Aurelia

– ¿Y eso?
– Una valija… de cuero.
– Pero Ricardo… ¿la compraste?
– En la Casa de Remates, la vi en la vidriera. La recibieron ayer en un lote. Es de cuero Rosario, ¿te das cuenta?
– ¿Cuánto te costó?
– Sólo novecientos, y cuando la vi supe que tenía que comprarla.
– ¡Novecientos! Pero Ricardo no tenemos ese dinero. ¿Cuánto te quedó de lo que cobraste?
– Y, poco querida. Me encontré con Toto, el hijo de la Eufemia, esa, la que tiene cinco criaturas y un marido sinvergüenza. Toto estaba llorando porque con la ropa que llevaba no podía conseguir trabajo. Eran realmente trapos, no se los podía llamar de otra manera. Le compré unas alpargatas, una remera y vaqueros. Por lo menos ahora podrá presentarse en la verdulería nueva donde parece que están buscando un chico para hacer changas.
– Ricardo, debo trescientos al almacenero y tenemos que pagar este cuarto pasado mañana. ¿Si gastaste toda la plata, cómo hacemos?
– Algo se presentará, por ahí consigo una changuita. No te preocupes Rosario, ¿Mariano?
– Está con Doña Felisa.
Ricardo me besó cariñosamente, buscó un trapo y, canturreando bajito, comenzó a limpiar la vieja valija de cuero que había comprado. Lo miré con angustia; la plata para él no significaba techo y comida, sino el medio por el cual se solucionaban los asuntos físicos o espirituales del momento. Toto necesitaba ropa, se la compraba. La valija era una necesidad espiritual, también era menester comprarla. Desde que volvió de la guerra de las Malvinas había decidido que esa era la forma correcta de vivir. Con fe.
Ricardo era poeta, yo en cambio, traductora y dactilógrafa. Pasaba sus poemas en limpio. Eran unas joyas, cada día me quedaba más y más asombrada por la forma en que usaba palabras; cómo lograba destilar la última esencia de cada una, crear frases, imágenes, metáforas que daban alas al alma y la llevaban a mundos donde la luz y la paz reinaban, y donde todo era nuevo, distinto, maravilloso. Los editores no reconocían sus cualidades, buscaban poemas oscuros, ásperos, tajantes. Ocasionalmente le publicaban uno que otro. Nunca protestaba.
– Algún día a uno de ellos le va a gustar mi trabajo – decía – y entonces seremos ricos, porque a la gente también le va a gustar.
Mientras esperábamos ese momento yo hacía traducciones y pasaba ensayos, reportajes o tesis a máquina. La única forma en que podía dedicarme a ello y además atender a Mariano, era si Ricardo entregaba mis trabajos, buscaba los nuevos y cobraba.
Con sus delgadas y sensibles manos Ricardo siguió frotando el cuero. Seguramente el solo contacto con lo que una vez había sido un animal trotando por las praderas, calentado por el sol, mojado por las lluvias, sumergiendo su hocico en las aguas frescas de un arroyo, había iluminado su imaginación y un poema se estaba formando en su alma y mente. Algo, quizá, que a primera vista no tenía nada que ver con aquel animal, pero que de algún modo se estaba entretejiendo dentro de las frases que se mecían suaves y libres sobre las olas de su imaginación creativa.
Una vez me había contado cómo nacía en él un poema, a veces durante semanas y meses, a veces en una sola noche. Siempre trabajaba de noche. El silencio después de la una de la mañana lo sosegaba y sólo entonces podía hilar las ideas y las palabras en la forma más pura y exacta que él anhelaba.

Con los ojos cansados ya de tanto tipiar, eché una mirada a nuestro humilde hogar. Un cuarto en una pensión en un barrio bastante pobre en el Tigre, con una pileta en un rincón, escondida detrás de un biombo japonés; un inmenso ropero tallado, con grandes espejos de cristal en cada una de sus tres puertas; una belleza que también habíamos comprado en aquella casa de remates, (¡éramos fieles clientes!). Tenía dos grandes cajones en uno de los cuales dormía Mariano; de día se cerraba y todo el desorden desaparecía. En otro rincón, un colchón para cama doble sobre el piso formaba nuestro ‘living’ de día y cama de noche. Había hecho un montón de almohadones de distintos tamaños que colocaba contra las paredes y allí nos sentábamos a tomar mate y charlar a la tardecita. Una mesa de madera y cuatro sillas, más una heladera chica, un hornito eléctrico y una alfombra sumaban el resto de nuestros muebles. Generalmente me sentaba a la mesa para trabajar.
En un espacio contra la pared habíamos colocado nuestro altar. Ricardo decía que todo hogar debía tener un altar. Era un cajón de fruta tapizado con un género color lila. En la pared por encima colgaban un lindísimo ícono que había pertenecido a la abuela rusa de Ricardo y un crucifijo tallado en madera. Sobre el cajón habíamos colocado dos velitas, la figura de San Martín de Porres, y un palito de incienso. Lo decorábamos con flores de estación. A Mariano le encantaba mirar cómo flameaban las velas cuando las prendíamos.
Vivíamos de granos integrales, verduras, polenta, leche en polvo, queso y mate. También compraba fruta y huevos. Todo se guardaba en nuestro gran ropero. Cocinaba sobre un calentador a gas. Hacía cuatro años que vivíamos así. Todas las primaveras Ricardo daba una mano de cal a las paredes y compraba plantas; helechos, colias, alegrías del hogar, que ofrecían unas pinceladas de color y de naturaleza a nuestra vida de ciudad. Su frescura nos ayudaba en los días agobiantes del verano.
Por supuesto, existían todos los inconvenientes de vivir en un conventillo; baños sucios, parejas que se peleaban, chicos que gritaban, el olor a cebolla y ajo que emanaba de las paredes de los pasillos; radios y televisores que se hacían competencia. El sufrimiento y la alegría de la gente simple: ruido, risa, chistes, chismes…
– Es la vida Rosario, no puedo vivir separado de esto. Aquí la sangre corre roja y riega la imaginación. No puedo aislarme de la vida, querida, y ser poeta.

