La Foto

El calor oprimía y, a medida que zigzagueaba con mi Ford Falcon en el tráfico del viernes a la noche, me pregunté por enésima vez por qué siempre parecía tan importante aceptar invitaciones a cócteles tan lejos del centro.  A decir verdad, Ángela era la única razón por la que me obligaba a salir de mi departamento de soltero con aire acondicionado luego de un largo día de trabajo en una noche tan calurosa.

  ‘Esta noche se larga’ pensé. Parece que siempre hace lo mismo en Buenos Aires durante el verano. El calor y la humedad van intensificando a medida que pasa la semana culminando con un tremendo chaparrón el viernes a la noche o sábado por la mañana, arruinando por completo el fin de semana, y el lunes amanece despejado y fresco. Deberían correr los fines de semana a lunes y martes, no cabe duda.

Ángela es la hermana de Martín. Por desgracia sólo tiene diecinueve  años, tal vez un poco joven para mis veintinueve, pero vengo observando cómo va creciendo, cultivando nuestra amistad con gran delicadeza, porque la única persona del mundo entero con quien quisiera casarme es Ángela. Martín tiene treinta y dos años.  Desde que fallecieron sus padres hace cinco años viene haciendo de padre y madre para Ángela con una dedicación pasmosa, y lo viene haciendo con mucho éxito: Ángela es hermosa, alegre y para nada malcriada.

Un colectivo tocó bocina con impaciencia detrás mío; me desplacé lo que pude para dejarlo pasar milimétricamente; el colectivero era un joven acalorado, cansado de lidiar con el tránsito porteño, los pasajeros quejosos y la entrega de los boletos y el cambio.

Al dejar atrás la quinta presidencial de Olivos, hogar hoy de Jorge Videla, raleó el tráfico.  Toda la zona norte se ha transformado en distritos residenciales muy buscados; recorriendo la orilla del Río de la Plata, dos vías de ferrocarril eléctricas y tres avenidas los unen con el centro. Muchas de las residencias que dan al río son verdaderos palacios.

Pensando en Ángela, Martín había decidido comprar un gran chalet en Beccar, pasando San Isidro, que queda bien lejos del centro. Es un lugar hermoso con un parque considerable y una piscina en forma de riñón. Los enormes ventanales del living que dan al parque parecen incorporarlo a la casa. Por razones obvias, la visito con bastante frecuencia, sin embargo me gusta jugar ocasionalmente al tenis en el Club Atlético Belgrano, y también me  gusta el golf.  Pero ya sentar cabeza donde lo hizo Martín me parece demasiado lejos para agregar más que tedio a una semana laboral de por sí tediosa.

Me encanta San Isidro, tan antiguo, con su gran catedral algo desolada, que por sí sola lo eleva al nivel de ciudad, sus estrechas calles empedradas, sus hermosas casonas coloniales con ventanas enrejadas, aromáticos patios interiores y enormes parques poblados de antiguos árboles. De hecho, árboles hay por todos lados, incluyendo la mayor parte de las calles.

Diez minutos más tarde estacioné mi automóvil y me dirigí hacia la casa de Martín evitando pisar el césped inmaculado de las veredas recientemente regadas. En el portón de entrada, dos guardias gigantes que parecían perros bullmastiffs, me pidieron las credenciales. Martín tiene un cargo muy alto en una empresa norteamericana y en estos días de la dictadura militar, cuando ocurren secuestros cada dos por tres, hay que estar precavido. Los guardias verificaron la invitación y el documento que les entregué, marcaron su lista, me inspeccionaron y luego me permitieron ingresar, avisándole a la empleada doméstica sobre mi llegar a través del intercomunicador. Ella abrió la puerta de ingreso inmediatamente, y Martín vino a saludarme con su habitual simpatía y calidez.

