El Clavel Blanco

Con un suspiro de alivio Celina Alvares tomó el asiento que acababa de desocuparse en el colectivo y permitió que la alegría que aleteaba en su corazón tomara vuelo.  En su cartera, anotados sobre una hoja de papel blanco y firme, de muy buena calidad y con el membrete de la agencia de viajes en rojo y negro en el ángulo superior izquierdo, estaban todos los datos relacionados con su proyectado viaje a Colombia.  Precio, horarios, número de vuelo, documentos necesarios… todo, todo lo que necesitaba saber.  El sueño de los últimos ocho años – desde que María se fue a vivir a Colombia – estaba por realizarse.  Ya tenía juntado el dinero, ahorrado con tanto sacrificio y esfuerzo.  Faltaba sólo sacar el pasaporte, comprar el pasaje y partir.

María, su nieta, era como una hija propia para Celina.  Su hija, Sonia y su yerno habían fallecido en un accidente cuando María era muy pequeña y desde entonces la había criado ella.  Celina adoraba a la niña y sufrió un gran dolor cuando María se casó con un colombiano y se fue a vivir a aquel lejano país.  Un dolor valientemente escondido detrás de una sonrisa  cálida y sincera.

Pero con el nacimiento de Valentín,  que pronto iba a cumplir los seis años, aquel dolor  era ahora un constante aguijón en su corazón.  María y su marido no disponían de recursos para viajar: apenas ganaban lo suficiente para subsistir.  Por eso Celina había comenzado, cinco años atrás, a ahorrar para este viaje de ensueño.  Ya había cumplido los setenta y seis años y la meta de su vida era conocer a Valentín antes de ser demasiado vieja para gozar del encuentro.

Con tres ruidosas frenadas, el colectivero detuvo el vehículo y subió una señora joven con un niño de unos cinco años.  El nene era menudito y muy pálido, tenía grandes ojos  pardos y una aureola de rulos castaños.  Celina, sentada en el primer asiento, pensó inmediatamente en María y Valentín y se levantó, indicando que se sentaran.  La mujer al notar la evidente edad de Celina rehusó el asiento, pero Celina insistió.

“Anda muy mal el colectivo,” dijo. “Por ahí se golpea el niño.  Siéntese, por favor.”

Con un pequeño gesto de agradecimiento, la mujer se sentó y tomó a  la criatura en su falda.  Él descansó su mirada confiada y profunda sobre el rostro de Celina, y ella experimentó un extraño sentimiento de ansiedad, casi se  podría decir de miedo.  El futuro de ambos parecía por un segundo un pozo oscuro y amenazante.  Luego  subieron más pasajeros y Celina tuvo que concentrarse en mantener su equilibrio.

Bajaron en la misma parada y se despidieron con tímidas sonrisas.  Celina vivía en una casita humilde de dos ambientes a poca distancia de la parada.  Caminó lentamente, pensado en su viaje a Colombia y también en el niño del colectivo.

“Tan flaquito, pobre criatura,” pensó. “Si no me equivoco, la madre debe ser la mujer del dueño del nuevo mercadito que se inauguró hace poco en la calle Robles.  Me comentaron que tenían un hijo medio enfermo de esa edad.”

Cuando llegó a su casa y quiso meter la llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Con ojos llenos de horror, Celina contempló el total desorden en que se encontró el  ambiente.

Alguien había roto la cerradura de la puerta y entrado.  Cada caja, cada bolsa, cada valija, cada cajón habían  sido vaciados en una gran pila en el medio de la habitación. Un revuelto de ropa, papeles, libros y muchas otras cosas reposaban sobre la alfombra.  Ni un rincón había escapado de la mirada aguda, ni de los dedos rapaces, de aquel individuo.

Tirado encima de la pila de los efectos de Celina, estaba el sobre amarillo en que ella había guardado sus dólares, en el piso a sus pies se encontraba la cajita de madera en que habían reposado los dos mejicanos de oro desde que el finado Don Florencio Alvares los había comprado, hacía más de diez años.