Yo lo comprendía, pero mis padres no se lo perdonaron.
– Si querés vivir con él, no me puedo oponer, ya tenés veintidós años – me había dicho mi padre. – Pero si querés vivir así cuando no hay ninguna necesidad, entonces nosotros no vamos a tener ganas de visitarte. Te compro un departamento y te ayudo económicamente, pero si insistís en seguir viviendo en esa pensión miserable y maloliente, quedate no más, pero no vengas a pedirnos ayuda.
– No queremos su ayuda, Rosario, – me dijo Ricardo apaciblemente. – Aquí nuestra vida es simple y básica. Yo te ayudaré con el bebé cuando llegue y también con los quehaceres para que vos puedas trabajar. Algún día mi obra será reconocida y no trabajarás más. Aquí al menos estás tranquila, trabajás en casa y podrás ocuparte de nuestro hijito, algo muy importante.
Vino mi madre un par de veces pero se sintió tan incómoda que no apareció más. Después de nacer Mariano iba yo una vez por mes a casa, para que lo viera. Venía mi hermana a visitarme dos o tres veces por mes. Me contaba de las andanzas de mis hermanos y me traía ropita y juguetes para su ahijado Mariano. De vez en cuando pasaba por alto mi orgullo y me regalaba una blusa, una remera o un pulóver.
– Cuando veo esta pensión siempre me choca, – dijo una vez – pero acá adentro lo han arreglado tan bien que realmente es bastante acogedor. ¿Estás feliz, Rosario?
– Para mí, Ricardo es un genio y un amor. No podría vivir separada de él. Hay momentos angustiosos, pero pasan, todo de algún modo se arregla.

– Esta valija nos va a traer suerte Rosario, – exclamó Ricardo, rompiendo el hilo de mis pensamientos. – Esta valija ha andado mucho. Ha conocido el mundo, bodegas de barcos, de aviones. Ha estado en puertos lejanos, en estaciones y albergues… ¿quién sabe dónde? Ha viajado nuestra valija, y ahora de algún modo trae todo eso como un racimo de buena suerte para alegrar nuestros días. Vas a ver, esta valija realmente me inspira.
En eso unos golpecitos en la puerta nos informaron que Doña Felisa había llegado. Entró con Mariano de la mano y una torta en la otra.
– Como tengo horno – dijo – y además me encanta hacer tortas, aunque no las debo comer, les hice ésta.
– Muchísimas gracias, Doña Felisa. ¿Se portó bien Mariano?
– Como un ángel. ¡Es un amor! Usted sabe Señora, cuando quiera, déjemelo nomás.
– Le agradezco mucho…
– ¿Qué le parece la valija esta, Doña Felisa? – preguntó Ricardo
– Lindísima Señor Ricardo, muy de caballero. ¿Pensaban viajar?
– Por el momento no, pero por lo menos ahora tenemos la valija. Es el primer paso.
– Exacto. Muy linda, Señor.
Se retiró, guiñándome el ojo.
– ¿Adónde iremos? – le pregunté a Ricardo, levantando a Mariano en brazos.
– China. Finlandia. Elegí vos.
– ¿Tierra del Fuego? ¿Machu Pichu?
– ¿Los conocerá, te parece? – dijo Ricardo, indicando la valija.
– Puede ser, o si no habrá conocido otras valijas que sí los conocieron – respondí riendo.
– Tengo ganas de tocar la flauta.
– Está en el ropero.

Nos acomodamos sobre el colchón de nuestro rincón ‘living’. Prendí una vela gruesa. La noche cayó lentamente, acompañada por aquellas notas que siempre comprimen el corazón. Cuando Ricardo tocaba la flauta, los gritos de los chicos en la calle se callaban, todos los vecinos que escuchaban sentían cómo sus almas se inundaban con el bálsamo de esa música efímera, íntima, pura. Muchas veces alguien me lo comentaba.
Contemplé la figura larga y flaca de Ricardo mientras tocaba, sus cabellos rubios largos, su barba ondulada, la expresión de sus ojos color de miel que iluminaba su rostro; veían mundos muy lejanos, muy bellos, de donde fluía su inspiración. Cómo me hubiera gustado conocer esos mundos también, pero sólo lo podía hacer por medio de sus poemas y cuando tocaba la flauta.
Mariano se había dormido en mis brazos. Lo acosté y me puse a preparar algo para comer. Pan negro, queso, torta y unos mates.
¿Alguna vez había mi madre gozado tanto la presencia de mi padre, a pesar de toda su fortuna? ¿Alguna vez habían conocido lo que realmente era vivir juntos, día y noche, siempre juntos, comunicándose por medio del silencio tanto como por medio de la conversación? ¿Habían sentido esa armonía cuando cada gesto, cada mirada era comprendida e interpretada? Difícil. Esto que vivía con Ricardo era la felicidad. Sólo podía agradecer mi buena fortuna. Si tenía deudas con el almacenero o nos retrasábamos con el alquiler, se trataba de algo pasajero. Compartir la vida con alguien como Ricardo era una gracia que pocas mujeres recibían.

