Ancianos de acá, era una exposición de rosas en su Club de Jardín por allá. Un constante ir y venir, correr contra el tiempo, llamadas con el celular para organizar esto, aquello y lo otro.

– ¿Qué te pasa, mamá? – preguntó. – ¿Estás enferma y nos estás escondiendo algo? Nunca, jamás, fuiste así. Es muy sospechoso.

– Llegué a la conclusión de que mi manera de vivir era equivocada, nada más, – se rió Beatriz. – De verdad, Roberto, no escondo nada, estoy perfectamente bien aunque doy como excusa que necesito reposo y que el médico me encontró nerviosa, etc.etc. Es invento mío. No fui a ningún médico hasta ahora. Pero no se puede decir ‘desde hoy no sigo más en el grupo porque no tengo más ganas’. ¡Queda mal!

A pesar de sus palabras animadas Roberto no estaba tranquilo. Sintió la sombra que envolvía el corazón de su madre y se fue a hablar con Pablo.

Pablo sacudió la cabeza.

– No sé Roberto. Todo empezó cuando Facundo se compró la moto. Mamá estuvo muy mal todo aquel fin de semana. Me dijo que había visto una imagen premonitoria de Facundo y Lucia accidentados.

– ¿Muertos?

– Sí, aparentemente. Traté de calmarla pero no había caso. Luego habló con una amiga, Ana Santander, y desde entonces dio esta vuelta y media. Ahora se dedica a ser ama de casa y madre con la misma intensidad con que antes hacía todas las otras actividades.

– Hummm, ¿y vos? ¿te preocupa esa visión de mamá? ¿Creés que pueda haber sido algo válido?

– No sé, Roberto. De acuerdo a Ana, tu madre está convencida de que aquello que vio, va a suceder, aunque no sabe cuándo, por supuesto. Personalmente siento que, como tu madre es una persona bastante emocional, la visión aquella puede haber sido una mera imaginación. De todos modos me he ocupado de conocer mejor a Lucia, tener largas conversaciones con ella y tratar de llegar a una relación más profunda. Creo que nunca hemos estado… los tres… tan unidos.

– ¿Y si la convencés  que deje a Facundo?

– No creo que sirviera de mucho.

– El Destino nunca puede ser una cosa inflexible, papá ¡No somos musulmanes, por Dios! ¿Cómo podés aceptar esto sin hacer nada? Por lo menos decíle a Facundo que venda la moto o ayudále a comprar un coche.

– Si hace sólo un mes que tiene la moto, más o menos, Roberto. Además, no puedo meterme tan arbitrariamente en los asuntos de Facundo.

– Le podés contar de la vision que tuvo mamá.

– ¿A Facundo ? De ninguna manera. Él le contará todo a Lucia y eso sería el fin. Lucia no dejaría de pensar en este asunto, se obsesionaría. Sería un desastre. Creo mucho en las fuerzas mentales. Una persona que tiene miedo de alguna enfermedad tarde o temprano la contrae. Roberto, te prohíbo hablar de esto con Facundo y con Ignacio. Te lo digo a vos porque eres callado y pensador. Mamá cree en el karma o destino y la reencarnación, lo sabemos todos. Para ella, esto debe ser aceptado con total entrega, con total humildad. Es una prueba para nuestras almas, elegida por nosotros antes de nacer. Lucia nació necesitando sólo veinte o veintidós años de vida en la Tierra en esta encarnación, nos eligió a nosotros como padres y nosotros debemos brindarle todo el amor inegoísta del que somos capaces.

– ¿Cómo sabés todo esto? ¿Hablaste con ella?

– No, con Ana.

– ¿Y si muere Lucia vas a decir que era la voluntad de Dios, sin haber hecho nada para impedir el accidente, o aprovechar la premonición? ¡Papá, me asustás! ¿Están los dos hechizados, o qué?

– Roberto, ya te dije, es posible que lo que mamá vio no fuera para nada una visión premonitoria, sino una reacción exagerada frente a un temor natural, y que esto es lo que creo yo. Sin embargo… todo esto me ha ayudado a conocer mucho mejor a Lucia, y a lamentar no haberlo hecho con vos y con Ignacio. Los conozco, sí, pero a grandes rasgos, no a fondo. Por ejemplo, tu reacción recién me sorprendió un poco, nunca te conocí tan afectado por circunstancia alguna. Ustedes son mis hijos, pero al mismo tiempo, dos individualidades casi desconocidas. Si de verdad me elegiste como padre y por inconsciencia o pereza no he cumplido con mi deber y responsabilidad como un padre debiera, o como lo esperabas, te pido, ahora, un sincero perdón.

Roberto quedó callado, contemplando su padre con una mirada profundamente conmovida. Pablo jamás había llegado a ser el padre que Roberto en el interior de su ser siempre había anhelado. Su ecuanimidad, su afecto templado, su aparente desinterés habían herido un poco a su alma sensible.

– Creo que siempre querías más de lo que yo estaba dispuesto a darte ¿no es así, Roberto?

Con gran esfuerzo Roberto trató de ser mesurado y honesto cuando al final contestó, a pesar de la conmoción que sentía.

– Puede ser, pero quizá también era necesario. Me ayudó a ser más fuerte, a depender más de mi mismo.