“Qué bueno verte Felipe, querido amigo. Agarrá algo para tomar. Qué calor, ¿no? Mozo!” le llamó a un mozo que cargaba una bandeja con tragos. Escogí un gin tonic. “Tengo dos aire-acondicionados funcionando a toda máquina, pero no creo que estén dando mucho resultado. Ángela está por allí en algún lado.” Giró para darles la bienvenida a otros recién llegados y me aventuré a través de la multitud, saludando amigos mientras buscaba a Ángela.

La encontré en el parque; se veía hermosa en un largo vestido de tela fina que le llegaba hasta los tobillos, su cabello negro suelto hasta la cintura, los ojos color avellana brillaban de alegría y emoción.

“Felipe,” exclamó al verme. “Llegaste al fin. ¿Tremendo el tráfico?”

“Hola monita,” le besé la mejilla. “¡Qué fiesta que se mandaron!”

“Menos mal que nos aguantó el tiempo, ¿no? ¿Cómo estás?”

“Tenía calor, pero ahora que veo tus preciosos ojos celestes ni lo noto.”

“Tonto, ¿por qué siempre insistís que tengo ojos celestes?  Me estás acomplejando.”

“¿A vos?  Imposible querida mía. Ahora contame acerca de todos los corazones que venís rompiendo. ¡Rojos, negros y amarillos!”

“Ninguno negro todavía.”

“¿No? Qué aburrido, hasta que no hayas roto el corazón de un verdadero canalla, nunca vas a poder apreciar las finas cualidades de los de sangre roja como el mío, por ejemplo.”

“¿Vos tenés corazón, Felipito?  Estoy segura que tenés un dispositivo electrónico metido ahí.”

“Ay dulce Ángela mía, si supieras el efecto que tendrías sobre un dispositivo electrónico, me alegro de tener un corazón de verdad para lidiar con el esfuerzo extra.”

“¡Sos un tonto! Te cuento, están Jorge y Bárbara Relling.”

“¿En serio? Hace años que no lo veo a Jorge. ¿Cómo están?” Miré por encima del mar de cabezas (mi altura tiene sus ventajas) intentando calmar mi corazón en peligro. ‘Que siga light,’ pensé. ‘No la apures si la querés sacar buena.’

“Por ahí, ¿venís mañana?”

“Estaba pensando jugar un poco de tenis…”

“Oh, siempre tenis o golf o cosas por el estilo, no podés relajarte nunca!”

“¿Te gustaría que pasara aquí el día mañana?”

“Me encantaría.”

“Listo. Pero no me vayas a defraudar, escabulléndote con algún adolescente infeliz en cuanto llegue.”

“¡Tonto! ¿A qué hora? ¿A almorzar?”

“Si insistís.”

“Insisto.”

“Pues yo también.” Nos reímos juntos. Querida Ángela, hermosa, preciosa, magnífica Ángela.

“Señorita Ángela,” se acercó apurado un camarero. “El señor la busca.”

Con un suspiro de molestia dijo: “Me voy a tener que ir. No desaparezcas Felipe.”

“OK. Chau.”

Me abalancé en mis talones y dejé que mi mente jugueteara con mi pequeña diosa con ternura; es alta, pero increíblemente delgada pese a su apetito adolescente.

“¿Sr. Mason?”

La voz de una encantadora abuela canosa que estaba a mi lado me arrancó de mi ensueño. De hecho debe haber sido una mujer joven hermosa porque seguía siendo muy bella.

“¿Sí?”

“¿Me haría un favor?”

“Por supuesto, si puedo.”

“Me preocupa mucho Jorge Relling. Le aclaro, tiene los comienzos de un tumor en el cerebro y es urgente que se haga ver. Si se trata a tiempo estará muy bien, pero Jorge es de aquellos que nunca se cuidan en lo más mínimo.”

“Pero… Dios mío… ¿un tumor…?”

Pasó un camarero con tragos y me serví uno. Mi compañera declinó y continuó con urgencia.

“Jorge no lo sabe, aunque sufre de unos dolores de cabeza agudos.”