Esa misma noche comenzó a escribir. A veces cubriendo hoja tras hoja con palabras, frases, ensayos. Otras veces salía a caminar por las calles vacías y silenciosas: a caminar y caminar para volver al amanecer, exhausto pero feliz. Unas estrofas más conquistadas. Luego dormía tirado en la cama, indiferente al repiqueteo de la máquina de escribir, la suave conversación de Mariano entreteniéndose con sus juguetes, y los ruidos de la calle. Era como si un fuego le quemara su ser entero. A veces parecía casi afiebrado.
– ¿Querés que pase a máquina lo que hiciste hasta ahora? – pregunté un día.
– No mi amor. Por ahí faltan unos retoques – me respondió sonriente.

El invierno llegó con lluvia y ráfagas de viento helado. Prendimos la estufita a gas y colgamos la cortina gruesa en la ventana alta y angosta. Todos los días hacíamos una sopa de legumbres, espesa y sabrosa. El aroma de esa sopa era parte de nuestros inviernos. Ricardo guardaba todos sus papeles en la valija.
– Así tenés más lugar en el ropero – decía.

Una noche me desperté y vi a Ricardo sentado sobre un almohadón frente a nuestro altar. Las dos velitas estaban prendidas y las pequeñas llamas eran la única fuente de luz, luz que bailaba con delicados movimientos sobre las altas paredes blancas y sobre los muebles.
– ¿Estabas meditando anoche? – le pregunté al día siguiente.
– Estoy tratando de encontrar una conexión aún más estrecha entre la materia y nuestros cuerpos. Si es como dice la ciencia espiritual, la materia en general es realmente una forma de luz; lo quiero conocer, entender a fondo, así lo podré transmitir.
– Cómo…¿la materia es luz?
– La materia está basada en el átomo que es una forma de energía. La luz también es energía, así como el hielo era una vez agua, y la neblina también.
Me miré la mano.
– Entonces, ¿soy yo luz?
– Y, sí. Todos somos luz, aun el más desgraciado.
– ¿Y las bombas, los gases venenosos, las balas, los muertos?
– La muerte es siempre un nacimiento en el mundo espiritual.
Lo miré pensativa, luego dije – El animal murió, pero se creó de su cuero una valija que inspiró un poema…
Ricardo me sonrió. – Esperemos – dijo con un pequeño guiño. – Pero Rosario, hablando de los que mueren… He leído que sus cuerpos ayudan a espiritualizar la tierra. Si bien toda la materia es luz, las bombas, las balas etcétera, son como una luz cristalizada, sin vida. Sólo en el cuerpo humano vive un espíritu, y el alma lo puede concientizar y permitir que se manifieste. Por medio del hombre, y sólo del hombre, puede la luz vivificadora de los mundos superiores, el espíritu, unirse con esa luz que es la materia, y espiritualizarla. Aun en la muerte podemos brindar a la tierra algo a cambio de todo lo que ella nos ha regalado con tanta generosidad.
– ¿Y Dios?
– Dios es el fundamento del mundo y del Universo.
– Pero Ricardo, ¿cómo puede haber tanto sufrimiento y tanta maldad si Él es lo que decís vos?
– Si tenemos libre albedrío, es porque Dios se auto-limitó. Así, en la voluntad y en el pensar, Dios nos da libertad. Pero el amor es subyacente a toda creación. El intelecto y la voluntad no pueden ignorar la ley del Amor. Tarde o temprano romper esa ley causa la desdicha y la catástrofe. Es sólo en el fluir del amor que la grandeza interior de las almas puede encontrar su meta, y el amor sólo es viviente cuando fluye, cuando se vierte sin límites y sin trabas, porque el amor puro es dar, un dar incondicional. Por donde fluye riega, y ese regar sana, física y espiritualmente. Así es.
Unos golpes en la puerta nos volvieron al presente. La abrí y allí estaba mi hermana tiritando de frío y con una expresión angustiada.
– Liliana. ¿Qué te pasa? Pasá, que hace frío aquí en el pasillo.
Liliana nos besó y se sentó en una silla.
– Mamá está muy mal. Parece que tiene peritonitis, o algo por el estilo. Insiste en que quiere ver a Mariano.
Miré a Ricardo consternada.
– Andá – dijo. – ¿Dónde está internada, Liliana?
– En la clínica cerca de casa.
– Andá Rosario, con Mariano. Lo mejor sería si te quedaras unos días en casa. Así estarás cerca de la clínica.
– Bueno… pero hay que entregar esta traducción a…
– Ya sé. No te preocupes. Enseguida desocupo la valija para que la puedas usar.
Como en un sueño junté ropa y juguetes y los metí en la valija. En menos de media hora estábamos en un taxi rumbo a la clínica. Mariano observaba todo con ojos llenos de asombro. Viajar en coche era para él cosa casi desconocida.