– Quiero que sepas que ahora soy otro. Debido a todo este asunto de Lucia he cambiado mucho, Roberto. Me gustaría ser tu amigo, no sólo tu padre.

Roberto levantó la mirada lentamente y dijo en voz muy baja:

– Lo somos, papá. Lo fuimos siempre.

 

Antes de volver a Rosario, Roberto llamó a Facundo por teléfono.

– ¿Estás en casa ahora por un rato? – preguntó. – Vuelvo a Rosario mañana temprano, pero quería verte antes de irme. Pensé que podría ir ya, si vas a estar.

– Si, por supuesto, vení nomás, viejo, – respondió Facundo, y Roberto se dirigió a su casa enseguida.

Facundo tenía veintitrés años, era estudiante de arquitectura y fanático del rugby. Roberto apenas lo conocía porque ya vivía en Rosario cuando Lucia empezó a salir con él. Vivía en una casa modesta en Martínez junto con sus padres y dos ovejeros alemanes que se acercaron ladrando al portón cuando Roberto tocó el timbre. Facundo salió de la casa, hizo callar a los perros con una orden brusca y dejó pasar a Roberto.

–  Vamos a mi cuarto – dijo. – Allí estaremos tranquilos.

Su cuarto estaba muy ordenado, en total contraste con el resto de la casa, donde el desorden era notable. La cama estaba elevada, y debajo de la misma se encontraba la mesa de dibujo. Un placar grande y varios estantes cubrían las paredes. Libros; algunas cerámicas; pequeñas esculturas; y varias plantas llenaban los estantes. El piso tenía moquette y había dos silloncitos y una mesa baja de cristal.

Roberto reparó en Facundo con sorpresa. Era una faceta de su personalidad que no había esperado. Facundo indicó a Roberto uno de los sillones y le ofreció un trago. Curioso, Roberto aceptó, y Facundo abrió una puerta baja del placar descubriendo una pequeña heladera.

– Trato de ser lo más independiente posible, – aclaró, sacando una gaseosa y hielo. – Mi madre es asistente social y tiene muchísimo trabajo. Es muy buena en su profesión pero como ama de casa deja mucho que desear. Mi padre ya se acostumbró, pero en cuanto tuve un poco de guita arreglé mi cuarto a mi gusto, lo limpio yo, y trato de vivir de forma más independiente para que no haya roces ¿Querés un whisky?

– No, gracias. Tengo ganas de tomar algo sin alcohol.

Facundo sirvió la bebida en hermosos vasos anchos de cristal y luego prendió el grabador importado. Una música suave, de fondo, llenó el cuarto.

– Bueno. – dijo, desplomándose en el otro sillón. – ¿De qué me querías hablar?

Roberto lo contempló con una expresión seria, tratando de buscar las palabras exactas frente a este nuevo aspecto de Facundo que no había esperado. Finalmente dijo:

– ¿Notaste algún cambio en mi madre últimamente?

– Está más tranquila, más callada ¿no? Lucia me lo ha mencionado varias veces, me dijo que había abandonado todas sus actividades fuera de la casa, y que se dedicaba ahora mucho al jardín y a Lucia misma.

– Exacto. Parece que le afectó mucho la adquisición tuya de la moto. ¿Te dijo algo?

– En absoluto ¿Por qué?

– No, por nada, te preguntaba no más. Estoy un poco preocupado por ella, la veo muy… qué sé yo… ¿triste? Sabés, está justo en la época difícil de las mujeres en que cualquier cosa las deprime muchísimo. ¿No habría posibilidad de cambiar tu moto por un auto, no? Tengo la impresión de que se hizo una idea morbosa de lo peligrosas que son las motos, y no se la puede sacar de la cabeza. Como no dice nada es peor. Si gritara y protestara… pero lo guarda todo y eso siempre es un peligro.

– Lamento mucho la reacción de tu madre, Roberto, – respondió Facundo. –

Y tener un coche es por supuesto lo que deseo, pero estoy pagando un platal indexado cada mes para la moto y hace sólo un mes y pico que la tengo, así que te podés imaginar lo que me falta pagar. Además conseguí trabajo y para llegar del Estudio a la Facultad a tiempo la necesito. Por eso la compré.

De todos modos, y ya se lo dije a tu madre, ya tuve una moto. Con esa, sí, hice de todo, corrí como loco, cualquier cosa. Pero ahora soy más consciente de todo, del costo de las locuras, de la necesidad de ser medido, de lo que significa la responsabilidad, incluso de la vida misma.

Roberto dio un profundo suspiro.

– Entiendo, – dijo. – La cosa era que como no te conocía bien quería estar seguro de que esa era realmente tu actitud. Si a Lucia le llegara a pasar cualquier cosa…

– Me romperías el alma, – sonrió Facundo. – No te preocupes, no haré ninguna pavada mientras ella esté en la moto, perdé cuidado. ¿Te sirvo algo más?

– No, no gracias.  No quiero quitarte más tiempo, era sólo eso, la reacción de mi madre me preocupaba mucho y quería estar seguro de que en realidad es una idea que tiene que no está basada en ningún razonamiento lógico. Será, bueh… el temor natural e innato a los peligros que presentan las motos.

– Te comprendo, Roberto, y respeto tu inquietud.

– No le digas nada a Lucia respecto a esta visita, por favor, Facundo. Seguro que se enojaría un poco y me consideraría un metido.