“Pero Bárbara…”

“Bárbara se ha enamorado perdidamente de un brasilero, por favor no le menciones el tema este del tumor, es el peor momento. Quiero que Jorge vea un médico. Una vez que se dé cuenta de lo serio que son sus síntomas todo va a salir bien. Pero tiene que ir pronto. Por favor tampoco me mencione a mí.  Sería fatal.  A propósito, es usted un hombre afortunado,” me sonrió con una mirada chispeante.  “¡Tengo entendido que Ángela lo tiene como el hombre top de Buenos Aires!  Pero Sr. Mason, hay tiempo para eso. Por favor empiece por convencerlo a Jorge que vea un médico. Es un hombre muy enfermo. Me debo ir ahora, muchísimas gracias. Cuento con usted. Adiós.”

Me tocó el brazo, y la sensación fue tan suave como la de un arco iris. Alguien me llamó en ese momento y cuando giré para despedirme, mi compañera canosa había desaparecido.

Y nunca le pregunté el nombre,’ pensé mirando por sobre el mar de cabezas a ver si la podía ubicar.

“¿Perdiste la reputación?” preguntó una voz risueña; giré y me encontré con la mirada divertida de uno de mis compañeros de golf.

“Juancho, ¡quién diría que te encontraría aquí! Dios mío, recién hablaba con alguien; miré para otro lado y ahora no la encuentro por ninguna parte.”

“Mala suerte viejo, pero no me extraña en ese quilombo. ¿Jugás al golf mañana?”

“No, mañana no.” No podía dejar de buscar entre las cabezas alrededor mío aquella canosa tan reconocible.  “¿El sábado que viene?”

“Puede ser,” Juancho sacó su agenda y una birome. “¿A las nueve?”

“Dale,” le respondí con tono distraido.

“Te hablo para hacerte acordar,” se rió Juancho, anotándolo en su agenda.

“Doctor Lorray,” gritó una mujer al verlo.  “Me alegra tanto encontrarlo. Quisiera que conozca…” Al pobre Juancho se lo llevaron entre más gritos y el tintineo de pulseras.

Mi mente retornó con cierta angustia a la conversación que acababa de mantener con la señora canosa. ‘…Jorge Relling… Me preocupa tanto… tiene un tumor en el cerebro…    Bárbara se enamoró de un brasilero.’

Hacía tres años que no veía a Jorge. No era tan amigo de él. ¿Quién podría ser esta mujer que sabía tanto de él y sin embargo no quería que la mencionara?  ¿Cómo sabía lo de Bárbara?  ¿Por qué me había escogido a mí para convencerlo que fuera a un médico, y adónde había desaparecido?

Nunca había vivenciado una situación tan misteriosa. Es decir, soy un tipo totalmente normal, no tomo mucho, disfruto de una buena película y me gusta bastante la lectura, pero la verdad es que odio las cosas a las que no le encuentro explicación, me gusta que las cosas sean lisas y llanas y trato de no complicarlas.

“¿Qué pasa Felipe? Se te ve angustiado.”

La dulce cara de Ángela apareció a mi lado. ‘Ángela lo tiene como el hombre top de Buenos Aires.’  El recuerdo de las palabras ensordecieron mis oídos mientras la miraba. Nos miramos en silencio por un largo momento, durante el cual el calor y el ruido y la gente se desvanecieron y sólo el amor no declarado que sentía por ella parecía levantarnos hacia una especie de pináculo dorado y sostenerme allí embelesado, incapaz de ocultar la verdad que brillaba de mis ojos.

Con un enorme esfuerzo me tomé de los últimos jirones que quedaban de mi fachada cuidadosamente elaborada y respondí con voz media temblorosa:

“¿En serio? Bueno, no era mi intención. ¡Me preguntaba nomás si te acordabas que me habías dicho que me quedara donde estaba hasta que volvieras!”

Pero era tarde, se había escapado mi secreto, Ángela sabía perfectamente lo que sentía por ella y no me quedaba más por hacer que aceptar su decisión al respecto de su descubrimiento. Que me amara tanto como yo la amaba a ella me parecía más de lo que podría esperar.