Hacía un mes que no había visto a mi madre. Estaba con mi padre en un cuarto de dos camas, y su rostro demacrado me asustó.
– Mamá… Mamita… ¡Qué desgracia! ¿Tenés mucho dolor?
La besé y mis lágrimas mojaron su mejilla.
– Tengo mucha fiebre – me contestó en un susurro. – ¿Trajiste a Mariano?
– Está afuera con Liliana.
– Traémelo, por favor.
Saludé a Papá y busque a Mariano. Miró a Mamá con ojos serios, le ofreció su cochecito, luego salió corriendo al pasillo a juntarse con Liliana. Papá me hizo una pequeña señal con la mano y salió detrás de él.
– Es hermoso, Rosario. Es hermoso tu hijo – murmuró mi madre.
– Gracias Ma.
– Estoy muy mal Rosario, muy mal.
– Pero ya pronto, con todos los antibióticos y medicamentos, vas a andar mejor.
– Hay un departamento a la vuelta de casa. Papá me dijo que te lo compraría. No puedes seguir en ese conventillo. Pensá en Mariano. Debes cambiar tu forma de vida por él. Me he enfermado por preocuparme tanto por vos. Si Ricardo no está de acuerdo, que se quede ahí, pero Mariano…
– Calmate Mamá, después hablamos. Tranquilizate.
– ¿Cómo podés seguir así, viviendo en ese agujero, sin un peso, trabajando para mantener a ese inútil de tu marido cuando tu padre…? ¿Cómo podés permitir que Mariano se críe en ese ambiente? Es tu deber pensar en él… Prometeme Rosario…
– Mamá, por favor…
Al final, exhausta, se durmió. Me quedé a su lado. Liliana llevó a Mariano a casa y se quedó con él. Mi padre entró y se sentó en un sillón. Sólo las arrugas alrededor de los ojos demostraron la angustia que sentía. Mis hermanos entraron, me saludaron, miraron a Mamá y salieron al pasillo. Los médicos entraban y salían, la revisaban, se consultaban. Su condición no permitía una operación, pero cuando a las dos de la mañana entró en coma la operaron en un desesperado esfuerzo de salvarla. Murió bajo la anestesia.
Volví esa noche a la pensión y a Ricardo. Refugiada en sus brazos, lloré desconsolada; las súplicas desesperadas de mi madre se repetían incesantemente en mis oídos. Ricardo calmó mis sollozos con ternura.
– No pude prometer nada, Ricardo, mi lugar es a tu lado. Pero ella insistía tanto. ¡Me retorcía el corazón! ¿Murió porque no pude prometerle eso que ella tanto quería? ¿Soy culpable de su muerte?
– No Rosario , de ninguna manera.
– ¿Entenderá ahora? ¿Comprenderá por qué no pude prometerle lo que ella me pedía?
– Sí mi amor. Me parece que sí.
Fuimos juntos al entierro. Dejamos a Mariano con Doña Felisa, porque era un día lluvioso y de mucho frío. Observé a mis hermanos y me di cuenta de que eran en cierto modo seres desconocidos. Vivían de acuerdo con las normas de nuestro círculo social; nunca vinieron a visitarnos en los cuatro años que viví con Ricardo y tampoco nos habían invitado a sus casas. No sentía ninguna relación con ellos, sólo con Liliana percibía un lazo fuerte.
Cuando Liliana tiró un puñado de tierra sobre el cajón estalló en lágrimas. La abracé con fuerza, pero mis ojos estaban secos, ya no podía llorar más.

Cuando llegó la primavera Ricardo me dio más de cincuenta poemas para pasar a máquina. Eran tan hermosos que el trabajo me causaba más dolor que placer. Me parecía imposible que a los editores no les gustaran.
– Podemos usar lo que heredé para publicarlos, Ricardo – sugerí.
– No Rosario, de ninguna manera. Cuando llegue el momento encontraremos un editor.
– Son tan buenos…
– Y tú eres la esposa más encantadora que existe. Vamos. Salgamos a gozar de esta tarde tan hermosa. ¿Qué te parece Mariano?
– ¿Con el ticiclo?
– ¡Por supuesto!
Mientras caminábamos lentamente cerca del río Ricardo me dijo: – Estuve pensando, Rosario. Siento que es hora de que nos mudemos. Tu madre tenía razón. Mariano ya es grandecito y pronto tendremos que buscarle un jardín de infantes. Por acá no hay uno bueno. Fui a hablar con tu padre el otro día. Fue una conversación muy amena. Creo que nos entendimos mutuamente, y que fue algo muy positivo.
– Pero… siempre decís que si no vivís aquí no podrías escribir. ¿Qué me estás diciendo?
– Que he decidido buscar un empleo. En alguna editorial quizá, o en una revista. Ya son casi cinco años que lo que hago no tiene salida, no quiero depender más de vos. Me veo muy egocéntrico y no me gusta.
– Yo no quiero irme, Ricardo. Somos tan felices, siempre juntos. Seremos como todos los demás, viviendo vidas separadas. No quiero nada que haga cambiar nuestra forma de vida, nuestra felicidad. Ricardo ¡que no sea así! Con el dinero que heredo podemos comprar un departamento y alquilarlo. Así yo no tendría que trabajar.
– Siento que ahora me toca a mí trabajar. Que se acabó una etapa y comienza una nueva.
– ¿Y tu poesía?
– Será mejor que nunca.
– ¡No puede ser!
– Ya verás.
Consiguió trabajo enseguida. Compramos un departamento con ayuda de papá en un décimo piso con una lindísima vista al parque. El ropero no entraba así que se lo regalamos a Doña Felisa. Arreglé el dormitorio nuestro lo más parecido al de la pensión, con los almohadones, las plantas y el altar. El cuarto de Mariano lo decoró Liliana con tanto amor y entusiasmo que no pude opinar.