– De acuerdo, y que te vaya bien. ¿Te vas mañana?

– Sí, tomo el avión de las nueve.

Se despidieron y Roberto volvió a casa más tranquilo. Pero a pesar de su conversación con Facundo volvió a Rosario con cierta angustia. Rechazaba el fatalismo de sus padres, pero no encontraba ninguna alternativa.

Un día cuando pasaba por delante de una iglesia entró y se sentó en uno de los bancos. Allí se quedó largo rato pensando en Lucia, cuando era bebita; piba de doce años; adolescente; y ahora una radiante belleza de diecinueve años.  Casi sin darse cuenta empezó a rezar.

Que no muera, Lucia. Si alguien debe morir, llévame a mí, pero no a ella. Lucia es como una luz, un brindis a la felicidad para todos aquellos que la conocen. No la lleves, Señor… no la lleves.

Un recuerdo de su infancia se deslizó entre sus pensamientos. Tendría unos ocho años y rezaba con el mismo fervor y casi con las mismas palabras. “Oh! Señor, que no llueva el sábado, por favor, que no llueva.” Lo habían invitado a un asado y cuando llovió a pesar de sus oraciones se acordó de la expresión grave de su madre cuando le dijo: ‘Por algo será, Robertito, no te enojes con Dios, decí “Tu voluntad y no la mía.” Total, habrá más asados.

Tu voluntad y no la mía, la oración más difícil que existía.

¿Terminaré yo también fatalista? – se preguntó con amargura, y levantó la mirada hacia el altar. En ese momento un rayo de sol iluminó el vitral detrás del altar, creando un círculo de color de pasmosa belleza. De algún modo Roberto se sintió reconfortado y salió a la calle con un paso más liviano.

Mientras tanto, Nené, la mujer de Ignacio, se enfermó y tuvo que ser internada de urgencia en una clínica de Buenos Aires. La madre de Ñata, la chica que les ayudaba en la casa, dijo que sin la presencia de Nené, su hija no podía quedarse en la casa sola con Ignacio.

– ¿Podés venir conmigo a casa, mamá? – Ignacio pidió a Beatriz. – Lucia puede cuidar a papá acá. Nunca te lo hubiera pedido, pero como ahora estás más libre y la vida de campo es muy tranquila… Te agradecería muchísimo que vinieras.

(No – pensó Beatriz. – ¡No! ¡No! ¡No! ¡ Cómo alejarme cuatrocientos kilómetros de Buenos Aires y de Lucia ahora? Imposible, Ignacio, totalmente imposible. Lo Lamento querido, pero…)

– ¿No habría otra muchacha, no? – preguntó con cautela.

– Buscamos meses hasta encontrar a la Ñata, si estás vos la madre la dejaría volver. Es una buena chica, a pesar de tener sólo diez-y-siete años y no quiero perderla justo ahora para cuando vuelve Nené. Total, será por un par de semanas, más o menos.

– Andá, má, te hará bien, – exclamó Lucia. – Yo puedo cuidar la casa a la perfección, ya verás. Además, así practico.

Beatriz los miró, angustiada.

– Es tu karma, mamá, – dijo Lucia con picardía. – ¡No lo vas a poder evitar!

– Si Ignacio te necesita creo que debes ir, Beatriz, – dijo Pablo. – Será por poco tiempo, te hará bien tener un cambio de paisaje, y es hora de que Lucia aprenda a manejar la casa.

Beatriz capituló.

– Bueno, cuando quieras, vamos.

– Muchas gracias, má. A Nené le dan de alta mañana y se quedará en la casa de la madre hasta que los médicos le den permiso para volver al campo. Podemos salir pasado mañana a las siete. ¿Estamos?

– Sí, sí. Total, acá todo está en orden. Lucia, te haré una lista y cualquier cosa llamáme, tenés mi celular. Pablo, a la fiesta de los Sosa tendrás que ir solo… y el ambo azul de papá está en la tintorería, Lucia, recién lo llevé ayer, así que, tendrás que buscarlo antes de la fiesta, lo anotaré.

 

Partieron a las siete en punto. Beatriz siempre se asombraba por la increíble puntualidad de su hijo menor.

Ya era plena primavera, los frutales estaban llenos de flores y los campos llanos de la provincia de Buenos Aires se extendían hasta el horizonte en una bellísima variedad de verdes. Ignacio manejaba bien pero muy rápido y con la radio a todo volumen. Toda conversación era imposible, así que Beatriz se dedicó a disfrutar del paisaje, y a pensar un poco cómo iba a llenar los días hasta que Nené estuviera de nuevo restablecida.

Llegaron al pueblo, Las Porteñas, a las once y media. Buscaron a Ñata, compraron víveres y siguieron hasta la estancia donde fueron recibidos con vociferante alegría por los perros. El casco era viejo y típico. Un patio con un aljibe, rodeado por los tres lados, por una galería y una hilera de cuartos. Un jardín grande, lleno de árboles de todas clases y tamaños; enormes arbustos flameantes con sus flores primaverales; un paseo cubierto de glicinas en flor, un sueño de lila y perfume tenue. El césped se desplazaba en un verde brillante y parejo bajo los árboles, y en la modorra del medio día, la paz y el silencio eran algo casi palpable.

Beatriz dio un respiro profundo y estiró los brazos.

– Qué lindo es, Ignacio, ¡Cómo han trabajado en el jardín!