“Maldigo a esa mujer,” murmuré, malhumorado.

“¿Qué mujer?”

“Una señora canosa con la que hablaba, no la veo ahora. ¿Dónde están los Relling, ya se fueron?”  Hablar, tapar, lo que sea. A lo mejor no adivinó nada.

“Están ahí del otro lado del jardín. Vení.” Ángela me tomó suavemente de la mano mientras zigzagueamos entre la gente, ¡lo que aumentó bastante mi tensión arterial!  Iba pensando qué podía llegar a decirle a Jorge. Porque no podés acercarte a un tipo que no viste por tres años y decirle de una que vaya a ver al médico. Era maravilloso estar de la mano de Ángela y le di un suave apretón. Me devolvió una sonrisa amplia; de hecho, parecía iluminada por todas las estrellas del hemisferio sur.

Jorge se veía muy saludable. Bárbara, pelirroja y pecosa, sí tenía el aspecto de estar por derrumbarse en cualquier momento; tenía la cara demacrada y ojeras. Me pregunté si no habría malentendido el mensaje. Quizás era Bárbara que… pero no, se suponía que estaba enamorada… ¿así se verá una mujer bajo la presión de un amorío?

Me pregunté si aquella conversación no habría sido puro producto de mi imaginación.

“Felipe, hijo de puta. ¡Qué bueno volver a verte!”

Se me había olvidado la forma de hablar de Jorge.

“Hola Felipe, ¿todavía no te casaste?” dijo Bárbara con una sonrisa frágil.

“Estoy esperando atrapar a Ángela en algún rebote.”

Ángela me miró extrañada y luego se rió. “Ya lo conocen a Felipe,” dijo. “Siempre haciéndose el chistoso.”

“Antes que muerto de seriedad. ¿Cuándo volviste de Brasil Jorge?”

“Hace unas tres semanas. Terrible acá ¿no? Todos estos secuestros y la violencia.”

“Uno se acostumbra. Me contaron que asumiste como gerente regional de la empresa, ¿es así?”

“Exacto, pero va a ser un laburo de mierda.”

  ‘Cómo,’ me preguntaba mientras Jorge seguía maldiciendo al país, el gobierno y la situación general del mundo, ‘¿Cómo voy a llevar la conversación hacia su salud?’  Ángela y Bárbara, aburridas por la diatriba de Jorge, se alejaron para charlar con otros invitados. Miré su cara redonda y bronceada, y me alisé el pelo pensativo. ‘…tiene los comienzos de un tumor en el cerebro… ¿Cómo mierda habrá sabido eso si nunca vio un médico?’

“Cómo anda tu juego de golf estos días,” le pregunté cuando se quedó sin aliento.

“Dejé ese maldito deporte hace años,” se encogió de hombros. “¿A vos te gusta?”

“Juego un poco. Aunque estuve a punto de dejarlo el año pasado,” le mentí.

“¿En serio?  ¿Por?”

Sorprendentemente, le respondí con serenidad: “Y, solía tener unos dolores de cabeza de terror.”

“¿De verdad?”  Noté que se había avivado su interés y su mirada. “¿Dónde?”

“Mmm, este…”

En mi vida sufrí de dolores de cabeza, salvo alguna resaca. “Aquí, detrás de la oreja izquierda,” me toqué suavemente la zona, espantado por la total falta de veracidad de mis palabras.

“¿Y qué hiciste al respecto?”

“Fui a ver un especialista de inmediato. Al día siguiente, en realidad. No podés jugar con estas cosas. Dolores de cabeza feroces de este tipo son la forma que tiene la naturaleza de advertirnos, ¿viste?”

“Y… sí…”

Tomé dos gin tonics recién servidos de una bandeja que pasaba cerca y le alcancé uno a Jorge.

“Vos también tenés dolores de cabeza,” le dije, más como declaración que como pregunta.

“Sí,  a veces. ¿Cuál era la causa de los tuyos?”