El otoño nos encontró instalados; una pareja normal, una vida aceptable, burguesa. Cuatro años de felicidad bohemia, un capítulo terminado. El alma de nuestra hija decidió encarnarse y quedé embarazada. Ricardo estuvo contentísimo.
– Una nena, qué maravilla. Tenés que cuidarte mucho Rosario.
– Una parejita, espero que se lleve bien con Mariano.
– ¿Y por qué no?
– A veces son celosos los chicos. Muchas veces.
– Ese puente lo cruzaremos cuando llegue el momento.
– Me gustaría bautizarla Florencia, así podemos llamarla Flor de sobrenombre. ¿Te gusta la idea?
– Mucho. Pronto estará con nosotros nuestra pequeña Flor.
– Me asusta la responsabilidad.
– Cada niño tiene su ángel de la guarda. Vas a poder compartir la responsabilidad entre él, yo, y nuestros propios ángeles. No te preocupes Rosario, ¡estarás bien respaldada!
– No me cargues Ricardo. Es una responsabilidad.
– Ya sé querida, y lo que dije lo podés tomar muy en serio. Los ángeles están para ayudarnos, como te dije, en cualquier momento.
Unos días más tarde Liliana me vino a visitar y a jugar con Mariano.
– Rosario – dijo – pronto cumplirán cinco años de casados. ¿Por qué no hacen una fiestita?
¡Cinco años, ya!
– ¿A quién invitaríamos? A Doña Felisa, la María, la Eufemia y Don Manuel… ¿o a la familia?
– A todos. ¿Te imaginás la cara de papá? – Liliana se dobló de risa.
– Sería un evento muy particular ¿no? Mirá… no sé… tendré que consultarlo con Ricardo. Pero la idea me tienta, festejar nuestros cinco años juntos.
Así hicimos una fiesta con la familia festejando nuestra boda, el nuevo estilo de vida y el advenimiento de Flor. Papá trajo champagne. Ricardo no toma pero yo probé un poco. Vinieron mis hermanos; Mariano estaba en su gloria jugando con sus tíos. Hubo risa y bromas, ahora eramos ‘acceptables’ ya que Ricardo tenía un trabajo fijo y vivíamos ‘como la gente’. De soslayo observé a Ricardo porque sabía que este tipo de fiesta no le agradaba mucho, pero se reía sueltamente, dispuesto, como siempre, a fluir sereno y con buen humor.
A papá lo noté flaco y triste detrás de su máscara de templada amabilidad y firme autocontrol.
– Pa, ¿por qué no pasás de vez en cuando? – le sugerí al despedirnos – a Mariano le encanta cuando venís, le hace bien, y a mí también.
A la semana vino, antes de que volviera Ricardo del trabajo y se quedó media hora. En poco tiempo se transformó en costumbre pasar un rato en casa casi todos los días.
– ¿Por qué seguís trabajando? – Me preguntó al verme guardar la máquina y ordenar las hojas que había pasado en limpio.
– Costumbre. Tengo clientes fieles y no los quiero largar. Aparte, siempre es una ayuda.
– Yo te puedo pasar una mensualidad si la necesitás.
– Papá, me gusta trabajar. Me gusta tener mi propio dinero para comprar regalos, o lo que sea.
– Estuve pensando en la bebita. Además me preocupa que no tengas amigas, ni una vida normal para una mujer de tu edad. Siempre en casa, ¿nunca te ves con tus ex compañeras de colegio?
– No… no tengo muchas ganas. ¿De qué hablaríamos?
– Y, ¿qué sé yo? De lo que hablan las mujeres.
– El precio de las verduras, mucamas, dolencias, quejas, peluquerías… me aburre ese tipo de conversación.
– ¿Cómo anda Ricardo? – me preguntó en otra oportunidad.
– Bien. ¿Por qué?
– ¿Sigue con la poesía?
– Está escribiendo algo pero hasta ahora no vi sus nuevos poemas. Los últimos que pasé a máquina son sensacionales. No entiendo cómo los rechazan las editoriales. ¿Leíste alguna vez algo de él?
– Sí… creo que sí. Tu madre me mostró algo que salió publicado en una revista.
– ¿Por qué no leés estos últimos? Son tan buenos.
– Bueno.
Le di la carpeta en la que estaban guardados los poemas, y la tomó pensativo.
– ¿Es feliz en su trabajo? – preguntó.
Sorprendida le contesté – Está tranquilo. Gana bien, y le queda tiempo para escribir. Así lo eligió él. Decidió que se había acabado una etapa de su vida y una nueva comenzaba. Soy yo la que extraño. Me cuesta acostumbrarme a este tipo de vida burguesa, al poco tiempo que tenemos juntos y a la parte de su vida que ahora no comparto con él. Antes estábamos siempre juntos. Cada mirada, cada gesto, algo conocido y familiar.
– ¿No se aburrían nunca?
– Jamás. Ricardo es una persona muy especial.
– Me estoy dando cuenta. Conocí a su jefe hace poco. Lo estima mucho. Leeré estos poemas esta noche y te los traeré mañana.
– Dale.
– Rosario – mi padre me miró con una expresión extraña, luego, alejando su mirada, dijo – creo que me equivoqué mucho con vos… con ustedes. La verdad, jamás creí que tu matrimonio duraría más de un año y más aún viviendo en esas condiciones. Estuve equivocado. Ya pasaron cinco años y es obvio que se quieren casi más que cuando se casaron. A Ricardo lo he juzgado incorrectamente, con prejuicio. Te hizo feliz, supo hacerlo.
Con una sonrisita un poco amarga agregó – Me pregunto si tu madre alguna vez fue tan feliz conmigo como vos lo sos con Ricardo. Creo que no. Nuestras metas fueron distintas, qué se yo, pero de todos modos Rosario, quiero que sepas cuánto aprecio los momentos que paso aquí contigo y con el pequeño. Me hacen mucho bien.
Sentí mis ojos llenarse de lágrimas. Papá no era de hablar mucho y menos de abrir su corazón de esa manera.
– Me alegro tanto, papá. Siempre sos bienvenido, y ¡gracias! La verdad, aunque nunca lo dije, me ponía triste que no hicieran un esfuerzo por entender mi punto de vista. Bueno, ya todo está dicho, en un momento voy a estar llorando como una criatura. Te quiero mucho papi.
Me tomó la mano y me dio un apretón fuerte. – Nada de eso – sonrió – o me contagiarás.
Cuando le conté todo a Ricardo me abrazó con fuerza, deslizó sus dedos por mis cabellos y exclamó con alegría – Qué bueno mi amor, cuánto me alegro por vos, Rosario. Así debe ser el amor, fluyendo, expresado, reconocido, alegre.
Luego, mientras cenábamos, dijo. – Casi me olvidé. Yo también tengo buenas noticias. Hoy tuve una larga conversación con un señor, un editor amigo de mi jefe. Él ya leyó los pocos poemas míos que fueron publicados y le gustaron. Debo llevarle los últimos que pasaste en limpio uno de estos días, para ver si le gustan y si se podrían publicar.
– Pero Ricardo, ¡qué fantástico! ¡Y casi te olvidás de contarme! Por supuesto que gustarán, de eso estoy segura. Pronto serás famoso. Entrevistas, tele, radio, fotos. Lo veo todo.
Riendo Ricardo levantó las manos en protesta y dijo: – Tranquila por favor, ¡no me llenes la cabeza con conjeturas!
– ¿No me abandonarás, no, cuando seas rico y famoso, por alguna poetisa más lista que yo?
– Mmmm, preferiría una pintora… no tanta competencia. Pero pensándolo bien ¿quién pasaría mis garabatos a máquina? No, creo que voy a tener que seguir aguantándote a vos. ¡Qué pesadilla!
Agarrándome por la cintura me levantó en alto y dio varias vueltas, mientras Mariano se reía a carcajadas y golpeaba la mesa con las manitos.
– Tengo ganas de cebar un mate – Ricardo comentó cuando nos habíamos calmado. – ¿Será posible?
-Te costará un beso, señor.
– ¡Atrevida la muchacha! Pero hablando en serio Rosario, no te hagas demasiadas ilusiones por los poemas. ¿Sabés?