– Sí, ¿no? Vení, te quiero mostrar la casa. Todavía falta mucho, por supuesto, pero poco a poco …

Ignacio se adelantó y Beatriz lo siguió con una pequeña sonrisa. Cuánto había cambiado este segundo hijo suyo desde que se había casado. Alto, robusto, quemado por el sol, ahora, a los veinticinco años era todo un hombre. Lleno de confianza en sí mismo, administraba la estancia con suma capacidad. Siempre había sido extrovertido pero… qué distinto a Roberto que ya… Dios mío… tenía veintisiete años y todavía parecía tan joven. Roberto era delgado, más bajo que su hermano, y demasiado sensible para un mundo hostil y duro.

  “Fascinante cómo maduran los hijos” – pensó su madre con ternura.

Ingresaron a la sala y Beatriz se detuvo con un fuerte suspiro. Antes había sido una pieza larga, angosta y sin carácter, ahora la habían transformado en un hermoso living. El piso, de mosaicos rústicos y oscuros; dos sofás grandes de cuero frente al hogar, sillones, y una mesa baja de algarrobo macizo entre los sofás; estantes llenos de libros y objetos de cerámica; un amplio ventanal nuevo, que daba al jardín; las paredes blancas, un fondo simple para los batiks y tapices indígenas que tenían colgados.

– ¡Ignacio! – exclamó. – Jamás hubiera imaginado un cambio tan completo. ¡Es sensacional! Nunca lo imaginé así. ¡Te felicito! Realmente es increíble…

– Sí, ¿no? – Ignacio irradiaba orgullo.

El comedor, también renovado, era austero y muy simple, siguiendo con las paredes blancas y los muebles oscuros. El resto de la casa era más o menos como la recordaba Beatriz. Pisos de baldosas y cielorrasos de madera, ventanas altas y angostas y el baño todo blanco con una voluminosa bañera.

– Por el momento no habrá agua caliente, pero ya para después del almuerzo sí, si te querés bañar, – dijo Ignacio al dejar la valija de su madre en el dormitorio. – Calculo que comeremos a la una.

Beatriz desempacó sus cosas y las acomodó en el armario. A la una menos diez se presentó en el living e Ignacio le sirvió un jerez; él ya estaba tomando una cerveza. La comida se sirvió a la una en punto.

– Siempre fanático por la puntualidad, veo, – sonrió Beatriz sentándose junto a la mesa.

– Oh, sí. Me enloquece la gente impuntual, – dijo Ignacio. – No aguanto… espero quince minutos y si no aparecen, chau. Ya me conocen y se están acostumbrando.

– Hay algo que me interesa mucho: ¿Es verdad que han decidido usar el método de cultivo orgánico aquí en la estancia?

– Sí. Por supuesto es un proceso lento pero me he convencido de que los fertilizantes e insecticidas a la larga no son beneficiosos. Es importante alimentar a la tierra misma, y mantener así su rendimiento y la calidad de la cosecha y del forraje, así lo que come la hacienda está libre de elementos tóxicos y el hombre también se beneficia.

– Que es lo más importante.

– Exacto. La tierra nutre a la vida física. Los fertilizantes y los productos químicos sólo alimentan a las plantas a costa de la tierra, dejándola dentro de pocos años cansada, quemada e inútil. Los estudios sobre el valor nutritivo del forraje y la cosecha cultivados con el uso de fertilizantes no son positivos, así que los dueños de la estancia se decidieron por el cultivo orgánico y estoy muy contento con la decisión. Nené también está entusiasmadísima, como sabe francés ahora se le ocurrió escribir a Francia pidiendo información y folletos.

Conversaron entonces de Nené, Pablo, Lucia y Facundo.

– Parece un tipo macanudo.

– Lo es… estudia arquitectura y es muy trabajador. Creo que es un buen compañero para Lucia.

– Sería lindo para ella si pudiera ir el año que viene a España a conocer a los primos. Le corresponde. Nunca me olvidaré del viaje que hice junto con Roberto. ¿Te acordás?

– Por supuesto. Dos locos lindos en España. (¿Estará Lucia el año que viene?)

Cuando terminaron de almorzar, Beatriz se retiró a su cuarto y se tendió sobre la cama. Estaba muy cansada, no sólo por el viaje sino también por la continua lucha interna de mantenerse firme en su decisión de aceptar el destino con coraje y dignidad.

Como Ignacio había estado diez días en Buenos Aires tenía mucho trabajo atrasado y estaba muy ocupado. Beatriz había traído el tejido; su telar; varios libros, pero su energía innata la llevó afuera y trabajó horas en el jardín sacando yuyos, podando, cortando, ordenando y regando. El trabajo le cansaba pero le daba mucha satisfacción. Además encontró una pila de ropa guardada para remendar y arremetió también con entusiasmo reduciéndola en pocos días a proporciones menos imponentes.

La tranquilidad, la belleza del jardín y de la casa fresca, calmaron sus nervios y le abrieron de nuevo el apetito. Comía mejor; dormía mejor, y empezó a lograr un punto de vista un poco más objetivo de su vivencia y, a pensar que, quizá, Pablo tenía razón y en efecto estaba haciendo una montaña de un hormiguero.