Celina cerró la puerta, y, como una sonámbula, se dirigió a su dormitorio.  De sus pocas alhajas, tiradas en la cama, sólo quedaban las baratijas sin valor.

“¿Por qué? Por Dios. ¿Por qué?” susurró, y se desplomó sobre la cama mirando con ojos huecos la violación de su hogar.

Los minutos, al compás del reloj viejo y ruidoso que se encontraba sobre la mesita de luz, pasaron quedamente.  De la calle se oían las voces de los chicos del vecindario que jugaban, y el suave gorjeo de los gorriones en  los árboles. De vez en cuando pasaba un coche. Era una calle muy tranquila.

Los años de disciplina y las costumbres de una larga vida la impulsaron a poner orden en su casa.  Trabajó metódicamente.  No lloró, pero en su corazón una gran amargura crecía y crecía.  Tenía setenta y seis años y no tenía tiempo ni energías para juntar de nuevo lo necesario para hacer semejante viaje.   No quiso renegar contra Dios, pero  en un rincón, bien en el fondo de su interior, gritaba desenfrenadamente aquella muda pregunta.

“¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué?

Pasaron las horas.  La amargura y la desesperación se fueron cristalizando hasta que llegó a tomar una decisión que era tan drástica como terminante.  Daría fin a su vida.  Pastillas de dormir, tenía suficientes.  Ya no había razón de vivir.  ¿Para qué seguir la lucha? ¿Solo para verse envejecer cada día más, y sentir la distancia entre Buenos Aires y Colombia crecer con cada minuto que transcurría?  Aparte de eso, María era su única heredera y había un testamento debidamente firmado y sellado en el cajón de la mesita de luz.  Con la venta de la casa y los muebles la pequeña familia en Colombia recibiría una gran ayuda para seguir adelante con éxito.

Mientras terminó de ordenar las últimas cosas, Celina planificó su deceso con meticulosa concentración.  No quería que pareciera un suicidio.  Dio un profundo suspiro, era muy tarde, pasadas las doce de la noche, su cansancio era tal que tabaleaba.  Llenó un vaso con agua, busco las pastillas y una novela, estaba por acomodarse en un sillón cuando escuchó una voz en la calle.

“Señora de Alvares.  Doña Celina….”

Sorprendida y un poco asustada, Celina se dirigió a la puerta de entrada y miró por la mirilla.  Parado sobre la vereda frente a la casa estaba el niño del colectivo tomado de la mano de un hombre joven, rubio con barba, que vestía remera, jeans y sandalias blancas.  Abrió la puerta  con manos temblorosas, su  única preocupación el bienestar del niño.

“¿Que ha ocurrido?” preguntó “Qué pasa con el niño?”

“Es que Juancho necesita alguien que le vele por él.  Sus padres son los dueños del nuevo mercadito de la calle Robles. No están en casa, pensamos que usted podría cuidarlo.”

Aturdida, sin cuestionar el pedido del joven, Celina extendió la mano exclamando. “Pues démelo a mí, por supuesto que lo cuidaré, pobre criatura.”

El niño soltó la mano del joven y tomó la suya.  En la otra mano tenía un clavel blanco.

“Muchas gracias, señora.”

“¿Quién es usted?”

“Un amigo.”

“No se aflija.  Cuidaré bien al niño.”

El joven cuyos ojos negros brillaban en la tenue luz del farol de la calle, levantó la mano en un suave saludo y se alejó entre las sombras.  Celina entró a su  casa con el niño y cerró la puerta con traba. El pequeño no habló, su manito era fría y liviana como una pluma.  Se quedó mirando todo lo que había para ver; los muebles, los decorados, el cuadro al óleo de una ola que se rompía en una nube de espuma sobre unas rocas, las fotos.

Se acercó a éstas y reparó en la  última de Valentín, que María había enviado unas semanas atrás.