Papá me trajo los poemas al día siguiente.
– ¿Los leíste todos ya? – le pregunté – ¿Te gustaron?
– Sí, mucho. No entiendo nada de poesía, pero me conmovieron bastante.
– Puede ser que los publiquen. Me dijo Ricardo que conoció un editor ayer que ya leyó algunos de sus poemas, y quiere leer éstos.
– Le deseo mucha suerte, se lo merece. Realmente me impresionó su obra.

Ese invierno hizo mucho frío, pero el departamento tenía calefacción y no lo notamos. El editor decidió publicar la mayoría de los poemas, y yo pasaba el día leyendo pruebas de imprenta, largas tiras de papel llenas de texto. La obra tenía que ser perfecta, intachable. Si bien yo no podía crear poemas así, por lo menos podría aportar mi parte en los aspectos técnicos de la publicación. Revisaba y revisaba, ya casi sabía de memoria los poemas.
Doña Felisa se enfermó y faltó un mes, pero Liliana venía cuando podía y Mariano se quedaba contento con sólo dejarlo imitar todos los ruidos de los coches mientras jugaba o recorría el departamento con su triciclo.
Una noche acurrucada en los brazos de Ricardo, comenté, – Hace un año que murió Mamá. Parece increíble, tantos cambios en nuestra vida. Todo lo que ella deseaba y no está aquí para apreciarlo.
– Muchas veces es así – respondió Ricardo. – Hay que ser flexible, estar preparado para fluir con la vida y reconocer cuando termina una etapa y comienza otra. Si tratás de hacer algo fuera de su momento, no resulta. Como dice Shakespeare: “Hay una marea en los asuntos del hombre, que aprovechada en la creciente, lleva a la fortuna. Omitida, todo el viaje de su vida queda ligado a los vados y a la miseria.” O sea, no hay que apresurarse ni detenerse, sino estar siempre preparado y atento al momento justo.
– Voy a aprovechar esta marea entonces – dije sonriendo. – Me has comentado que es malo para el alma de un muerto que la familia vaya continuamente al sepulcro. Que la liga mucho al cuerpo y a su vida terrestre, pero tengo ganas de ir al cementerio a dejar flores y quedarme un rato cerca de Mamá. ¿Te parece bien? Hace varios días que quise decírtelo pero no me animaba.
– Pero Rosario, ¡por supuesto! Qué mujercita más tontita. Yo hablaba de los que no creen en la vida después de la muerte y piensan que el cadáver es lo único que existe de su ser querido. Será una reunión feliz para tu madre también.
– Aunque no tengo que ir al cementerio para eso. Pero a veces la siento tan cerca, como que está buscando algo, deseando algo. ¿Te parece que nuestra manera de vivir y pensar le atrae un poco?
– Sin duda.
Habíamos comenzado a meditar juntos de noche, antes de dormir. Me costaba mucho controlar y tranquilizar mis pensamientos, pero sentía cómo la paz de esos momentos se manifestaba durante las veinticuatro horas del día. Dormía mejor y gozaba más del bullicio de Mariano y su continuo brrrm cuando jugaba con sus cochecitos.