Ignacio hablaba seguido con Nené en Buenos aires, y por medio de ella supieron que Lucia estaba desenvolviéndose de manera admirable y que todo andaba bien. Cuando Ignacio le pidió a Beatriz si quería llamarla, sacudió la cabeza con una pequeña sonrisa.

– No, Ignacio. Que Lucia aprenda a depender de si misma, – dijo. – Seguro que se está divirtiendo en forma.

De repente cambió el tiempo. Se nubló y empezó a hacer frío y a lloviznar. Como no podía trabajar en el jardín Beatriz salió a caminar con los perros. El aire fresco y la lluvia fina que mojaba su rostro la llenaron con una profunda alegría. Bajo el inmenso cielo gris, los árboles; los molinos; los animales; todo parecía tan insignificante…

¿Y yo? – pensó Beatriz. – Tan metida en mis asuntos que ni tiempo tengo para alabar a Dios por toda la creación ¡tan vasta y maravillosa!

Los perros, extasiados, levantaron perdices y corrieron liebres imaginarias. Beatriz agradeció sus bendiciones con una simple y sincera oración mientras lluvia y lágrimas se entremezclaron sobre sus mejillas. Volvió a la casa, pensando en la tierra que gozaba de esa lluvia suave y renovadora, y en la alegría de los perros cuyas lenguas rosadas colgaban de sus bocas sonrientes mientras trotaban contentos a su lado. Cuando llegó vio a Roberto que salía a su encuentro. Por un segundo su corazón dio un golpe de temor.

– ¡Roberto! – exclamó. – ¿Qué pasó?

– Nada, decidí pasar el fin de semana con ustedes, ya que mi mamita estaba cuidando de mi hermanito. ¿Qué tal? Que quemada estás, otra persona. Me dijo Ignacio que te veía mejor. ¿Cómo andás de los nervios, hummm?

Se besaron y Roberto le dio un gran abrazo.

– ¡Qué mojada estás! Y tu cara está helada. Vení a la sala que Ignacio hizo prender el hogar.

– En seguida, querido, primero quiero cambiarme de ropa. Qué alegría verte. Preparame un jerez mientras tanto.

Beatriz se secó el pelo cambió su ropa húmeda y volvió alegre al living. Las llamas bailaban con infinitas variaciones alrededor del gran tronco en el hogar. Extendiendo las manos hacia ese grato calor dijo:

– ¿Cómo andás, hijo mío? ¿Qué es de tu vida? ¿Viste que linda está la estancia?

Charlaron con animación. Entre ellos siempre había habido un trasfondo de comprensión que muchas veces hasta obviaban palabras. Entró Ignacio con una gran sonrisa.

– Qué sorpresa ¿no, Má? Che, flaco buena idea la tuya de venir a visitarnos, y gracias por la lluvia. Justo lo que necesitábamos.

– Uno hace lo que puede, viejo. Espero que dure.

– Un día más quizás. ¿Te mojaste mucho, mamá? Me dijo la Ñata que habías salido con los perros.

– Fue lindísimo. Había estado adentro todo el día así que me fui a caminar y me hizo mucho bien.

– La verdad, tenés otro aspecto que cuando te vi en Buenos Aires, – declaró Roberto – ¿Qué noticias de Nené, Nacho?

– Muy buenas, che, pero todavía tiene que ver al médico la semana que viene para que le diga cuándo puede volver. ¿Qué tal en Rosario?

 

No supo Beatriz el momento exacto en que una sensación de repentina angustia la invadió. Trató de disimularla frente a sus dos hijos, ambos tan buen mozos y felices, pero algo en las profundidades de su mente estaba luchando por salir a la luz. Con creciente ansiedad buscó en su interior algún indicio, alguna clave.

La noche había caído con silenciosa opacidad, y la larga sala iluminada por pocas luces y las llamas del hogar presentaban un cálido cuadro. Ignacio corrió las cortinas y puso un CD en el grabador. Sirvió un whisky a su hermano y un jerez a su madre, él tomaba sólo cerveza. Los hermanos charlaron hasta que Ñata anunció que la cena estaba servida y se trasladaron al comedor.

– ¿Qué hora es? – preguntó Beatriz después de un rato.

– Son las nueve y media.

Beatriz sintió súbitamente un estallido en su cerebro. ¡El domingo era el Dia de la Madre! ¡Por eso había venido Roberto! Y Lucia… ¡Lucia y Facundo estaban en camino para la estancia!

  Dios mío… ¡La noche ha llegado! Lucia está por mo…! No tengo la fuerza! ¡Señor, dáme la fuerza! ¡Dámela te lo ruego!

– ¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Te sentís mal?

Roberto, notando de repente la cara gris de su madre y de su evidente malestar, corrió a su lado y la tomó con fuerza.

– Ignacio, – susurró Beatriz cuando pudo controlarse. – ¿Vienen Lucia y Facundo también este fin de semana para pasar el Día de la Madre conmigo?

Roberto dio un pequeño jadeo incontrolado y a su vez se puso pálido. Ignacio los miró con inmensa sorpresa.

– ¡Mamá! ¡Roberto! ¿Qué les pasa? Sí, efectivamente, papá tiene gente de negocios de Europa o algo por el estilo, así que Lucia y Facundo vienen en la moto. Iban a salir esta tardecita. Los espero alrededor de las doce más o menos… pero no entien…

–  ¡NO! – gritó Beatriz. ¡NO, NO, ¡NO!