Evidentemente estaba curado, pero no tenía la más mínima idea qué podría haber producido mis dolores imaginarios. “Este… un nervio apretado,” mentí con pasmosa facilidad.  “Pero tuve que pasar por un montón de estudios antes que lo descubrieran. Habrás visto un médico, por supuesto. ¿Qué te dijo?” Hay como tomar el toro por las astas en ciertas situaciones. Tomé unos sorbos del vaso que temblaba levemente y recé – sí recé – de que a Ángela y Bárbara no se les fuera ocurrir volver justo entonces.

“En realidad, todavía no fui.”

“Pero tendrías que hacerlo. ¿Dónde te da el dolor?”

“Aquí, por encima del ojo derecho, un dolor así medio como una ráfaga, bien fuerte, pero dura poco.”

Decidí mirarlo fijo a los ojos. Estaba seguro que lo impresionaría con eso.

“Tu párpado derecho está medio caído, ¿no?” dije.

“¿Te parece?” Por primera vez se lo veía preocupado.

Me di cuenta que debía hacer algo drástico porque ya estaba metido hasta la coronilla. Como nunca me había pasado nada ni con la cabeza ni con el cerebro, no se me ocurría ningún otro síntoma para lograr que fuera al médico. De todos modos, el hecho de que tenía dolores como ráfagas encima del ojo derecho me extrañaba tanto que mi propia mente estaba dando saltos.

Mirando angustiado la multitud de invitados, lo vi a Juancho y le señalé que se acercara. Se detuvo a mi lado sonriente.

“Jorge,” empecé con lo que creo era una voz alegre. “Quisiera presentarte al doctor Juancho Lorray, mi compañero de golf, y justo la persona indicada para que consultes. Juancho, te presento a Jorge Relling. Me estaba contando recién sobre estos tremendos dolores de cabeza que le agarran, dolores punzantes encima del ojo derecho, y me parece que se tendría que hacer ver. Vos sos especialista en todo eso, ¿no?  ¿Qué te parece?”

“Pero por Dios, Felipe…” protestó Jorge.

“¿Dónde te dan los dolores?” preguntó Juancho.

“Aquí,” Jorge se tocó la frente y dio un saltito de dolor. “Uy Dios mío, me está agarrando uno ahora.” Lo tomé del brazo al momento que Juancho sacó una pequeña linterna de su bolsillo y alumbró los ojos de Jorge. Todo pasó bastante pronto. Jorge se relajó, traspirando luego del suplicio que había pasado.

Con una palmadita en el hombre, Juancho le dijo: “Mejor pasá por mi consultorio el lunes por la mañana así te reviso bien Relling. Te espero a las nueve.”

“Pero tengo una reunión de directorio a las diez.”

“Dejala para otro momento, cuanto antes averigüemos qué te está causando los dolores de cabeza, mejor.”

“¿Querés decir…?”

“¡No quiero decir nada! Una vez que vea unas placas y un par de estudios, te tendré en forma enseguida. El lunes, ¿sí?” Le alcanzó una tarjeta.

“Seguro, si te parece tan urgente.”

“Sí, me parece. ¿Cambiaste de idea sobre el partido de golf mañana Felipe?”

“Lo lamento, no voy a poder.”

“Va a almorzar con nosotros mañana,” dijo Ángela que justo llegaba.

“Pobre, ¿no me digas que vas a tener que volver a soportarlo a este hazmereír mañana?”

“No es tanto sacrificio.”

“Sos una buena chica. Bueno, tengo que partir. Hermosa fiesta, mil gracias.  Nos vemos el lunes Relling.”

Jorge asintió, melancólico. Ángela le ofreció la mejilla a Juancho, y yo le di un puñetazo de agradecimiento en el hombro.

“Vamos Bárbara,” le dijo Jorge a su mujer cuando se nos acercó. “También es hora de que nos vayamos.”

La tomó con firmeza a Bárbara del hombro, se despidió a la ligera y se dirigió a la puerta de ingreso donde Martín se despedía de otros invitados.