Se quedó con Ricardo cuando fui al cementerio en el aniversario de la muerte de Mamá. Allí encontré a mi hermano mayor, Daniel, y su presencia me sorprendió.
– Dani – exclamé – hola, no sabía que ibas a estar.
– Siempre vengo.
– ¿En serio?
– No me puedo consolar. La extraño tanto. Era tan joven para morir de esa manera. Todavía le faltaban años de vida. ¡Qué enfermedad más tonta!
– Creo que cuando nos toca irnos, no hay forma de eludir la muerte, y cuando no… tampoco. Pensá en la cantidad de gente que intenta suicidarse y no lo logra, mientras que otras personas…
– ¿Qué te parece la tumba? Papá hizo poner la lápida, pero yo elegí las letras y el diseño y además me he ocupado de las plantas. Éstas florecen cuando hay sol y duran mucho, y aquí pienso poner un rosal, ya lo pedí a Rio Negro. Esta es la maceta del balcón donde Mamá siempre tenía flores de estación.
Asombrada, reparé en todo conmovida. No reconocía este aspecto de Dani, jamás lo hubiera sospechado. Finalmente dije – No trates de retenerla aquí, cerca de su cuerpo Dani. Dejá que se vaya.
– ¿De qué estás hablando?
– De su espíritu, su alma.
– Ay, Rosario, ¿qué sabemos de espíritus y almas y todo eso? O uno está vivo o uno está muerto. Todo lo que tengo de Mamá son unas fotos, algunas cosas personales de ella que guardé, y esto. Aquí está ella. Aquí en este suelo. ¡Sólo aquí puedo estar cerca de ella!
Me callé. El dolor de mi hermano no permitía discusiones ni polémicas. Por lo menos pudo compartir su sufrimiento conmigo y podría tratar de ayudarlo por medio de la meditación y la oración. Nos quedamos un largo rato juntos y me descubrí pidiendo a Mamá que ayudara a Dani para que entendiera la realidad de la vida después de la muerte y se consolara.
Cuando salimos juntos del cementerio Dani me ofreció un cigarrillo.
– No gracias. Hace mucho que no fumo – respondí con una sonrisa.
– ¿En serio? ¿Cómo largaste? Fumabas un paquete por día.
– Ricardo no fuma y le molestaba mucho el olor de los puchos, así que cuando me quedé embarazada, lo largué.
– ¿Cómo anda en el trabajo?
– Bien. ¿Te contó Papá que pronto se publica su primer volumen de poemas?
– ¡No! Qué bueno. Jamás pensé que iba a tener un poeta como cuñado.
– Si siempre fue poeta.
– De acuerdo, pero considerábamos aquello un mero eufemismo.
– Pobres de ustedes. Cuánto perdieron con los prejuicios. Me da tanta pena por Mamá. No sé por qué le tenía tanto rechazo.
– No lo podía ver a Ricardo, ¡ni podía pronunciar su nombre!
– Ya me di cuenta. Pobre Mami, cuánto pesar se impuso ella misma.
– Y a vos. ¿No te hacía falta tu familia?
– Bajo aquellas condiciones, no. Lo que vivía con Ricardo era mucho más real de lo que jamás había vivido en casa. Si ustedes no aceptaban a Ricardo y su forma de vivir, entonces, que no me aceptaran a mí tampoco.
– Pero la visitabas siempre.
– Una vez por mes, por insistencia de Ricardo.
– Mirá eso. Y ahora tu fe en él y tu apoyo están dando frutos. Me gustaría encontrar una mujer así con quien casarme, no hay muchas.
Traté de disimular las lágrimas en mis ojos.
– Seguro que la encontrarás Dani – traté de consolarlo.
– A veces vienen con envolturas de desorientan. Jamás hubiera visto en vos, cuando te casaste, una mujer así.
– Pero Dani, Ricardo me influenció muchísimo. A través de él empecé a encontrar mi yo verdadero; lo que yo buscaba, aunque más o menos inconscientemente. Además, también te tocará la mitad de la responsabilidad por un matrimonio feliz. No es como el café instantáneo. ¡Hay que trabajar para que sea un éxito!
Dani hizo una mueca burlona, y me abrazó. – Esta hermana – dijo con una sonrisa – ¡no perdona una!

“Senderos de Acá y del Más Allá” nació con la primavera. La editorial hizo una fiesta para lanzarlo e invitaron gente ilustre de todas las ramas de las artes. Un escritor muy conocido hizo la presentación y un actor leyó varios poemas. Por su parte papá había hecho bastantes relaciones públicas. Como resultado salió al día siguiente una nota muy buena en La Nacional, uno de los diarios más importantes del país, y también hubo criticas buenas en otros diarios. Pero lo que me dio muchísima alegría fue la reacción de Luciano mi hermano menor. Le encantaron los poemas y regaló varios ejemplares entre sus compañeros y compañeras de la facultad, cuyo entusiasmo pronto hizo que muchísima gente joven se enterara de la obra y las ventas tomaran vuelo.
La primera edición se agotó casi enseguida, cosa insólita. Como ya había prevenido, hubo un sinfín de entrevistas, notas, llamadas telefónicas, invitaciones para dar charlas, asistir a cenas o reuniones. De verdad Ricardo había aprovechado la marea en la creciente, había momentos en que me sentía aturdida por tanta vida pública.
– Suerte que tardó Doña Éxito en visitarnos, ¿no? – comentó Ricardo mientras se peinaba una tardecita calurosa.
Arreglé mi vestido sobre mi voluminoso abdomen y dije, riendo – ¿Te das cuenta cómo hubieran gozado la Eufemia y la María, con las fotos, la tele y todo lo demás?
– No tardarán. Ya se descubrió la dirección de la pensión donde vivíamos, a pesar de nuestra reticencia.
– ¿En serio? ¿Cómo será nuestro cuarto ahora?
– Era linda esa vida, ¿no?
– ¿La extrañás, no es cierto Ricardo mío?
– A veces. Me falta la simpleza; no me gustan mucho los departamentos pero con dos criaturas, una habitación sería un desastre.
– ¿Y si alquiláramos el departamento y nos fuéramos a vivir al Tigre en una isla?
– Por el momento prefiero vivir aquí. En cierto modo necesito el bullicio de la ciudad, las vidas humanas que tejen este vasto gobelino del cual recibo mi inspiración. Quizá, si las cosas van bien, podríamos comprar una vieja casa en un barrio donde lo viejo y lo nuevo, lo simple y lo intelectual existan entremezclados. ¿Qué te parece?
– Me encanta.