Cubriéndose la cara con las manos inclinó la cabeza sobre las rodillas hamacándose y susurrando “no, no, no” sin cesar.

Ignacio se levantó con tanta prisa que la silla en la que estaba sentado cayó al suelo.

– Controlate, mamá, – gritó furioso. – ¿Qué es esto? ¡Parece un velorio! Pensé darte una sorpresa. Cuando supe que venía Roberto se lo mencioné a Nené y ella me dijo anoche que Lucia y Facundo habían decidido venir también y que salía esta tarde.

– ¿Cuando supiste que Roberto venía?

– Y, hace ya varios días.

– Ignacio, – Roberto estaba en cuclillas al lado de su madre, abrazándola. -Mamá tuvo una visión premonitoria hace ya unos meses… (me lo contó papá) … en la que vio a Lucia muerta en la ruta y a Facundo herido de gravedad debido a un accidente, de noche, con la moto.

  ¿Y vos también has vivido con esto? – pensó Beatriz.

– ¿Están locos? ¿Creyendo en visiones premonitorias y cosas por el estilo? ¡Qué reacción más exagerada! – La voz de Ignacio aumentó de volumen. – ¿De todos modos, por qué no me lo dijeron? ¿Cómo es que no me dijeron nada de esto? Toda la familia lo sabe menos yo. ¡Siempre lo mismo! Ahora si algo pasa, tengo yo que aguantar la carga de consciencia ya que yo los invité a pasar el fin de semana acá.

– No va a pasar nada, – interrumpió Roberto con una voz fuerte. – Vamos, mamá. Ya vas a ver, van a llegar sanos y salvos a la hora que los esperaba Ignacio. Calmate, Ignacio, cuanto más bochinche hagamos más fuerza damos a la imagen de un accidente. Vení a sentarte en la sala, má.  Decile a la Ñata que traiga un termo de café bien fuerte, Nacho.

De repente Beatriz se controló y se paró con firmeza.

– Perdón, chicos, – dijo en voz baja. – Lamento muchísimo haber causado todo este… este drama. Seguro que fue todo una idea mía, por temor a las motos. No lo tomen en serio, seguro que nada va a pasar. Yo quisiera un té de yuyos si fuera posible, Ignacio.

Y se trasladó a la sala con pasos tranquilos. Ignacio, sacudiendo la cabeza, y más confuso que nunca, pidió a Ñata café y un té de yuyos para su madre. Luego se sirvió un cognac.

– Perdoname, mamá, – dijo. – Pero tenés que contarme más de esta premonición tuya.

– Luego, Ignacio, cuando hayan llegado.

– Si es que lle…

– ¡Ignacio! explotó Roberto

– Tenés razón Roberto, pensar en algo le da fuerza, sea positivo o negativo, ya lo sé. La cosa es que estoy… demasiado conmovido. Me duele no haber sabido. Si pasa algo…

– Será el destino, y vos serías un mero instrumento.

– ¡Lo que no me reconforta para nada!

– Si alguien puede considerarse culpable soy yo, Ignacio, – dijo Beatriz. – Soy yo por no haber hablado de esto… ni con Lucia ni con Facundo, ni siquiera con Roberto. Él lo sabe por tu padre. Decidí no mencionar este asunto a nadie por esta exacta razón, si cinco personas pasan días y meses pensando en eso y sugestionados por algo tan negativo como aquella premonición, tarde o temprano actuarían como imanes para que ocurriera. Desde que tomé la decisión de no divulgarlo he tratado de reemplazar la imagen con pensamientos alegres y sanos. Justamente hoy había llegado a darme cuenta de lo mucho que tengo que agradecer a Dios, y no sentirme desdichada por una mera premonición que, con toda probabilidad ni se cumplirá. Mi reacción en la mesa fue irracional e infantil. Que se cumpla la voluntad de Dios y que seamos lo suficiente maduros para aceptarla.

“¿Cómo puedo hablar así?” se preguntó. “En cualquier momento se producirá el accidente. El momento ha llegado, lo sé como sé que hoy es viernes y mañana es sábado. Lucia… Lucia… Que no sufra, que ni se dé cuenta… Oh! Dios, Dios, Dios..!

Con los ojos cerrados luchó con las olas de sufrimiento que amenazaban ahogarla, mientras sus palabras flotaban en el silencio con resonancias sutiles que inundaban cada vez más las almas de Roberto e Ignacio.

Para Roberto todo se hizo intensamente claro y nítido. Notaba cada pelito que crecía sobre los dedos de sus manos, cada veta del algarrobo de la mesa frente a sus ojos. Escuchaba pequeños ruidos nocturnos en el jardín a pesar de que las ventanas estaban cerradas. Escuchaba el respirar de su madre y de su hermano, los luminosos chispazos de las brasas en el hogar. Olía el perfume de las flores en el florero, y, mucho más tenue, el de la cera con que habían lustrado el piso y el del coñac que tomaba Ignacio. Trataba de recordar la paz que había sentido aquella vez en la iglesia en Rosario y a la vez de romper el velo para poder “ver” si Facundo y Lucia estaban bien.   Repetía en silencio, casi de manera inconsciente, las palabras “Oh!, Dios Todo poderoso, protégelos”, y al mismo tiempo trataba de aceptar el desafío de las palabras de su madre. Más bien la afirmación: Aceptar. Un pedido, en un caso como éste, por un coraje difícil de alcanzar.