“¿Y a él qué le picó?” preguntó Ángela sorprendida.

“¿Quién sabe?”

“Vamos a servir comida ahora.”

“¿En serio? Genial. De pronto tengo bastante hambre.”

“Andaban ofreciendo picaditas.”

“Ya sé monita, pero odio las picaditas.”

 

Durante la mañana del jueves a Jorge lo operaron de un tumor en el cerebro.

Le había hablado por teléfono a Bárbara y me había dado la noticia el miércoles por la noche. Parado al lado del teléfono, con la mano aún en el tubo, me encontré temblando violentamente.

Ángela, de pie a mi lado preguntó: “¿Qué pasa Felipe?”  mientras admiraba su anillo de compromiso recién comprado (no me había podido contener;  le había hecho la propuesta el sábado por la noche.  Ángela había aceptado y Martín estaba encantado)

“Jorge.  Vení Ángela, sentate que te cuento.”.

Oyó mi relato en silencio

“¿Y nunca antes habías visto a la mujer?”

“Jamás, y le pregunté a Martín el domingo y no se le ocurría quién podría haber sido. Hasta se fijó en la lista de invitados.”

“Qué misterioso Felipe. Pero ahora que ya lo operaron a Jorge, seguro que se va a aclarar. Queridito, adoro el anillo y te adoro a vos. Soy tan feliz.”

Los misterios tienden a desvanecerse frente a comentarios de este tipo.

……………………………………

Fuimos a visitar a Jorge dos semanas más tarde, cuando ya estaba convaleciente en su casa. Tenían un departamento en el centro y nos abrió la puerta una empleada muy prolija.

Bárbara nos recibió con calidez. Me sorprendió cuánto había cambiado, su expresión luminosa, su actitud relajada y agraciada.

“Hola queridos, Jorge estará contentísimo de verlos.  Le cuento que están aquí,” dijo.

“Parece haberse olvidado de su Brasilero,” murmuré acercándome al hogar.

“Y… supongo que se siente necesitada y algo así como indispensable,” respondió Ángela ya a mi lado. Le acaricié el brazo con la punta de los dedos mientras mis ojos se detenían en los portarretratos en la repisa.

“¡Epa!”

“¿Qué hay?”

“¡Dios mío, mirá esto!”  Saqué un porta-retrato ovalado de plata, mirando fijo la hermosa cara tranquila en la foto. “Esta es la mujer que me habló en tu fiesta.”

En ese momento Jorge, con un vendaje que le cubría casi toda la cabeza, entró lentamente a la sala acompañado por Bárbara.

“Genial que me hayan venido a ver, tengo entendido que corresponde celebrar. Te felicito Felipe, vos sí que te agarraste la mejor de todas. ¿Qué tenés ahí?”

“Estaba mirando esta foto, me pareció reconocer a esta señora.”

Jorge tomó el porta-retrato y lo miró por un largo rato. Al final levantó su vista y dijo, “¿Mi madre? Lo dudo. ¿Qué les podemos ofrecer? ¿Gin tonic, Cuba Libre? Tónica sola para mi Bárbara.”

“Nos da tanto placer verte bien Jorge,” dije.

“Todo gracias a vos, viejo. Lo agarraron justo a tiempo, parece ser. Me alegro que los dolores tuyos no se debían a nada serio.  Barbara estuvo… “

Me incliné hacia delante para tomar la foto de su madre mientras él la volvía a colocar en su lugar.

“Tu madre… ” dije, interrumpiendo la oración por la mitad.

Tenía que saberlo.

“Falleció el año pasado en Inglaterra; era una mujer maravillosa, ¿sabés?”

Los ojos de Ángela, enormes del asombro, se cruzaron con los míos, mientras Bárbara nos sirvió los tragos y ayudó a Jorge sentarse en un sillón.

“Siento que sí la conozco,” dije con una pequeña sonrisa, y levanté el vaso.  “Un brindis para tu recuperación total, Jorge.” ‘y para usted también Sra Relling’ agregué en voz baja.

 

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