Flor nació a fines de febrero, una noche de tormenta y lluvia torrencial.
– Podría haber sido un poco más considerada – protesté durante una pausa entre los dolores, observando el mundo acuoso a través de los ríos de agua que bajaban por los cristales de las ventanas del taxi.
– Nacida bajo el signo de Piscis – comentó Ricardo – ¿Qué más querés?
-¿Cómo será nuestra Flor?
– Más o menos como todos los bebés, me imagino. No creo que sepa leer todavía. Pronto sabremos.
Riendo me agarré la panza con fuerza, y noté con alivio que llegábamos a la clínica.
Papá y Liliana fueron mis primeras visitas. Llegaron con un inmenso ramo de rosas a las ocho de la mañana. Había elegido una pequeña clínica donde los recién nacidos permanecían en el mismo cuarto junto con la madre. La cunita era de madera y se podía hamacar. Dos tules, uno encima del otro, formaban una diáfana carpita que protegía a mi beba de la luz fuerte del día. Uno era azul y el otro rosado; el resultado era un color lila suave y tranquilizante.
– Así que era nena nomás – declaró papá asomándose a la cuna para mirar a su nietita dormida.
– ¿Lo dudaste?
– Sí y no. Uno nunca sabe, aun con radiografías y todo lo demás. La pequeña Florencia… me recuerda tu llegada.
Liliana me entregó un paquete y me dio un beso. – Aquí te traemos también un juego de sábanas para Flor.
– Qué hermosas son, seguro que las bordaste vos misma. Qué trabajo de loco, gracias Liliana.
Luego vinieron mis hermanos. Al día siguiente me visitaron Doña Felisa y la María con saludos del barrio. Además, lo que no fue tan bienvenido, dos periodistas con fotógrafos que hicieron notas para sus respectivas revistas.

Ya Flor tenía cuatro meses cuando le comenté a papá que a Ricardo no le gustaba mucho vivir en un departamento, y que sería lindo encontrar una casa con jardín para que los chicos pudiesen jugar afuera sin tener que ir a una plaza. Ricardo había comenzado a dar conferencias y un par de cursos sobre temas espirituales, y nos proponíamos tener un lugar donde se pudiera combinar todo bajo un solo techo, por decirlo así.
– Le sugerí alquilar el departamento y mudarnos. – agregué
Papá me miró de una manera extraña.
– ¿Por qué me mirás así? – le pregunté.
– Lo que pasa es – respondió Papá sacudiendo la cabeza con una sonrisa –que justo ayer, conversando con un amigo, él mencionó que la sucesión de una casa vieja que tiene en Beccar ya finalizó y que piensa ponerla en venta. Se me ocurrió que les vendría bien, porque tiene jardín y la fui a ver esta mañana. Es linda pero venida abajo.
– Papá, no importa. Se podrá arreglar. Beccar es un barrio lindísimo. Seguro que es justo lo que a Ricardo le va gustar. Qué increíble que yo te mencione nuestras inquietudes justo el día después de que hubieras hablado con tu amigo.
– Yo también lo pensé – dijo Papá – si querés, mañana te llevo a verla.

Llevó casi seis meses arreglar y pintar la casa pero una vez terminada quedó perfecta. Había un salón grande que daba a la calle que lo destinamos a ‘Sala de Conferencias’. Las otras habitaciones pronto tuvieron asignadas sus funciones y nos mudamos, locos de felicidad.
Mientras desempacábamos la vieja valija de cuero, deslicé mis dedos por su rugosa tapa pensando en los poemas que había inspirado y el éxito que tuvieron.
– Verdad que nos trajo suerte la valija esta ¿no Ricardo? – comenté.
– Te dije. Sabía que tenía que comprarla.
– Nunca la vamos a tirar.
– Por supuesto. De todos modos estas valijas son eternas, quién te dice ¡que hasta nuestros bisnietos le encontrarán un uso!
– Qué lindo. Me encanta la idea. Deberíamos bautizarla. Algo tan especial debería tener un nombre, ¿no te parece?
Riendo, Ricardo exclamó – Tenés razón, Rosario, ¿cómo no lo pensamos antes?
Nos costó días, pero al final elegimos Aurelia. Prendimos las velitas y un palito de incienso y Ricardo, con voz solemne, entonó:
– Vieja valija de cuero, la bautizamos hoy y para siempre, Aurelia.
La salpicó con unas gotas de agua y la palmeó con ternura. Me acerqué entonces con una tarjeta autoadhesiva.
– ¿Y eso? – me preguntó.
– Su nombre. La voy a pegar adentro de la tapa.
– ¿Qué pusiste?
– ‘Esta valija fue bautizada Aurelia’ y la fecha.
Riéndonos, colocamos la tarjeta.

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