“¿Lo tendré?”, se preguntó, y no lo supo.

Ignacio, aunque muy herido, entendía la razón por la que su madre no le había dicho nada. Un profundo e irracional sentido de culpa lo azotaba, dificultando su respiración a tal punto que requería toda su voluntad para mantenerse quieto. Sabía que si decía algo, si se movía, perdería todo control sobre sí mismo, quizá, hasta estallaría en llanto. Después de un rato empezó a repetir el Ave María, las palabras surgían de algún rincón de su mente donde habían estado archivadas durante su pubertad.

No supieron por cuánto tiempo estuvieron sentados así. Parecían siglos.

 

Sonó el celular de Ignacio.

Él se levantó de un salto. Roberto se dio cuenta de que también se había puesto de pie. Sólo Beatriz permaneció sentada con los ojos cerrados. Su rostro no demostraba ninguna emoción. Ya había pasado más allá del sufrimiento.

– Hola… hola. Sí, Las Porteñas tres-dos. ¿Quién habla? Hola, hola. Nos llaman de Fernández, larga distancia. ¿Hola?

– ¿Dónde queda Fernandez?

– Y… a ochenta kilómetros de acá. Es un pueblito… ¿Hola? ¿Hola?… Sí, ¡soy yo, Ignacio…! ¡Papá!  ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? Salgo para allí ahora mismo… sí, no te preocupes, conozco el camino como la palma de la mano… está aquí, te doy con ella. Mamá, papá te quiere hablar.

Ignacio, pálido bajo la piel bronceada, pasó el celular a la mano de su madre y salió del living corriendo. Roberto corrió detrás de él.

– Ignacio… ¿qué pasó? Decíme, – jadeó.

– Venían en el coche y chocaron pero están bien. Están en Fernandez, los voy a buscar.

– Te acompaño.

– No, quedate con mamá. No la podemos dejar sola.

– Tené cuidado, Nacho… no queremos más dramas.

– Ya sé, loco, chau. Ahora te cuenta todo, mamá.

Minutos más tarde el estrépito del motor de su coche irrumpió sobre el pacífico silencio de la noche, y Roberto, parado en el húmedo aire oscuro lo escuchó alejarse con un extraño sentimiento de alivio y humildad. Volvió lentamente a la sala. Beatriz con la cara radiante, levantó los brazos y lo abrazó con fuerza a pesar de estar tan cansada. Después de un rato Roberto la guió hacia el hogar, la hizo sentar en el sofá y echó más leña al fuego.

– Contáme.- dijo

– Cuando papá se enteró de que venían Facundo y Lucia en la moto se los prohibió y dijo que vendrían los tres en el coche. Como excusa dijo que era demasiado peligroso por el tiempo lluvioso, y que quería él también estar aquí con nosotros para el día de la madre.

– ¿Y?

– Bueno… salieron a las cinco y media para llegar aquí a esta hora más o menos. Chocaron a las nueve y media. Había un camión sin luces estacionado en una curva. Además en esa curva había unos árboles que formaban una cortina, pero justo cuando la tomó salió la luna por entre las nubes y papá alcanzó a ver el camión. Frenó, pero estaba tan mojado el camino así que patinó y lo chocó. Perdió el control del coche que subió a la banquina, dio vuelta y media y quedó así. ¡Menos mal que tenían puestos los cinturones de seguridad! Facundo se golpeó bastante. Lucia, un poco la cabeza, papá la rodilla. El camión huyó, ¡qué sinvergüenza! Pero por suerte un señor en una camioneta pasó al ratito y los llevó a Fernandez con todas sus cosas y de allí a la casa del médico y están ahí ahora esperando a Ignacio. El coche está bastante chocado… pero… Roberto… no pasó nada, ¡no pasó nada! Si hubieran venido los chicos en la moto…

Roberto, sentado en la alfombra al lado de su madre le apretó la mano y dijo:

– No pienses en éso, má. Ya pasó todo.

– ¿Cuánto tardarán en llegar?

– Y… dos horas, dos horas y media.

– Hubiera querido acompañar a Ignacio.

– Lo pensamos, pero ellos son tres, viajarán más cómodos así.

– Tenían razón. ¿Quedó café?

– Cualquier cantidad ¿querés?

– Sí, uno doble ¿y vos?

– También.  Buena idea.

Tomaron el café, luego Beatriz preparó las camas y puso una pava a hervir, tratando de obligar al tiempo a pasar más de prisa.

– Juguemos a la batalla naval. ¿Te acordás cómo se juega?

– ¿Cómo lo iba a olvidar?

Estaban ya en su sexta partida, y Roberto ganaba una vez más, cuando oyeron el rugir de un coche en la distancia. Salieron al jardín con sus corazones palpitantes. Los faros cortaron un arco de luz en la oscuridad y pocos minutos después los accidentados bajaban con cuidado del coche, sus caras relucientes a pesar del cansancio.

Lucia, vencida por la emoción, se puso a llorar. Tenía una gran venda en la frente y se había cortado el labio. Facundo llevaba el brazo izquierdo vendado y tenía la cara muy golpeada. Pablo rengueaba.