“Ese es Valentín, mi bisnieto,” aclaró Celina. “Vive muy lejos, en Colombia.”

Sin hablar el niño sonrió y al ver el vaso de agua que Celina, al escuchar la voz del joven, había apoyado sobre el aparador junto a las fotos, colocó el clavel en él.

“¿Deseas algo para comer, Juancho?”

Juancho indicó con un pequeño movimiento de la cabeza que no, y siguió estudiando las fotos.  Agobiada por el cansancio, Celina se sentó en el sillón, incapaz de moverse más.  El niño corrió a su lado, ella lo alzó a su falda y se acurrucó en sus brazos contra su pecho.  Su liviano peso evocó en Celina cálidos recuerdos de la infancia de María y también de su hija Sonia.  Una gran paz envolvió el corazón de la mujer, y sintió nuevamente el deseo de vivir. En pocos minutos estaba dormida.

Comenzó a soñar.  Tenía el nene de la mano y caminaban por un pasillo largo con muchas puertas.  Finalmente entraron a una salita de espera donde una pareja estaban sentados, la mujer, llorando, estaba rezando con un rosario en las manos.  A Celina  le pareció vagamente conocida la mujer pero el niño no le dio tiempo de detenerse.  Pasaron de la sala a otro pasillo y de pronto se encontraron en una sala de operaciones.

Dos cirujanos estaban operando, varias enfermeras se desplazaban silenciosamente.  El anestesista controlaba con agudeza un gran aparato al lado de la cabecera de la camilla.  Luces brillantes iluminaban el ambiente.  Nadie prestó atención alguna a Celina y al niño.  Quedaron parados a un costado observando toda la actividad, tan intensa, controlada y silenciosa.

De repente el niño hizo un pequeño movimiento y Celina se agacho.  La besó en la mejilla y entonces se acercó a la camilla.  Lentamente su cuerpo empezó a esfumarse hasta no quedar vestigios, ni una sombrita.

El anestesista dio un gran suspiro y exclamó.  “¡Superó la crisis!  Está respirando y el corazón se normalizó.”

“¡Gracias a Dios!” contestó uno de los cirujanos. “Parecía que se nos iba. Ya falta poco para terminar.”

Con un sobresalto Celina se despertó.  El niño no estaba más en sus brazos, y tampoco estaba en la habitación.  Se levantó y se dirigió al dormitorio, pero tampoco estaba allí.  Revisó el baño y la cocina y luego fue a la puerta de entrada con desesperado apuro.  ¿Qué había pasado?  ¿Cómo se había escapado  la pobre criatura sin que ella se despertara?

La puerta estaba con traba, tal cual la había dejado la noche anterior.  El nene no se había escapado.  Celina lo buscó nuevamente por todos lados, pero en la casita no estaba.

“¿Habrá sido todo un sueño?” se preguntó Celina, y casi se había convencido de que así era cuando vio sobre  el aparador el vaso con el clavel blanco.

Con movimientos lentos, tomó el clavel entre los dedos y lo elevó hacia su rostro.  El suave perfume de la flor invadió su olfato y repasó el extraño acontecimiento de la noche anterior. ¿Quién había sido el joven vestido de blanco? ¿Y Juancho?  ¿Y los padres de Juancho?

Celina se sentó nuevamente en el sillón, una mano apretada contra su corazón.  Nunca supo cuánto tiempo se quedó sentada así.  Sólo supo que durante aquella noche un milagro había ocurrido y un niño gravemente enfermo y una mujer que había perdido todo deseo de vivir se habían encontrado, o mejor dicho, habían sido unidos para encontrar juntos el consuelo y la fuerza para retomar el hilo de sus respectivas vidas.

 

21 thoughts on “El Clavel Blanco

  1. Muy bueno Shirley, me encantó el cuento, no solo pintas muy bien sino también lo haces escribiendo, Felicitaciones!!!!!!

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