Roberto, después de abrazarlos ayudó a Ignacio a entrar las valijas y los sacos. En pocos momentos estaban acomodados frente al hogar tomando caldo caliente mientras Beatriz preparaba sándwiches. Se repitió cada detalle del accidente varias veces en la conversación, el camión estacionado; todo velado; los árboles cerca de la curva que dificultaban la visibilidad; la repentina aparición de la luna. El choque.

– Cuando chocamos, – dijo Lucia contemplando el sándwich que tenía en las manos. – Pensé: Si hubiéramos estado en la moto sin más nos matábamos. Me vi tirada al lado del camino junto con Facundo en posiciones todas angulosas, y la moto chocada y torcida. Era tan…

– ¡No seas morbosa, Lucia! – interrumpió Facundo con violencia, aplicando  hielo a sus moretones.

Los otros quedaron silenciosos, pasmados.

– Y pensar que por poco ni me entero que iban a venir. – dijo Pablo pensativamente. – Volví muy tarde el jueves porque tuve esos clientes del extranjero y ni vi la nota que me había dejado Lucia. A la mañana tuve que salir temprano y llamé a Lucia a medio día para avisarle que salía de nuevo esta noche cuando me enteré de sus planes.

– Y se decidió a venir con nosotros, – exclamó Lucia. – Me puse tan contenta. Facundo también, por el mal tiempo que hacía, aunque quería probar la moto en la ruta, ¿no es cierto, Facundo? Menos mal…Tuve que hacer mil cosas, mamá, y no me olvidé de nada. Además, me acordé de regar todas tus plantitas en el patio, así que aguantarán todo el fin de semana.

– Bueno, – dijo Beatriz, con una sonrisa. – Creo que es hora de ir a la cama. Ya las hice y también puse bolsas de agua caliente por si acaso. Facundo, vos dormirás con Roberto. Lucia, vos estás en el cuartito al final del pasillo. Duerman bien y que descansen. Gracias a Dios ya todo pasó. Aquí tenés aspirinas si las necesitás, Facundo. Cuidámelo bien, Roberto.

Todos se despidieron y se fueron a sus respectivos cuartos menos Ignacio, quien, después de apagar las luces se quedó parado junto al hogar contemplando las brasas y pensando en todo lo acontecido. Beatriz lo encontró allí.

– Ignacio, ¿qué te pasa?

– Tu premonición, má, ¿era así como fue el accidente?

– Tal cual, sólo que pensé que el vehículo que huyó era un coche.

– ¿Cómo puede ser?

– No sé… Es raro. El futuro siempre depende de muchos factores, debido al libre albedrío del hombre.

– Pero Lucia no sabía nada. No dije nada yo, por las dudas.

– Entonces la prueba era para nosotros, y parece que la hemos pasado.

– ¿Y si se lo hubiera dicho?

– Hubieran entrado en juego otros factores.

– Hace años que me creía ateo, pero mientras esperábamos estuve rezando el Ave Mara con todo mi corazón.

´ – Negar a Dios es como negarse a uno mismo. ¡Menos mal que tiene mucha paciencia para con los seres humanos!

– Mmm, hummm. ‘Ta mañana, mami, estarás rendida. Mañana hablamos ¿eh?

Se besaron y Beatriz fue a echar una última mirada a Lucia.

– ¿Má? – dijo, cuando la vio.

– Sí, Lu.

– No nos matamos por un pelo. Con la moto hubiera sido imposible que nos salváramos. ¿Te das cuenta?

– Sí, querida.

– Por algo nuestras vidas fueron salvadas. ¿Por qué, má?

– Y… tendrían alguna meta que cumplir, mi amor.

– Una meta que cumplir… sí, seguro. ¿Má? He decidido la carrera que quiero estudiar.

– ¿Cuál?

– Fonoaudiología. ¿Te parece bien, má?

– Y… para mí sí, mi amor. Tendrás que guiarte por tu voz interior como siempre te lo he dicho.

– Todo el año esa maldita voz me lo estuvo diciendo, pero no me quise comprometer. El otro día decidí que bueno, está bien, estudio fonoaudiología, y me llené de paz, como si por fin una lucha que seguía dentro de mí se hubiera acabado. Era tan lindo. ¿Te asustaste, má?

– Un poco, sí.

– No pasó nada. ¿Viste?

– Por suerte. Ahora dormí mi corazón.

– Mmmm, chau mami.

Pablo ya estaba en la cama cuando Beatriz entró al cuarto. Se sentó a su lado y le tomó de la mano.

– Ay, Pablo, ha sido un tiempo muy duro para nosotros, pero creo que hemos crecido. Yo por lo menos, muchísimo.

Pablo le acarició la mejilla con su mano libre y dijo:

– Estoy muy de acuerdo. De algún modo los que sabíamos de tu premonición, Ana, Roberto, vos, yo, pudimos aprovecharla y así llegar a poder evitar lo que de otra manera hubiese sido fatal. Aprovecharla de manera espiritual quiero decir. Así Lucia ha sido liberada para cumplir otra etapa en esta vida.

– Me dijo recién que quería estudiar fonoaudiología.

– Sí, ya me lo dijo a mí también.

– Lucia… fonoaudióloga…

– Beatriz…

– ¿Si, Pablo?

– Dame un beso y vení a la cama. Por hoy hemos vivido más que suficiente. Mañana pensaremos en Lucia como médica o alpinista, pero por ahora. ¡Basta!

Riéndose, Beatriz lo besó y se metió en la cama.

 

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